El hombre del parche

¡ADVERTENCIA! Este cuento es la continuación de otro. Sugerimos comenzar la lectura por el Capítulo I: Arpías

Es común pensar que a una persona que use un pedazo de tela negra en su cara sobre una de sus cuencas oculares le falte un ojo. Es un razonamiento lógico. Personajes míticos como los piratas los usaban y ellos sí que tenían una vida agitada que podría llevarlos a perder el cincuenta por ciento de sus órganos visuales en algún tipo de altercado con otro marino o con un pez rebelde.

Pero a pesar de que por mi apariencia física y parche podría pasar perfectamente por un pirata, no lo soy. Lo cierto es que ni siquiera me falta un ojo. La realidad es que los tengo a los dos y son ambos muy especiales. Al igual que lo son mis orejas, mi nariz, mi boca y mi piel. Para muchos soy un fenómeno desconocido, una rareza entre los más raros. No hay cuentos infantiles sobre mí, ni excitantes leyendas contadas a la luz y calor de una fogata. Me llamó Rodrigo y soy un olvidado. Una ventaja más entre mis habilidades.

Entonces es normal que la gente se pregunte si uno no es tuerto, para qué un parche. Para poder tapar el agujero que queda en mi cara cada vez que me parece que sería bueno sacarme un ojo. Sí, cual señor cara de papa, mis ojos, mi boca, mis orejas, mi nariz y partes de mi piel puede ser despegadas de mi cuerpo por momentos y después vueltas a unir a él con total normalidad. No se necesita ser un genio para darse cuenta lo útil de mi condición.

Si bien más adelante en mi vida me cruce con gente que me consideró un ser digno de atención y con habilidades para ser explotadas, la familia en la que nací no lo vio de esa forma. Al parecer fui la primera criatura diferente que ellos conocieron y mi singularidad los horrorizó tanto que no fueron capaz de hacerse cargo. Así fue como a los dos años de edad e inconscientemente por completo avergonzado de mi persona, terminé en un orfelinato.

El rechazo que mis progenitores habían inculcado en mí con respecto a mis características singulares, me ayudaron mucho en el sentido de que me otorgaron una discreción, que de haber sido de otra manera tal vez me hubiera faltado. Mis primeros años de vida vi con asco y temor a mi propio cuerpo, manteniendo siempre todos los elementos en su lugar, y jamás compartiendo mi secreto con nadie.

Pero la vida en el orfelinato era dura y cuando comencé a crecer descubrí que la información es poder y que la gente te tenga miedo puede ser muy productivo. Así fue que aun manteniendo un perfil bajo y siendo lo más reservado posible empecé a aprovechar de mi anormalidad. Siempre había sido un bicho raro y un poco sapo de otro pozo, pero ahora era respetado como nunca. El resto de los adolescentes me buscaban como protección y para que compartiera la información que tenía con ellos. Por aquel entonces era muy relevante saber cuándo iba a ser la próxima inspección de dormitorios o si había escondido en la cocina algún manjar del que pudiéramos hacernos.

La realidad es que uno puede ser discreto sólo hasta cierto punto a la vez que se le saca provecho de las habilidades. Lo cierto también es que el mundo era mucho más amplio fuera de las paredes del hogar donde vivía. No sé exactamente como pasó ni quién fue que corrió el rumor, pero a odios de un grupo de mafiosos de la zona les llegó la noticia de mi rareza. A diferencia de mis padres, ellos supieron ver lo ventajoso que podía ser contar con alguien de mis características dentro de su grupo.

Así que a los dieciocho años, cuando las puertas del orfelinato se cerraron para mí, esperándome abiertas de par en par estaban las del padrino local. Hasta ese momento mi vida había sido bastante dura. De todas formas creo que terminé siendo un ser humano mucho más centrado de lo que se podía esperar. Le tengo que dar algo de crédito a algunas de las personas que trabajaban en el hogar, que en verdad se preocupaban por nosotros y alguno de mis forzados hermanos con los que compartí buenos momentos.

Cuando me uní a los mafiosos tenía una noción bastante básica pero bien definida de que era lo que estaba bien o mal. No quería involucrarme en nada grave y así se lo hice saber al hombre que me reclutó. Nada de crímenes violentos ni de víctimas indefensas. Estaba dispuesto a participar y colaborar en cualquier tipo de estafas mientras fueran inofensivas y a gente de la misma calaña que mis empleadores.

Más allá de mis habilidades innatas, con el tiempo también desarrollé un gusto y facilidad para las matemáticas. Las estafas medianas eran mi pan nuestro de cada día y aprendí a vivir de ello sin culpa. No tenía otra opción. Al grupo al que pertenecía no era uno al que se pudiera abandonar voluntariamente.

A medida que iba creciendo y descubriendo que si me lo propusiera con facilidad podría conseguir un empleo legal, más fuerte era mi deseo de abandonar la mafia. El año definitivo fue cuando tenía unos 27 años. A simple vista parecía un rockero rebelde, con el pelo un poco más largo de la norma que cubría parte de mi cara. Ya había comenzado a usar mi parche y con mi campera de jean oscura eran mi distintivo. Había empezado a cuestionarme la forma de dejar atrás mi triste forma de vida cuando el destino me liberó de las garras de la mafia.

Como siempre en estos asuntos se resumió en una cuestión de luchas de poder. Por suerte para mí el clan al que yo pertenecía era menos poderoso que el que nos atacó y al no ser un miembro realmente activó y oficial, desaparecí sin dejar rastros antes de que nadie tuviera tiempo de hacerme alguna pregunta.

Al principio me dio un poco de miedo de que los otros mafiosos hubieran oído hablar de mí y tuvieran intención de reclutarme para ellos. Por lo tanto en un comienzo me escondí un poco, vagando sin rumbo y sin estar del todo seguro de cuál era la mejor forma de proceder. Hasta que decidí que esa actitud era hasta casi tan mala como vivir con los mafiosos y me busque un trabajo y un lugar decente para vivir.

Freaks parecía ser el lugar perfecto. El edificio era muy bonito, la renta barata y Margot la madre que nunca tuve. Si hubiera tenido alguna duda de que allí era donde quería vivir se me fue en el mismo instante en el que vi a Clara. No de forma consciente. Siempre me costó admitir cuando me sentía atraído por una mujer y eso que nunca me había ocurrido con la intensidad que me pasó con ella. Pero de forma inconsciente o lo que fuera, supongo que en el momento que vi su cara fue cuando supe que estaba justamente donde tenía que estar.

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