Los menjunjes de Clara

¡ADVERTENCIA! Este cuento es la continuación de otro. Sugerimos comenzar la lectura por el Capítulo I: Arpías

Una poción mágica es básicamente una receta de cocina con un toque especial, esa es la verdad. Como cada cocinero, cada bruja tiene sus propios trucos y secretos culinarios. El brebaje que estaba preparando aquella tarde de primavera era en realidad uno de mis preferidos y mi gran especialidad. Mientras mezclaba en la cocina los líquidos verdes, rojos y amarrillos, tarareaba mi pequeño cantico secreto, para darle a aquella poción la magia que necesitaba.

Siendo sincera, ese día estaba muy satisfecha con cómo había resultado la pócima. Aún le faltaba un toque de frío para estar perfecta, por lo tanto la guardé en la heladera mientras lavaba todos los instrumentos que había utilizado. Después de hacer aquel esfuerzo, tenía la confianza de que me merecía un descanso. Así que me senté en el sillón, con mi libro, mantita y chocolate y me dispuse a relajarme.

Había leído con exactitud dos renglones, cuando unos fuertes golpes sonaron en mi puerta. Alarmada, fui corriendo a ver quién me demandaba con tanta insistencia. Cuando abrí la puerta, una avalancha de mujeres casi me estampa contra la pared. Sin parar de hablar, María Paula, María Agustina y Mariana, en mi mente “las hermanas cachondas” entraron en el salón. Detrás de ellas venían menos entusiasmadas, Margot y Sandra.

–Necesitamos toda la ayuda femenina que podamos conseguir –dijo María Paula empujándome hasta que estuve sentada otra vez en el sillón y colocando una revista de modas abierta por una página que no pude ni ver de lo cerca que lo tenía pegada a mi cara –. Tenemos que elegir el modelo perfecto.

–¿Qué, cómo, cuándo? –pregunté intentando liberarme de María Paula. Mariana estaba colocando todo tipo de snacks sobre mi mesa ratona, mientras Sandra, con su típica cara de mal humor ojeaba una revista con desgana, y María Agustina y Margot compartían opiniones acerca de un diseño.

–María Paula tiene una cita muy importante –dijo María Agustina dando por acabada la discusión con Margot y cerrando la revista que miraban de un golpe. Ambas estaban sentadas junto a Sandra, en el sillón de tres cuerpos –. Va a salir con un miembro de la realeza, tiene que estar espectacular.

–¡Sí! Nunca en mi vida salí con alguien tan especial –dijo María Paula desfilando por la habitación –. Debo hacer lo que haga falta para ganar el amor de este caballero.

–¿Es un chico simpático? ¿Amoroso? ¿Educado? –preguntó Margot dándole su vaso a Mariana para que lo llenara.

–¡Es un conde Margot! ¡Un conde! –dijo María Agustina dándome un vaso lleno –. ¡Brindemos por el amor millonario de María Paula!

Resignada bebí de un trago el contenido del vaso que tenía en la mano. El resto de las mujeres siguió mi ejemplo. Ahora Mariana había dejado de servir y se ubicó en el sillón individual opuesto a mí. Estábamos todas sentadas menos María Paula que seguía dando vueltas por la habitación.

El vino que había sobre la mesa captó mi atención. Había estado tan distraída que no había visto que botella había usado Mariana para servir. Aquel recipiente se aproximaba demasiado al que acababa de colocar en la heladera. Aquello no podía estar pasando, no podía ser real. Tome el vino y lo observé con atención.

–Mariana, ¿esta botella la trajiste vos o la sacaste de mi heladera? –pregunté mirando a la menor de las hermanas que estaba muy concentrada observando una revista.

–Es tuya –dijo Mariana mirándome con culpa –Ay, ¡perdón! ¿La tenías reservada para una ocasión especial?

Sin responder a la chica fui hasta la heladera rogando en voz baja que aquello no fuera cierto. Pero era verdad. La botella ya no estaba donde la había dejado. Estaba arriba de la mesa. Vacía. Crucé los dados para que aquel lote me hubiera quedado mal. Que me hubiera equivocado con algo y la receta no hubiera resultado.

–¿Nadie tiene ganas de contar secretos? –preguntó María Paula sentándose muy relajada en un banquito que había junto a la mesa ratona –Vamos a jugar a verdad consecuencia.

Y no. Mi esperanza había sido en vano. Mi brebaje estaba funcionando. Lo podía ver en la cara de todas. Por cada segundo que pasaban sonreían con más alegría. Lo peor de todo era que yo sentía el cambio en mi misma. Los músculos de la cara se me empezaron a relajar. Sentía la mente despejada y unas extrañas ganas de reír. Por irónico que pareciera, me acababa de encantar a mí misma, pensé resignada volviendo a sentarme en el sillón.

–¡Uy sí! –dijo Sandra con una emoción divertida, bañada por su negatividad característica  –Después de cortarle los sueños a la gente los juegos de confesiones son lo que más me gusta.

Por un segundo se hizo un intenso silencio en el salón de mi casa. Todas nos miramos entre nosotras y después a Sandra. El juego había comenzado antes de que nos diéramos cuenta. Más importante todavía, mi suero de la verdad estaba dando resultado. Lo que dijeran las demás no me importaba, pero temía que mi secreto saliera a la luz. Era consciente de que era cuestión de tiempo antes de que yo también empezará a hablar.

–¡Yo, yo, yo! –dijo Mariana levantando su brazo varias veces –. Confieso que lo que más me gusta en esta vida es la comida. Bueno, después del sexo. – Todas reímos al mismo tiempo y nuestras carcajadas llenaron la habitación.

–A mí me gusta el sexo más que nada –dijo María Paula mirando a Sandra con cariño, entre risa y risa –¡Ah! Y volar. Volar me apasiona. Abrir las alas, mirar el mundo desde arriba.

–Yo confieso que ni simpático, ni amoroso, ni educado –dijo María Paula poniéndose de pie –Que a mí me gusta el conde porque sabe hacerlo como nadie.

Todas aplaudimos su confesión y miramos a Margot esperando que revelara su secreto. La señora se movía en su lugar nerviosa, intentando resistir el impulso de hablar. Su cara estaba cambiando de color y ninguna de nosotras parecía ser capaz de mirar para otro lado. Todos tenemos cosas que ocultar y estaba claro que la cacera no era una excepción. La señora sabía lo que le estaba pasando e iba a combatirlo con todas sus fuerzas.

–¡Yo soy una maldita bruja y quiero que todas se vayan de mi casa! –grite también poniéndome de pie.

La cara de alivio de Margot fue inmensa y sin esperar que yo dijera nada más se levantó y salió de mi casa. Poniéndose de pie con pereza Sandra la imitó. Mariana juntó toda la comida que había sobre la mesa y tomando a María Agustina ambas se fueron de mi casa. María Paula me miró con fiereza.

–¡No me ayudaste en nada, en nada! –y dando media vuelta se fue.

Una vez sola me paré frente al espejo que había junto a la puerta. Observé mi cara que no daba ningún tipo de señal de estar bajo el efecto de un encanto. Respiré profundo y solté aquello que tenía miedo de confesarme a mí misma.

–Estoy enamorada de Rafael –nadie lo había escuchado, pero aun así sentí como un gran peso abandonaba mis hombros.

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