Polos opuestos

¡ADVERTENCIA! Este cuento es la continuación de otro. Sugerimos comenzar la lectura por el Capítulo I: Arpías

Las vibraciones se sienten en el aire. Nos tocan. Nos llegan. En forma de sonido, en forma de viento. Nos pegan de lleno en la cara, en la barriga, en el alma. Sentimos. Somos parte. Uno más en el espacio. Pero no podemos vibrar. No podemos ser parte del todo. No jugamos en esa sincronía perfecta, donde todo fluye, todo se mueve. Empezamos a sentir. Lo tenemos. Es algo, al menos. Pero cuando va subiendo llega a un punto en el que se tranca. En la garganta. Ahí. Toda vibración, emoción o sentimiento muere. Si estamos felices la garganta se cierra e impide que el aire corra libremente. No conformamos con la sonrisa hipócrita, la cara de nada. Pero si estamos tristes, es peor. La amargura se junta en ese punto doloroso. La rabia, la angustia, las ganas de gritar, de pegar, de preguntarle al mundo porque no podemos encajar, todo se junta. Y el dolor intenso en la garganta es lo único que queda. Los ojos se humedecen, pero las lágrimas están trancadas, ahí, en la garganta. Respiramos con fuerza, le rogamos que las deje pasar, buscando así un alivio, algo que nos dé al menos un instante de paz, de liberación.

Es un mito. Bueno, más o menos mito. Algo así como una casi verdad. Que nosotros, los vampiros, estamos muertos. Que nuestra alma mortal abandonó nuestro cuerpo y que somos incapaces de sentir más allá del deseo quemante de chupar sangre. Sentimos menos. Bueno, sienten menos. Yo me considero a mí mismo una excepción. Una rareza del submundo. Un vampiro apasionado.

Dejando un poco de lado mi prosa rimbombante y mi poesía, voy a aclarar si algunos puntos básicos para el entendimiento de los simples mortales. Mitos y verdades que han instaurado Sam Broker y Hoollywood. Verdad: nos alimentamos de sangre. Mito: nunca he conocido a un vampiro que tomara sangre humana. Está prohibido y todo el mundo acata esta ley. No nos gusta la luz, pero esta no nos mata. Nos podemos relacionar perfectamente bien con otros humanos y hasta conocí vampiros casados con personas no vampirescas. Cierto, no podemos tener hijos. No somos inmortales ni mucho menos. Aunque es verdad que heridas que podrían matar a una persona normal no generan más que un rasguño en nosotros. Pero como el resto de las criaturas vivientes, tenemos fecha de vencimiento.

Como decía con anterioridad, que los vampiros son unos desalmados no es tan mito. Algo de cierto es, que una vez que somos convertidos, únicas oportunidades en las que vi morder un vampiro a un humano, parte de nuestra alma muere. O al menos eso le sucede a la gran mayoría. Ah, menos a mí. Mi alma, o la del ser humano Bruno, permaneció casi intacta una vez que fui convertido. Muchos dicen que fue debido a que quien me convirtió fue mi madre adoptiva y que ella me amaba tanto que su amor mantuvo intacta una parte de mi ser. Es una historia muy romántica que me encantaría creer. Pero no sé cuál veraz será.

Lo más duro de asimilar es el hecho que esta capacidad especial de la que yo me creía dotado me trajo un gran problema. Así como tal vez una persona normal es rechazada por el resto de sus pares por ser demasiado violento, en mi caso, fui discriminado por ser sensible en demasía.

Para compensar mi desbalance, Dios, la naturaleza, la suerte o a quien se pueda culpar, se encargó de mandarme un compañero de ruta forzado que nivelaba mis principales faltas. Gastón. Mi hermano, mi media naranja, en realidad mi nada. Ah sí, mi balance. Lo completamente opuesto a mí. Impulsivo, apasionado, violento. Y lo que lo vuelve un paria de la sociedad de vampiros: sediento de sangre humana.

Puede ser que en un momento de la historia haya ocurrido. Es probable que los de mi especie hayan caído en la tentación y se hayan alimentado de sangre humana. Pero al igual que en el resto de los ámbitos, en el mundo de los vampiros hay reglas que seguir, que son duramente penadas en el caso de no ser respetadas, una de ellas es que está terminantemente prohibido chuparle la sangre a un ser humano o alguna criatura consiente.

Exactamente eso es lo que se muere de ganas de hacer Gastón. En un par de oportunidades fue descubierto en situaciones escabrosas. Tuvo suerte y pudo justificarlas diciendo que estaba llevando a cabo una transformación, única situación en la que chuparle la sangre a un humano no es penado. Igualmente esto no fue lo que lo llevo a que lo expulsaran de la comunidad de vampiros en donde vivíamos.

A mí por hipersensible. A él por insensible. La cuestión es que nos dieron un ultimátum. O nos íbamos o nos íbamos. Y no nos quedó otra. La comunidad se ofreció a buscarnos un alojamiento nuevo. Yo soy un periodista free lance y mi querido compañero Gastón es un diseñador de páginas webs que también trabaja desde su casa. Claro está que este tipo de trabajos es ideal para evitar tener que salir de casa durante el día.

Así fue como finalmente terminamos los dos polos opuestos como compañeros de piso viviendo en una encantador edificio llamado Freaks. A mí me encanto desde el primer momento en que lo vi. Era acogedor y la ubicación era perfecta. A Gastón le empezó a gustar desde el primer momento en que vio a tres de nuestras vecinas.

Tres hermanas, según parece. Si no fuera porque nunca en mi vida vi a una en persona diría que eran tres arpías. No utilizando la palabra como los humanos, sino el ser mitológico arpía. Hubo una de ellas en particular que parecía no poder sacarle los ojos de encima a Gastón. Ni él de encime del escote de ella.

Los vampiros tenemos como una especie de sex appeal y no me sorprendió cuando apenas horas después de que nos hubimos mudado los encontré muy acaramelados en el pasillo. Temí por la salud de ella. Pero por lo menos por el momento había salvado su cuello. Lo que realmente me sorprendió, a pesar de nuestro mitológico encanto, fue que en el momento que los interrumpí, que fue de mucha fogosidad, a ella se le cayeron, como por obra de encanto, los calzones. Solos. Si ayuda de nadie. Ella al descubrirlo pareció más contenta y aliviada que otra cosa.

Me quede pensando en esas bombachas más de lo que era educado. Pero todo eso me olía a brujería. Por qué brujas si tuve la desgracia de conocer a unas cuantas. Al parecer el edificio se estaba tornando más interesante de lo que había parecido a primera vista.

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