Asesino en serie

cuchillos pequeñoLa victima era perfecta, pensaba José aquella noche mientras la miraba por la ventana de la casa de ella. Era rubia y tenía cara de boba. La presa ideal. Antes de llagar allí esa noche se lo había pensado bien aquello. Era su primer victima. Aquel día comenzaba su carrera de asesino serial. Como no quería ser un asesino a secas tenía que elegir un tipo de victimas, para después seguir con el patrón. Sexo: mujeres. Primero porque eran más lindas y segundo porque no era el hombre más corpulento del mundo y cualquier ventaja que pudiera usar a su favor sumaba.

Allí estaba la rubiecita, ignorando que él la observaba, tan pancha, mirando el televisor, inconsciente de que aquellos iban a ser sus últimos minutos con vida. La situación era tan excitante que José a duras penas podía contenerse. Esa iba a ser su primera muerte, un hecho para recordar. Se preguntaba si la chica estaría mirando una película de terror. Quizás más adelante debería desarrollar un modus operandi propio. Como en las películas. Llamar y preguntar: ¿cuál es tu película de terror preferida? Bueno, no exactamente esa frase, porque no tenía nada de original y capaz que hasta lo acusaban de plagio. Mejor lo pensaba más en otro momento y desarrollaba más la idea. Ahora tenía que concentrarse en juntar coraje y enfrentarse a su presa. El modo de ataque sí lo había pensado. Iba a entrar por la ventana del baño que siempre quedaba abierta. Con todo el sigilo del mundo iría hasta el sillón donde ella miraba la película, tomaría uno de los tantos cuchillos que había en la casa y le cortaría la garganta desde atrás.

Así lo hizo. Al comienzo todo marchó bien. Llegó hasta la zona del living sin ningún inconveniente. Cuando estaba allí podía escuchar la música que venía de la tele. No era una película de terror lo que miraba. Era un musical muy bueno. Justo estaba en una escena clave. José se quedó un momento petrificado, pensando que aquella película era excelente. A él le encantaban los musicales, capaz que podía cambiar por ese género en lugar de films de terror. Por culpa de esos pensamientos fue que se distrajo. El paso siguiente tendía que haber sido tomar uno de los numerosos cuchillos que colgaban de una especie de mostrados que había en la casa. El padre de la chica se dedicaba a hacer cuchillos y tenía gran cantidad de ellos. Pero en su distracción se movió con torpeza y no vio el cable de la lámpara que se enganchó en su zapato y al moverse la tiró al piso.

Aquel fue el momento más surreal en la vida de José. El ruido que provocó el artefacto al caerse fue tremendo. La rubia se quedó dura en el sillón por un instante. El asesino amateur también se quedó congelado. Lentamente la chica movió la cabeza y con horror descubrió al hombre que estaba parado detrás de ella. Lo que siguió fue una serie de movimientos descoordinados. José se dio cuenta que todavía estaba desarmado, así que manteniendo los ojos siempre en su presa tomó uno de los cuchillos. La muchacha miró espantada al extraño y su cerebro comenzó a funcionar otra vez. Tenía que salir de allí.

Con una agilidad que José no había anticipado, la rubia saltó por sobre el sillón y salió corriendo del living. Con cuchillo en mano el asesino fue tras ella. Si bien la rapidez mental inicial de la victima hubiera sido inusual en una película de terror llena de clichés, la decisión que tomó a continuación parecía ser de una escena que debe estar sin falta en ese tipo de films. Porque en lugar de ir hacía la puerta y salir corriendo por la calle, se dirigió hacía las escaleras.

La chica era ágil, pero también lo era José. A la altura del descanso en la escalera el asesino agarró una de las piernas de la victima y la tiró al piso. El hombre cayó sobre ella y el chuchillo salió volando. Ambos forcejaron por un rato. La muchacha tenía fuerza y no se iba a dar por vencida tan fácil. De todas formas él era más fuerte que ella. Después de unos minutos logró inmovilizarla y recuperó el cuchillo. Disfrutando de aquel momento, observó la cara de espanto de la joven, apuntó con el arma y se la clavó de lleno en el estomago.

Grande fue la sorpresa de José al descubrir que el arma no se enterraba en el cuerpo de la victima.  Le había dado un golpe fuera en la panza, pero no la había apuñalado. Miró con asombro el chuchillo y descubrió que era de madera. Lo observó detenidamente y vio que era una especie de premio al herrero del año ¡Era el colmo!

Mientras tanto la rubia había recuperado el aire que el golpe le había sacado y aprovechando la distracción de José le dio un fuerte empujón que lo mandó rodando escaleras abajo. Cuanta ironía, que justo en casa de herrero cuchillo de palo. Aquel fue el último pensamiento del asesino frustrado antes de desmayarse.

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