Lo peor del gimnasio

bici pequeñaUna gota de sudor bajaba con rapidez por la nariz de Marta mientras esta pedaleaba con furia en la bicicleta fija. Sus amigas, Alba y Carmén ejercitaban a su lado y también hacían salir chispas de los pedales y todas miraban el mismo culo prominente que se balanceaba delante de ella enfundado en unas calzas rosado eléctrico que no dejaba a ninguna mirada indiferente. Era el culo de Ana, la perra de gimnasio.

Cualquiera pensaría que el odio de las tres amigas era injustificado, motivado únicamente por el hecho de que Ana poseía muchos atributos físicos que atraían a gran cantidad de chicos en el gimnasio y una personalidad de una hembra que disfruta de la atención masculina. Cierto, había que reconocer que en parte la odiaban por eso, pero aquello había sido solo el principio, porque con el tiempo la sinuosa mujer se había ganado por merito propio la rabia de las tres amigas.

Las sala de aparatos de aquel gimnasio había sido un lugar pacifico antes de que Ana llegará a su vida. Cuando la femme fatale entró luciendo unas mega ajustadas calzas color amarillo eléctrico y un corto top blanco que permitía ver su abdomen plano, nadie respiró en el cuarto. Los hombres no sabían como hacerlo, al parecer se habían olvidado y no eran capaces de llevar adelante aquel acto. A las mujeres se les fue el aliento, aquel cuerpo no era natural, pensaban,cuanto esfuerzo podía costar mantener una figura así y no era justo que aquella fulana viniera a hacerlas sentir mal acerca de su estado físico.

Con el tiempo la situación sólo empeoró. Aquella mujer no únicamente era despampanante, sino que además era una coqueta. Le encantaba andar entre máquina y máquina, probando los músculos de todo hombre que se pudiera cruzar. Se reía de hasta los chistes más insulsos y festejaba las bromas del más feo. Mientras que todos los hombres la amaban, las mujeres la odiaban a rabiar.

El tema se volvió personal con Ana, cuando se le ocurrió fijarse en el mismo chico del que Alba se había enamorado dos meses atrás. La cuestión era que Alba se lo había tomado con mucha calma. Para ella el proceso de seducción era un tema delicado, que involucraba una inversión de tiempo considerable, había que ir despacio, dando pistas de que una estaba interesada sin ser obvia, avanzar pero no dar el paso definitivo, insinuarse pero nunca ser del todo frontal acerca de sus intenciones.

La cuestión es que a aquella zorra le había costado sólo cinco minutos de poner pie en el gimnasio, agitar su melena (todos sabemos que las únicas que van con el pelo suelto a hacer deporte son las peores), tocarle un poco el brazo al muchacho, para que la cosa quedara resuelta. Los siguientes tres meses Alba tuvo que ver como Ana pavoneaba delante de ella con su trofeo.

Desde aquel momento las tres amigas se la tenían jurada a la muy gallina, que sabiendo que se había interpuesto entre dos personas, no se animaba a mirar a Alba a la cara. Además las mujeres no disimulaban para nada su odio hacia ella, no perdían oportunidad de fulminarla con la mirada.

El odio por aquella cerda parecía que no podía crecer más en el corazón de aquellas tres mujeres, hasta que casualmente coincidió que el ex novio de Carmen apareció por el gimnasio y parecía que ambos iban a retomar las cosas, cuando la muy odiosa de aquella mujer indeseable, terminó con el hombre que le había robado a Alba y encontró consuelo nada más y nada menos que en los brazos del ex de Carmen.

Aquello fue la gota que derramó el vaso. No sólo la lagarta se había robado a dos de los hombres de las chicas, sino que ahora se vestía cada vez de forma más provocativa, dejando poco a la imaginación y calentando aún más a los hombres del gimnasio. Tanto rechazo les generaba aquella mujer que ya no podían tolerar estar en su presencia.

