Somos lo que comemos

mandarina pequeñaRicardo vivía en una pequeña casa en la costa, un poco alejado de la ciudad, en una especie de cabaña, pequeña pero cómoda. A él le encantaba disfrutar del aire libre y cada día era un placer, yendo a trabajar y volviendo por las noches a su tranquilo hogar. Los fines de semana se los pasaba cuidando a los tres árboles que tenía en el fondo. Su árbol de mandarinas, su limonero y su ciruelo eran la luz de sus ojos. Los cuidaba como si fueran bebés e invertía gran parte de su tiempo libre y su dinero en su cuidado.

La fruta que obtenía de sus árboles era considerable y la mayoría de los frutos que sacaba de ellos los repartía entre sus vecinos, en especial las mandarinas que no le gustaban nada. Esas las reglaba todas. La gente de la zona se peleaba por ser los beneficiados del huerto de Ricardo. Muchos de ellos le habían regalos a cambio de la fruta que él le daba y él intentaba que nadie quedara descontento. Estaba orgulloso de que su fruta fuera tan popular y cada año intentaba que las personas quedaran conformes con el reparto de la misma.

Un invierno le pasó un acontecimiento que cambiaria su vida para siempre, en especial su  percepción de la comida, la fruta y su relación con la misma. El primer acontecimiento que marcó todo el rumbo de lo que siguió fue que tanto su limonero como su ciruelo se pusieron pachuchos ese año. Ricardo no pudo determinar bien lo que fue que ocurrió, pero todo parecía indicar que aquella estación no podría cosechar ni limones ni ciruelas. Su desilusión fue inmensa, la única cosa que mantuvo su ánimo intacto fue pensar que el próximo año ya darían fruta como correspondía y que su árbol de mandarinas parecía más fuerte y sano que nunca. Presentía que daría una cantidad de frutos mayor a lo usual.

El primero de una seguidilla de días claves que cambio su vida fue un martes. El fin de semana anterior a aquel había sido de locos. Habían estado acampando en el fondo de su casa una de sus hermanas con sus seis hijos y su marido. Le gustaba la compañía, por un tiempo moderado, como aquella vez. Estaba realmente contento que lo habían venido a visitar, el único detalle era que se habían comido hasta la última de sus provisiones. Se hubieran comido todas las mandarinas de haber podido, pero estas no estaban lo suficiente maduras todavía. El lunes había estado muy cansado para hacer las compras, así que aquel martes cuando empezó el fuerte temporal, Ricardo se encontró encerrado en su casa sin ningún tipo de provisiones.

El vuelto era tan potente que golpeaba con furia todo lo que encontraba a su paso: la casa de Ricardo, su árbol de mandarinas y cualquier cristiano que se animará a salir en aquel clima. Gran parte de la fruta del árbol de mandarinas había caído al piso y a mediados de aquella tarde Ricardo tenía tanta hambre ya que no le importaba que realmente no le gustara aquella fruta o el peligro de ser golpeado por algún objeto volador, tenía que salir a buscar algo para comer.

Llenó un canasto hasta el tope y volvió corriendo a su casa a saciar su apetito. Aquella fruta no le gustaba en lo más mínimo. Las pelusas blancas que se pegaban a los gajos le generaban gran rechazo. El gusto le parecía un poco acido y la consistencia no era de su agrado. Pero tanto era su hambre que esa noche antes de dormir ya se había comido una docena de mandarinas. Entre que estaba lejos de estar satisfecho y que el viento seguía rugiendo con locura, aquella noche le costó muchísimo dormirse, y cuando por fin lo hizo, soñó con mandarinas.

Cuando despertó descubrió con desilusión que el clima no había mejorado en lo más mínimo, es más, había empeorado si era posible. Con aquel viento y lluvia no había chance que intentara caminar muy lejos. Y manejar no era una opción. El hambre le picaba y no le quedó más remedio que ingerir otras cuatro mandarinas aquella mañana. Para su sorpresa descubrió que el gusto comenzaba a agradarle y ya no las encontraba totalmente repulsivas. Comerlas no le significó ni cerca el esfuerzo que había sido para él el día anterior.

Aquella jornada perdió la cuanta de la cantidad de mandarinas que comió. Lo que si sabía es que tuvo que hacer otro viaje bajo la tormenta para traer más a su casa. Cuando se fue a dormir aquella noche se sentía mucho más lleno y a gusto. Otra vez volvió a soñar con mandarinas pero no en un carácter tan perturbador como la noche anterior, sino con un deje mucho más placentero.

El tercer día de temporal ya anunciaba que era el último, pero el viento seguía amenazando con fuerza y era imposible movilizarse. Ricardo continuó con su obligada dieta y se dio cuenta que casi la mitad de la fruta de su árbol ya no estaba. Aquel año presentía que no le iba a regalar nada a nadie. Sus mandarinas estaban muy ricas como para dárselas a otros. Esta vuelta se las quedaría todas para él.

El viernes amaneció tranquilo y todo parecía indicar que Ricardo podrías al fin salir de su casa. Desayuno mandarinas y se fue caminando hasta un almacén cercano. Charlando con el almacenero de lo terrible de la tormenta compró todos los víveres que eran vitales y podía cargar hasta su casa. La sorpresa fue que cuando se proponía a comer el refuerzo que se había armado se dio cuenta que en verdad no tenía ganas de comer aquello y sentía unas ganas locas de comer mandarinas.

Los tres días siguientes lo único que comió fue mandarinas de su árbol. No tenía el más mínimo deseo de comer otro tipo de cosa. Le llamaba un poco la atención su nuevo antojo, pero como se sentía tan bien de salud y su cambio de dieta no parecía afectarlo de forma negativa, siguió sin culpa comiendo mandarinas.

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