Todos los caminos llevan a Roma

rayo pequeño

Por la gracia divina de Jupiter, nací un ciudadano libre de Roma, siendo Tarquino mi nombre y vender sandalias mi profesión. Llegué al mundo y crecí en una pequeña casa rural, junto a un camino que llevaba directamente a la capital. Una ruta muy transitada, donde colocaba mi puesto y vendía mi producto a todo aquel que lo necesitaba.

Era un hombre feliz y contento con la vida. La gran diosa Juno me había dado una familia tranquila y cariñosa. Vivía con mis padres, dos hermanos y hermanas, quienes se ocupaban de la granja familiar y los quehaceres domésticos respectivamente. Éramos personas devotas a nuestra diosa, por lo que en nuestro hogar siempre vivíamos tranquilos, sin abundancia, pero lo justo para cumplir con las leyes de los dioses y de los hombres.

Lo único que inquietaba mi vida venía de la mano del gran dios Neptuno. El rey de los siete mares y amos de los caballos. Visitar la playa fue desde pequeño mi mayor anhelo. Escuchaba con deleite todas las historias de los viajeros y me pasaba horas fantaseando con los movimientos de las olas, el olor del mar y la suavidad de la arena. Cosa que de momento sólo habitaban dentro de mi mente, pero que yo sabía que podría conocer.

Dejar atrás el hogar, los dominios de la tranquila Vesta, era un gran desafío para mí. Era lo único que conocía hasta el momento, y me daba miedo la idea de dejar atrás mi casa y familia, para embarcarme en una ruta hacia lo desconocido, donde no tenían idea con quien me podía cruzar y sin saber si contaría con la bendición de los dioses.

Fue el dios Mercurio, en su forma típica de mensajero, quien marcó mi camino. De sus manos de humano, recibí una carta que solicitaba que llevará una producción de 200 sandalias a un pueblo cercano que quedaba en dirección opuesta a Roma y de camino hacia mi sueño, el amplió mar. Aquella parecía ser la respuesta a mis oraciones. La guía a lo que debía hacer.

De aquí en adelante fue donde comenzó mi viaje largo y retorcido. Siguiendo el consejo de la sabía Minerva, antes de empezar el camino hacia mi sueño, cumplí con mi deber comercial y me deshice de mi cargamento de sandalias. La venta me produjo considerables ganancias que también me permitirían disfrutar aún más de la ruta que tenía por delante, sin tener que pensar en el dinero.

Iba decidido y encaminado, rumbo hacia la playa, cuando me cruce con una gran celebración que festejaba las bondades de la divina Ceres. La temporada había sido muy exitosa, los cultivos ricos y abundantes, razón por la cual el señor de la zona había decidido honrar a la gran diosa con un festín. La gente abundaba por la región, mujeres y niñas, vestidas con vestidos vaporosos, que parecían ninfas corrían por el prado.

Unos amables vecinos me invitaron a participar de la celebración, ofreciéndome un cuenco de vino. No queriendo ofender al generoso Baco, acepté la propuesta y me uní a la alegría de la gente local. La buena comida también abundaba, al igual que la alegre música y la buena compañía. Aquello era una verdadera fiesta.

Me entretuve un rato disfrutando del festejo, pero tenía un objetivo en mente y quería llegar cuanto antes a materializar mi sueño. La playa esperaba, y siguiendo el ejemplo de la imponente Diana, yo iba detrás de él, a cazarlo, a hacerlo mío. Ante mí se planteó un retraso inesperado. Sin saber bien como, si fue por la distracción de la fiesta o qué, pero el hecho es que terminé otra vez yendo en dirección a Roma. Pero lejos de desalentarme, me situé en la ruta correcta y continúe con mi camino.

Mi tranquilo andar por la ruta se vio interrumpido por la furia incontrolable de Marte. Sin desearlo, ni buscarlo, terminé envuelto en una trifulca entre dos grupos contrarios de gente. Unos me tomaron con compañeros de su enemigo, y los otros igual, pero a la inversa. Por un momento mi viaje peligro y temía que nunca pudiera llegar a mi deseada playa. Pero el dios de la guerra probó ser más benévolo de lo que se cree y me dejó ir en paz. Para mi gran sorpresa otra vez me encontré en un camino que iba hacia Roma. Aunque aquella oportunidad sabía que no estaba en las mejores condiciones, así que podía ser que lo hubiera escogido por ruta correcta.

De todas formas continué con mi marcha hacia mi destino. El sol brillaba fuerte en el cielo. Aquellos parecían ser los dominios del mismísimo Febo. El camino estaba rodeado de árboles que ofrecían una agradable sombra, y un viento fresco jugaba con sus hojas y animaba a los viajeros. Una música celestial provenía de algún lugar, dándole a toda la zona un aire místico y encantado.

En aquel momento la vi a ella. Una mujer, una ninfa, una diosa, Venus en persona. Dudaba mucho que la diosa del amor hubiera descendido de su palacio divino para plantarse ante mí, pero si no era ella misma, seguro que se le parecía mucho. De entre los árboles había surgido aquella belleza, portando un canasto de manzanas, que me ofreció con toda amabilidad. Cuando me invitó a conocer el lago del bosque, no pude negarme, y si bien aquello no era la playa, debo reconocer que la tentación de abandonar mi sueño en aquel momento fue muy grande.

Aquella enigmática mujer casi lo logra, pero tenía un objetivo en mente y no iba a abandonarlo. A pesar de todo, con espanto y horror, descubrí que estaba otra vez yendo camino a Roma. Parecía estar viviendo una terrible pesadilla. Una deseo mal intencionado del oscuro Plutón que querría enloquecerme hasta la muerte, jugando con mis sentimientos, mi voluntad y mi sentido de la orientación.

Desesperado me senté bajo un árbol sin lograr entender lo que estaba pasando. Cada camino que había tomado, cada ruta que había seleccionado, parecía tener como destino final Roma. Así que no pude evitar preguntarme: si todos los caminos llevan a Roma, ¿cómo demonios se sale de Roma?

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