Un monedita para el judas

Supe ser un bello muñeco bebote. De esos que llegan siempre que nace un hermanito menor. Y así, cual combo, cuando aparece en la vida de una niña un bebé de carne y hueso que sólo chilla y come, también aparece uno como yo. De plástico y bien bonito.

Mi primer nombre fue Lupe. Poco le importó a Carolina que yo fuera un varón, como también lo era su nuevo hermano, Carlitos. Para ella yo era Lupe. Y así fue que anduve toda mi vida, transvertido de bebota. Eso si, siempre llevando lo que era el último grito de la moda.

Años más tarde Carolina dejó de ser la regordeta Carito, para convertirse en Caro a secas y ser una larguirucha adolescente llena de granos. Por aquel entonces Carlitos seguía siendo Carlitos, un odioso enano de seis años que pasaba todo el día con sus amiguitos del barrio pensando que travesura hacer.

Por desgracia para mi, yo era el objetivo de muchas de sus picardías. Y ahora que mi queridísima Carolina tenía cosas mejores en que pensar, ya ni contaba con su protección incondicional de antaño. Y así fue que termine siendo nada más y nada menos que una esfera. Una pelota que supo ser cabeza.

Contra todo pronostico y creyendo que finalmente Carlitos se había olvidado de mí, ocurrió la tragedia. Por aquel entonces yo, o sea mi cabeza, había retornado a mi cuerpo, aunque sin algún que otro dedo y muy mugriento. Eran por aquel entonces tiempos navideños. El calor ya había empezado a hacerse notar y por todos lados se veían compradores compulsivos. Y así fue que a Carlitos se le ocurrió la brillante idea.

Estaba en la vereda jugando con sus amiguitos Marquitos y Tomás cuando gritó emocionado “Y ¿sí hacemos un judas?” Por suerte, Marquitos que a sus siete años tenía el peso de un adolescente y la altura de una viejita, era ignorante en aquel tema y fue gracias a él que entendí de qué se trataba aquello. Al parecer el Judas iba a ser nada más y nada menos que yo. Pero esa no era la gracia de la idea de Carlitos. El plan era que ellos se iban a poner a juntar dinero para mí. Aunque en lugar de mi creencia, de que recolectarían plata para ayudarme a poner otra vez en forma, no señor, todo lo contrario. El chiste era pedir monedas para comprar fuegos artificiales, que pasarían a suplantar al polífon que hace las veces de mi estomago y demás órganos.

Una vez que amasaran una buena cantidad, con esa plata comprar lo que pasaría momentáneamente a ser mis órganos internos, hasta que me prendieran fuego y se deleitaran viéndome volar en mil pedazos. Si un muñeco pudiera sudar frío, se podría decir que empecé a sudar frío, pero como en este caso no es posible, me limitare a decir que me pegue un susto considerable.

La campaña empezó aquella misma tarde. Me vi arrastrado por las calles en busca de un buen lugar para que los chicos se instalaran. Terminamos los cuatros sentados junto a la puerta del supermercado, a la espera que generosos clientes con abundante cambio en monedas dispuestos a cederlas a Carlitos y a sus amigos para la horrible causa de volarme en pedacitos.

En un primer momento pensé que la suerte me acompañaría. Por más que los chicos insistieran e insistieran, pocos parecían ser los adultos dispuestos a largar una moneda. A la media hora de decir “¿una monedita para el Judas? y no obtener nada a cambio pensé que los chicos se iban a aburrir y volveríamos a casa, todos sanos y salvos.

Mi esperanza se vio destruida cuando una amable señora y ya entrada en años arruinó mi vida. Al parecer pensó que Carlitos y los otros eran muy monos y les dio unas monedas. Esto motivo la alegría y ambición de los infantes que decidieron quedarse allí más rato.

Al final del día habían juntado ya un considerable montoncito de monedas. No era una fortuna, pero tenían todavía muchos días por delante para recaudar más. Los días fueron pasando. La rutina continuaba y cada día el dinero parecía irse multiplicando. Mi miedo creía de forma proporcional al aumento del capital de los demonios.

Un buen día, los niños parecían más excitados que de costumbre. Hubo algo en mis extrañas de plástico, que pronto serían remplazadas por explosivos, que me dijo que el gran día había llegado. Tengas o no tengas cerebro, sea la tuya una cabeza humana o una esfera de plástico hueca, no hay forma que puedas prepararte psicológicamente para explotar. Lo había estado intentando, porque sabía que aquel era mi destino final, pero no lo conseguía.

No había nada que hacer. De haber tenido un hada azul le hubiera pedido cual Pinocho que me convirtiera en un niño de verdad para salir picando y evitar mi triste destino. Pero por desgracia no soy un personaje animado y no me queda otra que resignarme. Carlitos me tomó de una pata, con el cariño que lo caracterizaba y fuimos a dar mi último paseo como ser entero.

Hamacándome entre los niños nos acercamos al odioso puesto de fuegos artificiales. Este estaba también fuera del super donde los diablitos amasaron su fortuna. Carlitos estaba a punto de desembolsar su dinero y reventarlo todo en pirotecnia, cuando se le ocurrió que ya que tenían suficiente podrían agarrar un poco y comprar un refresco para disfrutar del espectáculo.

La suerte estaba de mi lado. La vida se me alargo al menos unos minutos más. Allí fuimos a buscar el refresco. En el camino pensando por que no comprar también unas papás y unos chocolates. Al llegar otra vez al puesto, la cantidad había mermado considerablemente. Ya no tenía ningún sentido comprar cosas para rellenarme. Realmente no iba a explotar. Lo más probable era que sólo me prendiera fuego y largara un olor horrible, pensaron por suerte los chicos.

De esta forma se salvó mi vida. Los pequeños optaron por comprar algún que otro trackers para tirarle a los pies a las viejas y yo mismo pude disfrutar de ello. Mi vida estaba intacta. Al menos no más destruida que al comienzo de la temporada navideña. Y por lo menos por este año, hasta que fuera otra vez tiempo de Judas.

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