Martes 13

trebol pequeñoMiguel nació un martes trece de febrero y vino al mundo de nalgas. Fue el parto más complicado que se haya visto en el hospital en el que nació y cuando por fin salió de adentro de su madre estaba casi muerto. Le llevó un para de minutos estabilizarlo y comenzó a respirar con normalidad cuando el reloj ya había pasado de las doce. A pesar de lo complicado de su nacimiento, Miguel fue un bebé sano. No tuvo que permanecer en el hospital más de lo normal y pronto se acomodó en su casa con sus padres y sus tres hermanos.

La vida de Miguel y su familia se desarrollaba con normalidad, nada sobresalía dentro de ella. Era un bebé común y silvestre que dormía, comía y crecía. Sus padres lo mimaban y sus hermanos jugaban con él como si fuera un juguete. La primera señal de que había una maldición sobre aquel pequeño se dio un poco antes de que el bebé cumpliera un año. Era un martes trece y toda la familia se dirigía en su auto a visitar a los abuelos. Ellos iban muy tranquilos en su propio mundo cuando un auto los choco del costado. No fue una gran tragedia. Su madre se quebró un par de costillas, uno de sus hermanos estuvo internado unos días, pero nada letal. De más está decir que nadie unió en aquel entonces ese hecho aislado con el nacimiento de Miguel.

Los martes trece siguientes en la primera infancia de Miguel estuvieron plagados de extraños acontecimientos. La muerte de una mascota, perdida de un vuelo importante, despido de su madre cuando él la acompaño al trabajo a los cinco años. Aquella fue la señal definitiva para su progenitora que hace tiempo que venía sospechando que había algo extraño que sucedía en torno a su benjamín en aquella fecha en particular. En un primer momento el resto de la familia la tomó por un poco loca y despechada por haber perdido el trabajo, a pesar de eso le hicieron caso y se volvió una regla que el niño no dejara la casa el próximo martes trece.

A los seis años Miguel era un niño muy inquieto, tenía un montón de amiguitos en el barrio y pocas veces estaba en su casa. Así que cuando el siguiente martes trece llegó, poco le importo el que su madre le hubiera dicho ocho mese atrás  que él no podía salir aquel día. Lo cierto es que hasta su madre se había olvidado de eso, así que cuando los padres de un vecino lo invitaron a pasar el día en el campo con ellos no puso objeción. Cuando se enteró que mientras estaban en el campo al amigo de Miguel le había caído un rayo arriba, la mujer no lo podía creer. No había sido nada grave, y por supuesto a nadie se le ocurriría culpar al niño por eso, pero la mamá no estaba segura de la inocencia de su hijo. Sabía que no era nada que hiciera de forma voluntaria. Pero ahora no le quedaba duda que entre su hijo y aquella fecha existía una relación extraña y maldita.

El niño no estaba convencido de lo que su madre le decía. No había forma de que él con su mala suerte lograra que un rayo del cielo y le diera en el medio de la cabeza a alguien. Así que el martes trece siguiente, ignorando las ordenes de su mamá, se escapo de la casa por la ventana y se fue a un campeonato de bolita. Torneo al que nunca llegó porque en el camino hacia el lugar un gran perro se tiró sobre él y le mordió el brazo.

A partir de ese día y teniendo en la memoria tatuado el dolor que el can le produjo, Miguel se propuso nunca más salir de su casa en aquella fecha. De todas formas la desgracia parecía seguir azotándolo. Que se hallara en un lugar seguro no impidió que su padre abandonara a su familia un martes trece, que se agarrara una fiebre de unos cuarenta grados y contra consejo de toda la familia, el abuelo lo visitó en una de las recluidas fechas. El pobre abue que había entrado en la casa de su nieto por sus propios medios, terminó la visita con los pies para adelante.

Su madre y el resto de la familia le tenían mucha paciencia. Porque a pesar de todo Miguel no era un hombre desafortunado, es más, le iba muy bien a sus veinte años. En la carrera que estudiaba era uno de los mejores y ya había conseguido un buen empleo. Era también un joven agraciado y las candidatas no le faltaban. El acontecimiento que hizo que el mismo tomará la medida de mudarse por el bien del resto de la familia fue que en uno de sus días de recluimiento la casa del vecino se predio fuego y arrasó también con parte de la casa de ellos mientras Miguel dormía.

La mudanza implicó también un cambio de actitud en la vida de Miguel. Al parecer no importaba dónde estuviera, la desgracia lo seguía a todas partes. Así que se levantó su auto impuesto toque de queda y decidió vivir el martes trece con mucha precaución, pero ya no encerrado dentro de su casa. Su experimento le demostró que no importara donde fuera la maldición siempre lo encontraba. Así le tocó perder exámenes, ser dejado por una novia y perder una suma de dinero en aquella fatídica fecha.

A Agustina la conoció un miércoles catorce. Al poco tiempo de salir con ella se dio cuenta de que era la mujer de su vida. En sus veintisiete años nunca había conocido una mujer como aquella. Se entendían a la perfección y ella parecía estar tan enamorada como él. El próximo martes trece estaba a un par de meses cuando se le ocurrió tomar una decisión descabellada. Le iba  a pedir matrimonio a Agustina y se casarían el martes trece, y para redoblar la apuesta contrataría para ambos un viaje en crucero que partiría ese mismo día. La chica aceptó emocionada, pero su familia hizo lo imposible para hacerlo entrar en razón. Lo trataron de loco. Está bien que no continuara encerrándose en su casa, pero organizar la boda en la tan temida fecha era tentar su mala suerte en una forma sin precedente.

Miguel estaba decidido. Si algo malo iba a ocurrir en su nueva vida con Agustina quería enfrentarlo cuanto antes. Mientras programaba todo el evento su familia se turnaba para suplicarle que entrara en razón, pero nada. La boda ya estaba en marcha y nada iba a pararla ahora. Sus hermanos, madre y amigos más cercanos desarrollaron sus propios preparativos para la fiesta. Contrataron una ambulancia, pidieron extra matafuegos para el salón y mucho personal de seguridad.

Durante todo el día de la boda los seres queridos de Miguel contuvieron la respiración, siempre atentos a que la desgracia ocurriera. A medida que transcurría la jornada y ambos novios dieron el sí sin ningún inconveniente, los parientes de Miguel se pusieron más tensos aún. Lo más probable era que la tragedia ocurriera cuando ambos subieron al barco. La madre de Miguel lo abrazó hasta casi asfixiarlo y le exigió que la llamara una vez que el reloj diera las 00:01.

Y Miguel así lo hizo, una vez que terminó el martes trece y pasó a ser miércoles, el flamante esposo se comunicó con su familia para informarles que se había casado, embarcado y de su casa alejado y todo había salido de maravilla. La maldición se había roto.

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