Las tijeras de Sandra

¡ADVERTENCIA! Este cuento es la continuación de otro. Sugerimos comenzar la lectura por el Capítulo I: Arpías

Lo había hecho. No había marcha atrás. Quería cerrar los ojos y que aquello fuera un mal sueño propio. Pero no lo era. Las tijeras estaban ahí, entre mis dedos, acusándome. Parecía una secuencia irreal. No entendía por qué lo había hecho, que fuerza maldita me había impulsado a cortar el sueño erótico de María Paula.

Era una adicta. En aquel momento lo veía más claro que nunca mientras buscaba desesperada un lugar donde esconder aquellas tijeras que me incriminaban. No se suponía que tuviera en mi poder el instrumento para cortar de las hadas. Me las habían confiscado cuando me habían echado del gremio, pero por medio de un contacto había vuelto a recupéralas. En un principio me había justificado diciendo que las quería porque eran parte de mí, que ningún kit de hada de los sueños está completo sin sus tijeras.

El hecho de que le acabara de cortar el sueño a María Paula era la prueba irrefutable de que aquella había sido una mentira para auto engañarme. No tenía ningún problema con la chica, no era como con Clara que era un tema personal. Cortarle el sueño a la vecina cachonda había sido un acto de adicta. El simple escape de una acción reprimida por mucho tiempo.

No había dónde esconder las tijeras, pensaba desesperada mientras iba de un lado al otro de mi salón con el instrumento aún en mis manos. Era cuestión de tiempo antes de que la Comisión Controladora de Sueños descubriera mi acto ilegal y vinieran a buscarme. No podía dejar que me descubrieran con las tijeras. No sólo porque no las volvería a ver, sino que esta vez sí que me prohibirían controlar sueños para siempre.

Salí corriendo fuera de mi casa, no había donde esconder las tijeras allí, sería el primer lugar donde buscaría la comisión cuando vinieran a buscarme. Una vez que estuve en el patio interior del edificio mire a mi alrededor desesperada. Del piso superior me llegaron las risas estridentes de las hermanas cachondas. Aquella casa tenía más tráfico que un shopping. No sería seguro dejar mis tijeras allí. La luz que venía del salón de Clara me hizo dudar, pero no iba a dejar parte de mi equipo en la casa de mi enemiga.

Estaba petrificada, tijeras en mano, parada en la puerta de mi apartamento cuando Sebastián pasó delante de mí. Su casa quedaba al fondo del edificio y hacia allí se dirigía él cargado con la compra. Me saludó de la misma forma que siempre lo hacía, con un movimiento cortés de cabeza y siguió su camino.

El ruido de un auto que se detenía en la puerta del edificio me sacó de mis cavilaciones y casi sin pensarlo corrí detrás de Sebastián de modo que cuando abrió la puerta, yo pasé corriendo delante de él y me metí dentro de su casa antes de que tuviera tiempo de decirme nada.

Comencé a moverme dentro de su casa como gato enjaulado, mientras Sebastián cerraba la puerta con calma y dejaba la compra sobre la mesa. Llegado ese punto se paró delante de mí, su altura lo obligaba a mirar hacia abajo, pero estaba muy cerca de mí, sus ojos exigían una explicación inmediata.

–Tengo que esconder esto –dije apuntándolo con mis tijeras.

–Digamos que eso es algo evidente –dijo Sebastián acercándose todavía más a mí, colocando sus manos sobre las tijeras y acariciando mis dedos en el proceso, acercó su cara a la mía al extremo que podía ver con claridad sus profundos ojos marrones –Pero primero intentemos que nadie salga herido en el proceso.

La presencia de Sebastián era avasallante. Su aura misteriosa intoxicaba todos mis sentidos. Estando tan cerca de él, nuestros cuerpos casi pegados, sentía su fuerte colonia masculina que me mareaba. El hechizo bajo el que habíamos caído se vio roto por unos insistentes golpes. Alguien estaba llamando a la puerta de mi casa.

–¿Por qué no vas a atender a esa gente y dejas que yo me ocupe de las tijeras? –preguntó con una voz profunda y un poco temblorosa.

–Pero mira que no son tan fáciles de… –dije aún con las tijeras en la mano, no del todo decidida a dejarlas ir.

–Ya sé que son especiales –Sebastián se separó de mi de forma brusca, quedándose con el objeto mágico y con un gesto rápido me empujó hacia la puerta –Pero soy muy bueno escondiendo cosas.

Respire profundo y salí de su casa. No sabía bien que acababa de pasar, pero estaba temblorosa y no me sentía muy preparada para enfrentar a los miembros de la comisión que efectivamente estaban frente a la puerta de mi casa. Debía concentrarme y enfocar todos mis recursos a engañar a aquella gente.

No fue fácil, pero salí airosa de la situación. Logre disuadir a los miembros de la comisión de que yo no había vuelto a ver mis tijeras desde que ellos me las habían sacado y que lo más probable era que todo aquello fuera un mal entendido. No estaban convencidos, pero como no había rastros del instrumento y no querían reconocer que había desaparecido de su cuidado, no les quedó más remedio que irse resignados. No bien salieron de mi casa, sentí unos golpes en la puerta.

–¿Puedo pasar? –preguntó Sebastián cuando abrí.

–Claro, por favor –dije haciéndole lugar para que entrara –¿Querés algo de tomar?

–No, muchas gracias –dijo plantándose frente a mi otra vez demasiado cerca y muy serio –Creo que necesitás ayuda. Sé reconocer una adicta cuando la veo.

–¿Perdón? –la voz me salió más aguda de lo que pretendía, su pregunta me agarró por sorpresa.

–Acá te dejo un número de teléfono –dijo Sebastián sin mover su cuerpo, pero estirando el brazo para dejar una tarjeta sobre la mesa –Creo que sería bueno que fueras a este grupo.

Sin darme tiempo a contestar, Sebastián se alejó de mí, abrió la puerta y se fue. Aquel hombre era muy extraño, pero no tanto como mis tijeras. La magia de mi instrumento hacia que la comisión debería haber podido encontrarlas o al menos saber que estaban en el edificio. Pero de alguna forma Sebastián había podido esconderlas y hacerlas pasar desapercibidas. No podía dejar de pensar en cómo lo habría hecho y aún más acerca de que más ocultaría aquel misterioso hombre.

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