La única que no había sufrido la desgracia de que aquella mujer desagradable le hiciera daño había sido Marta y esta mucho temía que eso estaba a punto de cambiar. Sabía por Carmen que hacía poco había dejado de revolcarse con su ex, así que aparentemente estaba a la caza otra vez y Marta temía que su próxima victima fuera su vecino.

El chico, Joan se había mudado hace apenas unas semanas a la casa de al lado de Marta y un día se habían cruzado en la puerta. Viendo que la chica volvía con su ropa deportiva, el muchacho, con mucha simpatía, le preguntó a que gimnasio iba, ya que estaba buscando uno en el que anotarse. Marta se lo recomendó ampliamente, desando que se anotara, ya que el chico le parecía muy atractivo.

La prueba de fuego se acercaba para Marta. Quería tener la posibilidad de cruzarse con Joan en un ambiente más distendido que no fuera la puerta de su casa, y consideraba que el gimnasio le daría más margen de maniobra. Sólo temía que la historias que habían vivido sus amigas se repitiera con ella. Pero sabía que no le debía temer a esa mujer que se podía nombrar como cualquier animal de la granja, si Joan estaba en verdad interesado en ella, Marta se aseguraría pronto que supiera que era mutuo y no habría margen.

Aquel día llegó pronto. Marta sabía que Joan estaba en el gimnasio, pero de momento no estaba en la sala de aparatos donde ella se ejercitaba con sus dos amigas. Habían estado ejercitándose con ayuda de unas gomas que colgaban en una barra que había frente al espejo. Así estuvieron un rato, hasta que Marta se dio cuenta que su goma estaba gastada. Como no podía soltarla, decidió ir a buscar al encargado para que la cortara antes de que alguien se lastimara.

Lo que pasó a continuación fue tan surreal y perfecto que a Marta le tomó un rato procesarlo. En el momento exacto en que la chica estaba por abandonar la habitación para ir a buscar al encargado, Joan entró. Se saludaron y charlaron por un momento, lo que fue tiempo suficiente para que Ana entrara también al cuarto.

Fue un instante crucial para Marta, que observó como Joan miraba a la mujer, que parecía una gata salvaje, deslizándose entre las máquinas y yendo hacia el espejo. Marta descubrió un poco tarde cual era la intención de Ana, que pretendía agarrar justamente la goma que se estaba por romper. Cuando por fin lo comprendió, viendo lo que sucedería si aquella mujer tomaba como estaba, con su culo en pompa y tiraba de aquella goma. Por un momento pensó en callarse, pero no era tan mala.

-¡Cuidado! -le dijo Marta a Ana señalando las gomas -La tercera es la vencida.

Con todo el despreció del mundo, que sólo reflejaría lo que Marta y sus amigas le habían dado, Ana miró a la chica de forma desafiante y a Joan de manera seductora (al mismo tiempo, sí, por más raro que suene, esas mega mujeres tienen la habilidad de hacerlo todo) y agarró la cuerda que Marta le había indicado que no usara.

Si bien la goma había sido suficiente para el menudo cuerpo de Marta, no pudo soportar el peso de aquel mujeron, que cedió lanzandola por el aire, por suerte la mujer terminó rebotando en su gran culo y no se lastimó para nada. En seguida sus numerosos admiradores se acercaron a ayudarla. Por otro lado  Marta se había quedado un poco petrificada y vio que sus amigas hacían esfuerzos para no reírse abiertamente.

-Eso debió de doler -dijo Joan mirando a Ana sin mucho interés -Perdón que cambie de tema de forma tan brusca, ¿pero te gustaría salir a tomar algo después de entrenar?

Aquella invitación casi hace que Marta se caiga de culo como Ana. Pero no perdió tiempo en decir que no. No había tiempo que perder, podía ser que aquella perra estuviera en el piso ahora, pero quien sabía contra quien podía ir la próxima vez.

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