Los hermanos Mal

pequeño hermanos mal

El tiempo se arrastraba por nuestra oficina aquel martes por la tarde. Ningún cliente había entrado en horas y la monotonía era casi inaguantable. Norma, Rita y yo nos tomábamos un café con masas que habían sobrado del día anterior cuando le festejamos el cumpleaños al chico de los mandados. La verdad es que ya era el tercer café que nos tomábamos, todo estaba tan tranquilo que no teníamos nada mejor que hacer.

En aquella sucursal éramos un total de seis. El señor Gutiérrez, gerente, la señorita Martínez, el de los mandados y nosotras tres. La señorita Martínez y el jefe se pasaban la mayoría del tiempo en la oficina de él. Sí, es cierto que ella era su secretaria, pero en un pueblo como el nuestro, donde hay tan poco que hacer y la imaginación de las personas es tan grande, es fácil que todos piensen lo peor.

Pura envidia, digo yo. La secretaria era una jovencita tan fresca y bonita. Una verdadera muñeca. La fila de pretendientes que tenía siempre fue muy larga, al igual que la de mujeres envidiosas. Entre sus candidatos más fervientes estaban los hermanos Mal. Obras de arte caminando. Verdaderos dioses de la sensualidad. Los galanes del pueblo. Mirarlos lastimaba los ojos y como su apellido decía, había algo en torno a ellos que estaba mal.

Esos hombres eran tres pecados andantes. Y esa tarde de martes, cortando un poco la monotonía, cayó el Mal del medio. Aquel joven con pinta de rebelde sí que hacía temblar a una mujer. Con el pelo negro como el ébano y sus brillantes ojos marrones, su actitud de chico malo y su gran moto eran la frutilla de la torta.

Él podía decir todo lo que quisiera que la razón por la que entraba en la oficina era para lavarse las manos, porque se le había roto no sé qué corno de la moto. Pero ahí todos sabíamos la verdad. El único interés del Mal del medio era ver a la señorita Martínez. Era una verdadera lástima que no pudiera verla, ella estaba ocupada con el jefe.

Aquel era mi Mal favorito y sabía que a pesar de su apellido era un buen chico. Nunca ponía objeción cuando cada vez que venía a ver a la secretaria nos deleitábamos admirando su musculatura cuando recargaba para nosotras el bidón de agua del dispensador.

El segundo en caer aquella tarde fue el Mal mayor. En todos los sentidos. Era, si se puede decir que hubiera uno, el mafioso del pueblo. Todos sus negocios eran turbios, se rumoreaba de sus actitudes violentas y la gente le tenía miedo. Pero todo lo que tenía de turbio lo tenía de atractivo. Era un hombre hecho y refinado, porque de derecho no se puede decir nada. La elegancia era su elemento distintivo. Por lo menos en apariencia, porque en lo privado era un desprolijo total. Hace años estaba casado, de todas maneras larga era su lista de amantes.

Procurarse una nueva era lo que lo llevaba aquella tarde a nuestra oficina. Él decía otra cosa. Que pasaba a ver si el gerente general de la zona estaba por acá, cuando era de conocimiento popular que el hombre solo visitaba a nuestro pueblo en julio y diciembre. Pero la señorita Martínez trabajaba en la oficina todos los días, y aunque ella se negaba a ceder ante sus presiones y a admitirnos a nosotras que le gustaba, una mujer sabe más. Se le notaba en la carita de boba que ponía cuando lo veía.

A diferencia del hermano del medio este casi ni nos saludaba. Mirando como siempre hacia el escritorio de la señorita Martínez le preguntó a Norma por el gerente general. Esta le contestó el versito de siempre y él se fue sin más, dejándonos a todas suspirando, bañadas en su colonia de primera categoría.

Cuando faltaba apenas media hora para cerrar llegó el más pequeño de los hermanos. El hecho de que fuera el más joven no lo hacía el menos atractivo, todo lo contrario, en opinión de Rita. Se encontraba en la flor de la juventud, un poco joven para la señorita Martínez que tenía unos veinticinco años y demasiado para Rita, que pisaba los cincuenta. Pero eso no impedía que mi amiga se deleitara con su rostro que todavía no perdía los rasgos de mocoso. Bien Martínez no lo trababa como tal, pero se le veía en la cara que lo consideraba muy inmaduro para ella.

El chiquilín era muy tímido. Por suerte simpático como su hermano del medio. Con su apariencia de skater desaliñado nadie en el pueblo daba tres pesos por el muchacho. En honor a la verdad, en la oficina lo considerábamos el más despierto. Siempre se aparecía por la oficina en los momentos que tenía más oportunidades de ver a Bien. Aquel día no tuvo suerte, el jefe retuvo a su secretaria más de lo esperado y el menor de los Mal se fue dedicándonos una tímida sonrisa después de aceptar un caramelo que Rita le ofrecía.

–Una chica afortunada la señorita Martínez –dijo Norma sin maldad.

–Sí, sí, no hay Mal que por Bien no venga –dije sonriendo.

–Aunque nunca la encuentren –afirmó Rita.

Sin lugar a dudas aquella Bien era una chica con suerte. Y por el momento nosotras también, el día, finalmente, llegaba a su fin.

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