Día de pesca

pez pequeñoLos recuerdos siempre me parecieron una cosa muy rara. Desde joven me llamó la atención como ciertos acontecimientos de nuestras vidas se graban en nuestro cerebro con una claridad sorprendente. Como podemos recrear con una exactitud asombrosa un acontecimiento que pasó hace treinta años atrás y que algunas veces no seamos capaces de acordarnos que cenamos ayer.

En mi caso en particular me sorprende lo mucho que me acuerdo de algunas cosas de cuando era niño. Hay momentos, días, etapas que las conservo en mi cerebro totalmente intactas. Son como una película de super ocho que puedo repetir una y otra vez en mi cabeza sin que pierda la claridad. Se puede decir que tuve una infancia muy feliz, fui un niño muy afortunado y por suerte nunca me faltó nada. Lo único que recuerdo que empañara un poco mis jóvenes años era lo mucho que trabajaba mi papá. Aunque sí lo pienso hoy y lo analizo en perspectiva trabajaba igual que cualquier otra persona, lo que para mí era muchísimo. O más bien los momentos que mi hermano y yo compartíamos  con él nunca me parecían suficiente.

Todos los días lo esperábamos ansiosos con Juan, sentados en el portón de la casa. Jugábamos a ver quién descubría su auto antes y no bien se bajaba nos tirabamos arriba de él. Íbamos todo el camino hasta casa peleándonos por contarle nuestras historias del día y revisándole los bolsillos para descubrir que golosinas nos había traído. Esa rutina se repitió cada tarde de la semana mientras yo tuve entra seis y doce años. Después nuestro entusiasmo por nuestro padre no era tan intenso, solo reservábamos esa tradición para cuando queríamos contarle algo muy importante.

Lo que realmente ansiábamos mucho Juan y yo eran las veces que nuestro padre nos llevaba a pescar. Eran los días más felices de nuestra niñez. El hecho de tenerlo solo para nosotros, sin teléfonos ni otros adultos que nos molestaran era lo mejor. Esas excursiones no eran de lo más comunes, así que cuando se daban las aprovechábamos a pleno. Una semana antes ya nos poníamos a planear todo lo que íbamos a llevar y a imaginarnos todos los peces que sacaríamos y que íbamos a traerle a mamá para que cocine.

Hubo una idea a pescar que no sé por qué razón se pegó a mi mente con más fuerza que el resto. No hubo nada que hizo que se destacara del resto, pero aquella salida se  grabó en mi memoria como ninguna otra lo hizo. Era comienzo de verano y los días empezaban a estar más calurosos, pero una agradable brisa hacía que el clima fuera tolerable y el día estaba perfectamente templado.

Llevamos nuestras cajas con los anzuelos y carnadas y las cañas ya preparadas para pescar todo un cardumen de peces entre mi habilidoso hermano, papá y yo. Es curioso como me acuerdo cada sensación de ese momento. El viento en mi pelo mientras nos acomodábamos a la orilla del lago- El color y la frescura del agua que mojaba nuestros pies cuando corríamos mientras el viejo empezaba a armar las cañas.

Mi padre sabía poco y nada de pesca. Lo básico que la había enseñado nuestro abuelo en excusiones como aquella. Lo práctico igual lo tenía cubierto, nos había enseñado a armar la carnada y a sacar el pescado una vez que picaba. Lo que estaba lejos de dominar era los nombres de los peces. Cada vez que sacaba uno lo bautizaba según su apariencia. Por aquel entonces, después de varias salidas, algunos nombres que les había dado a determinado tipo de pez ya se habían pegado y entre nosotros ya entendíamos cuando hablaba de un orejón, una sarna y un brillante.

Algo que tuvo de especial aquella tarde de pesca fue que en verdad sacamos unos cuantos peces. La verdad era que la mayoría de ellos eran merito único de mi padre, que con paciencia esperaba junto a las cañas. Mi hermano y yo correteábamos por todos lados y nos acercábamos a él cuando empezaba nos hacía señas de que algo había picado. Pero aquel día lo pasamos más cerca de las cañas que corriendo por ahí. Sacamos dos o tres orejones, un brillante y un montón de sarnas. Papá nos contaba que alguna vez había comido aquel pescado en un restaurante y que era muy rico. Entusiasmados por eso, a la hora del almuerzo armamos un fueguito, bien cerca de donde estaban nuestras cañas y nos aprontamos para comer, orgullosos, el fruto de nuestro arduo trabajo.

El pescado no demoró mucho en asarse al fuego y pronto estuvimos los tres sentados, devorando con ganas nuestras presas. Grande fue mi sorpresa al degustar aquel pescado que en mi humilde opinión no tenía sabor a nada. Mi padre y mi hermano comían sus porciones sin quejarse. Algo andaba mal. Papá había dicho que ese tipo de pescado era riquísimo. Seguro que era el que yo estaba comiendo el fallado. Así que decidí probar un pedacito del de papá y nada. Igual al mío, por completo sin sabor. En aquel momento pensé que era muy raro. Probé el de mi hermano y era lo mismo. Nada de nada. En mi mente de siete años pronto llegue a la conclusión de que en aquel lago sarna con gusto no pica. De todas formas aquel pensamiento no me distrajo mucho porque Juan había visto una rana y ya estábamos los dos corriendo tras ella.

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