El cuerpo de Gastón

¡ADVERTENCIA! Este cuento es la continuación de otro. Sugerimos comenzar la lectura por el Capítulo I: Arpías

Hacía un día de calor insoportable. Estar dentro de casa era un desafío. Había preparado unos helados de limón casero que compartía con mis hermanas Magu y Pau en el patio, mientras ellas jugaban a las cartas con Clara y Manuel. Cerca de ellos, bajo la sombra de un árbol Rafael cosía un pantalón y Bruno escribía un poema.

Quien más duro trabajaba aquella tarde era Gastón. Margot le había pedido que arreglará una parte de la pared de la cual se habían salido varios ladrillos. Supongo que era cierto lo que decía Manuel que en realidad lo hacía sólo para lucir sus músculos y su cuerpo sudado delante de las chicas, pero a mí me daba igual. Yo estaba disfrutando mucho del espectáculo de ver su anatomía en su máximo esplendor.

Los brazos de Gastón se estiraban y flexionaban a un ritmo ágil, mientras las gotas de agua bajaban por su piel. Se había echado agua en el pelo y lo tenía pegado a la cabeza. Sus jeans gastados combinaban a la perfección con su piel desnuda del torso. Mientras iba sorbiendo mi helado de limón con una pajita me recreaba bajo mi sombrero de paja.

La música clásica llenaba todo el ambiente que no se podía sentir más relajado. Margot había salido a supervisar el trabajo de Gastón y le daba el visto bueno. Aquel edificio era lo mejor que nos podía haber pasado a mis hermanas y a mí. La vida que levábamos allí era muy tranquila en comparación a lo que estábamos acostumbrada, pero yo nunca me había sentido más feliz. Nuestro secreto estaba a salvo y no había nada que temer.

–Che Rafa, ¿dónde anda Sandra? Hace días que no la veo –preguntó Manuel mientras Clara anotaba los puntos de aquella mano.

–Se fue a visitar a una parienta que vive en el interior. Vuelve en unos días.

A pesar de que era difícil mirar otra cosa que no fuera el cuerpo de Gastón, bajando mis lentes vi con claridad la expresión del rosto de Clara ante este comentario. Era evidente que había algo raro entre aquellos tres. A mí no se me escapa un buen triángulo amoroso. Estaba claro que había una fuerte química entre Rafael y Clara, pero algo parecía refrenarlos. La buena relación que tenían el modisto y Sandra parecía influir de cierta forma, pero no podía terminar de saber exactamente como. Del edificio era el único que toleraba a aquella mujer mala onda. Supongo que por eso ella siempre le andaba atrás.

–Bueno, por lo menos vas a estar más tranquilo por unos días –comentó Manu.

Todos reímos, menos Rafael que hizo un esfuerzo mínimo por defender el honor de la mujer ausente. En aquel momento apareció Sebastián. A diferencia de Sandra, a nadie le caía mal aquel hombre, pero todos pensábamos que era un poco raro. Tan reservado, pocas veces se unía a nosotros en el patio. No sé si fue debido al comentario de Rafael que demostraba que sabía más de Sandra que cualquiera de nosotros, pero el hecho es que Clara sintió que tenía que invitar a Sebastián a integrarse al juego.

Sólo yo pude escuchar el comentario que Manuel le hizo a Rafael por lo bajo.

–Primero te tenés que fumar a Bruno que le anda atrás como borrego, lo que te faltaba ahora es que se te sume el ente ese a la competencia.

–No seas mala onda Manuel. Bruno es muy buena gente. Y a mí no me importa cuales sean sus intenciones con Clara. Está todo bien –dijo Rafael por lo bajo.

–Si vos decís –dijo Manuel con sarcasmo –Entonces no te molesta en lo más mínimo que se una a la fiesta, ¿no? Bruno, vení, así jugamos a las carta de a 6.

La tarde se siguió con tranquilidad, Bruno y Sebastián se unieron y comenzaron una partida de a seis. Hice una torta rápida para que todos comiéramos y Sebastián y Manuel hicieron un trabajo muy pobre ayudándome a exprimir limones. Gastón ya había terminado su trabajo y ahora se sentaba junto a mí disfrutando de la limonada fresca.

–Buenas tardes, buscamos al señor Mederos. ¿Dónde podríamos encontrarlo?

–¿Por qué se lo busca? –preguntó Margot, que miraba el partido de cartas, sin darle tiempo a Gastón a reaccionar.

–Señora, el asunto por el que estamos aquí es totalmente confidencial, solamente podemos tratarlo con el interesado. ¿Podría decirnos dónde encontrarlo?

–El señor Mederos soy yo –dijo Gastón levantándose e ignorando totalmente la mirada de odio que Margot y Bruno le dirigían y la curiosidad del resto –. Pasen por aquí, charlaremos más cómodamente en mí casa.

Todos nos miramos asombrados. Margot y Bruno se intercambiaron miradas de complicidad. La matrona le solicitaba al joven una respuesta con los ojos, pero este sólo pudo contestarle con un gesto que se sentía tan asombrado como ella. El resto estábamos totalmente despistados, aunque con lo chusmas que somos, en seguida se pusimos a hacer conjeturas.

–Seguro que es porque no pagó algún impuesto –dijo María Agustina convencida –. O por alguna multa.

–No seas boba Magu. Si a cada persona que no paga una multa o los impuestos le mandan a la policía el personal no daría a basto –dijo María Paula mirando a mi hermana con exasperación –. Seguro que es por algo mucho más grave.

–No creo –dijo Bruno visiblemente incomodo –. Debe ser por algo del trabajo. Me dijo algo que tenía que ver con su jefe y un desfalco. O algo por el estilo.

–No me parece –tercio María Paula –Por la cara del policía era algo serio, serio.

–Bueno gente, dejemos de especular –dijo Manuel –. Seguro que es por que mató a alguien.

Tal y como Manuel pensaba, todos nos echamos a reír. Menos Margot y Bruno, su compañero de habitación. Al parecer aquello no les hacía nada de gracia a ninguno de los dos. ¿Tendría Gastón algo que esconder? ¿Sería capaz de hacerle daño a alguien?

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