Epifanía de los niños

Belén no había podido dormir en toda la noche. Ni el saber que su osito estaba ahí al lado, ni que su mamá le haya leído dos cuentos antes de acostarse había sido suficiente. Los nervios la tenían inquieta. Se había movido para acá y para allá, pero del sueño, nada. Una bicicleta. Eso era lo que la mantenía despierta. Los reyes de seguro le iban a traer una bici.

Ella había sido una buena niña durante todo el año. Había tomado todo el vascolet como su mamá le decía. Se portaba bien como las maestras le pedían. Cuando su papá la mandaba a dormir temprano, ella obedecía sin poner ningún pero. Belén sabía que se merecía su regalo, y seguro, seguro que los reyes se lo iban a traer.

Por que hasta había sido buena con los camellos de ellos. Antes de irse a la cama eligió el mejor pastito posible y les puso agua fresquita en un tarrito. Ahora lo único que faltaba era despertarse a la mañana siguiente. Por supuesto que su bici iba a estar ahí, al lado de sus zapatitos rosados. Sus preferidos. No podía ser de otra manera.

A las ocho en punto, se levantó. No es que se hubiera despertado recién. Pero sus padres y tíos habían dicho que a esa hora recién se podían levantar. Ella ya llevaba despierta como media hora. Pero estaba atenta mirando el reloj que colgaba de la pared del cuarto. Esperando que la agujita de los minutos finalmente llegar a las doce.

Al parecer sus primos también estaban despiertos, por que cuando Belén saltó de su cama ellos también lo hicieron. Todos corrieron a despertar a sus respectivos padres. Después fueron todos para el living. Y allí, pegadita a los zapatos de la nena estaba la tan deseada bicicleta. Era hermosa. Roja, el segundo color preferido de ella. Tenía un canastito de metal colgando adelante y una parrilla atrás para llevar a algún primo.

De nada sirvió el esfuerzo que hicieron tíos y padres para conseguir que los niños desayunaran. Era día de reyes y todos estaban demasiado contentos con sus chiches nuevos como para a pensar en la chocolatada y pan con manteca. Rápidamente salieron todos despavoridos. El primo mayor para jugar con sus dardos, otro para rellenar su pistola de agua, la prima para maquillarse con su nuevo kit en el espejo y Belén a estrenar su bicicleta.

Estuvo todo el día subida a ella. De allá para acá y de acá para allá. A duras penas lograron hacerla bajar para almorzar y comer la merienda, por supuesto que no hubo forma de hacerla ir a la playa. Por suerte para la nena el día estaba feo y realmente nadie tenía ganas de ir.

De noche, Belén ya estaba rendida. Comió con todos y ya en pijama, antes de irse a dormir le rogó a su mamá si podía dar una vueltita más. Como era reyes no había forma de decir que no. La niña se subió y pedaleo contenta por el patio, sintiendo como el viento le agitaba el pelo y la alegría le inundaba el corazón.

Finalmente se bajó cuando se proponía a guardarla dentro del galpón, donde dormían todas las bicicletas, repentinamente el canastito se desprendió. Belén miró a la bici entre angustiada y sorprendida. Su mamá le dijo que ya lo arreglarían mañana, cosa que pareció conformar a la niña. Pero cuando volvían a la casa miró a su madre indignada y dijo:

-¡Qué porquería que regalan los reyes!

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