Las bombachas malditas

¡ADVERTENCIA! Este cuento es la continuación de otro. Sugerimos comenzar la lectura por el Capítulo I: Arpías

No es un mito. Bueno, más o menos mito. Es como todas las cosas que se generalizan, a veces es aplicable, a veces no. En mi caso es un poco aplicable y un poco no. Soy bruja. Pero de verdad, con mis pociones y mis hechizos. Nací en una familia de brujas donde la magia nos acompañó a las mujeres de generación en generación. Y sí, soy mala. Bueno, no del todo. Depende quien lo mire.

Físicamente no hay imagen de bruja en la que yo calce a la perfección. Por ahora me mantengo joven, en mis dulces veinticinco. Capaz que cuando envejezca si me convierta en una bruja al estilo Blancanieves o alguna otra más horripilante. Pero por ahora mi piel se mantiene tersa y libre de verrugas. Sin embargo también estoy bastante lejos del ideal Hoollywoodense de la bruja Samantha. Y menos que menos de la versión de Nicole Kidman. Para eso me faltan unos centímetros. Creo que lo más acertado sería decir que soy una versión modernosa de Sarah Jesica Parker en Abracadabra.

Con tantas explicaciones se me olvido presentarme. Mi nombre es Clara. Nada rimbombante, ni tenebroso. Como ya les decía con anterioridad, para no faltar a la tradición, yo también tengo todo el kit de tías brujas, que me enseñaron todo lo que sé, más, la lección no pedida, de odiar a todos los hombres.

Junto a mis tías, mis padres y tres hermanos varones pasé toda mi infancia en el interior del país. Después de más grande vine a la ciudad a estudiar traductorado, ya que los idiomas, después de la magia, son mi gran pasión. Durante mi periodo de estudios me vi obligada a abandonar de forma momentánea todas mis prácticas de brujería, debido a que vivía en una casa para estudiantes y, dejar varios días mis menjunges cocinándose donde otras pudieran verlos no era la mejor idea.

Finalmente, una vez que hube terminado mis estudios básicos y que conseguí un trabajo que me permitía mantenerme por mi misma, me mude lejos de la mirada curiosa de la gente. Como mi sueldo no era muy polentoso no me pude alejar mucho de la ciudad y no me quedo más remedio que mudarme a un pequeño edificio de apartamentos llamado Freaks.

La libertad sabía a gloria. Nunca me había sentido tan feliz. Ni siquiera me importaba el tamaño pequeño de mis dominios, que se reducían a dos dormitorios, uno que era mi cuarto y el otro que hacía las veces de mi taller, un living comedor, cocina y baño. Era  perfecto para mí.

Todo parecía marchar de maravilla hasta que descubrí que tenía vecinos. Bueno, vecinas en este caso. Y no fue que no supiera que vivieran junto a mí. No, lo que yo en realidad ignoraba era que vivir junto a ellas podría llegar a significar semejante suplicio. No es que fueran antipáticas ni nada, nunca las conocí en persona. Tampoco es que fueran muy ruidosas. No. En verdad lo que me molestaba era un ruido en particular que provenía de María Paula, María Agustina y Mariana. Capaz que todas en honor a alguna santa. De lo que no tenían nada.

Las chicas tendrían todas menos que 28 pero más de 20. Y  además de ser esas sus edades, en ese número oscilaba también la cantidad de visitantes nocturnos que estas chicas recibían por semana. Entre las tres. No soy tan cruel. El hecho en cuestión nunca me molesto, no me caen simpáticos los hombres en general pero tampoco me la doy de puritana. Lo que en verdad irritaba mis nervios era lo fino de las paredes.

Estoy segura que el resto de los mortales, mágicos o no, coincidirán conmigo en que escuchar a personas manteniendo relaciones no es lo más agradable que le puede pasar a uno. Y más si son tres. Y muy asiduamente. Si el visitante era siempre el mismo, para cada una o para las tres, lo ignoro. Si lo era, un aplauso para él. Totalmente incansable.

Pero la que ya estaba por completo harta de todo aquello era yo. Apenas había comenzado a disfrutar de mi independencia y me sucedía aquello. Estaba atascada en la disyuntiva si mudarme o enfrentarlas, cuando me di cuenta que tenía una tercera opción.

Aquí hay una razón por la cual comente antes que no es del todo mentira ni ciento por ciento verdad lo que dice que las brujas somos malas. Sí, lo somos, como cualquier otro ser humano. Por ejemplo, yo, en este caso, actuaba sólo empujada por la necesidad, de poder dormir en paz o gozar de un rato de silencio.

Una pócima, simple y efectiva era todo lo que yo necesitaba para alejar aquel molesto sonido de mis odios. Me tomó tres largas y tortuosas semanas más de conciertos privados de gemidos lograr la combinación perfecta de ingredientes. Por fin tuve en mis manos la solución a todos mis problemas. Lo único que restaba hacer era infectar a las chicas con mi brebaje para que este diera el efecto deseado en ellas.

La última parte del plan resultó ser más fácil de lo que creí. Mientras un par de ellas estaba fuera y otra retozaba complacida en los brazos de su amante, inyecte mi veneno. Rellene una vieja botella de cif limpia vidrio con mi poción y con ella procedí a rosear todos los calzones de mis cachondas vecinas.

Mi remedio probó ser altamente efectivo. Aunque tuvo un efecto diferente en cada una de las hermanas. A María Paula, la mayor, parecía ser que las bombachas en cuestión se le adherían a la piel en el instante clave y no sé si por pudor o por cuestiones de física no se las podía sacar. A María Agustina le ocurría algo por completo diferente. A ella en el momento de la acción el que salía huyendo era el muchacho. Y a la pequeña Marianita en vez de calentura, a la hora de disfrutar con su galán, le venía una ataque de risa que espantaba hasta sus hermanas.

Las pobres chicas estaban sorprendidas y angustiadas. Además de un poco avergonzadas, por lo que sin investigar cual sería la causa de sus desperfectos técnicos, abandonaron sus noches se juerga y se concentraron en otras actividades. Supuse que tarde o temprano las muchachas volverían a sus andanzas, pero yo por lo menos pude gozar por un tiempo de un aire libre de gemidos.

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