La comida de Mariana

¡ADVERTENCIA! Este cuento es la continuación de otro. Sugerimos comenzar la lectura por el Capítulo I:Arpías

Las bolsas me estaban empezando a lastimar las manos mientras me acercaba a la puerta del edificio. La noche cerrada y sin luna me protegía. La adrenalina y el miedo a ser descubierta me hacían caminar deprisa, casi que corretear, mientras mis botas bajas de tacón resonaban en toda la cuadra silenciosa.

Debido a que las bolsas no tenían asas, había tenido que crear unas improvisadas, lo cual era todo un desafío, ya que estaban casi llenas a tope. Era un consuelo pensar que por lo menos hacían juego con mi vestido corto de cuero rojo. Debía de parecer una loca, o una criminal, o las dos cosas juntas así vestida, con la bolsa y mis pelos al máximo de despeine posible. Pero nadie podría decir jamás que fuera una infractora de mente sin estilo.

Aquel era el momento de la verdad. El patio podía llegar a ser un territorio minado. Era de vital importancia que nadie me viera entrar. No quería que me viera ningún vecino, ya que no tendría forma de explicar lo que estaba haciendo sin que piensen que estoy loca o sospechen que tengo algo raro. Y mis hermanas ya me lo habían advertido hace un tiempo, si volvía a recaer en aquel hábito nos expondría a todas y no me dejarían vivir más con ellas.

Me concentré en escuchar. Todo parecía estar tranquilo y en silencio. Igual era consciente de que no tenía forma de saber si había alguien en el patio interno del edificio hasta que cruzara la primera puerta de vidrio, atravesara el descansillo en donde estaban los buzones y que daba al apartamento de Margot y llegara al corredor que daba al patio.

Sabía que mis chances de lograr llegar a casa sin cruzarme con un alma eran muy pocas. Las manos me temblaban y eso junto al sudor hacía que las bolsas se me resbalaran un poco. Tampoco iba a ser muy beneficioso que alguien me encontrara allí, actuando de manera sospechosa y cargando con dos bolsas negras en las manos. Tenía que hacer algo.

Así que moviéndome de forma sigilosa, me acerqué al lugar clave, el corredor que conectaba el hall con el patio. Reinaba una absoluto silencio en el edificio y no parecía que hubiera nadie por allí cerca. Por lo tanto continué avanzando con cuidado por el estrecho pasillo, hasta que llegué al final del mismo. Más silencio. Agarre impulso, apreté las bolsas y me propuse cruzar el patio corriendo, todo de un tirón.

–¡Titanic! –gritó Gastón justo cuando yo había comenzado a atravesar el patio.

Su grito me paralizó y cometí el error de quedarme clavada donde estaba. Si hubiera seguido mi camino, quizás nadie hubiera detectado mi presencia. Observando a golpe de vista el patio y conociendo a los habitantes del edificio, podía adivinar a la perfección que había estado pasando hasta que yo hice mi gran entrada.

Lo podía recrear todo en mi mente. Primero habían salido Clara y Rafael, de forma premeditada, se cruzaron de “casualidad” y decidieron tomar juntos una cerveza en el patio. Supuse que el siguiente en unirse había sido Bruno, que motivado por los celos, se unió a ellos. Después seguro que se acopló Gastón, para controlar a su compañero y tenía claro que mis hermanas iban siempre detrás del semental. La salida de Margot probablemente fuera el detonante para que todos comenzaran a jugar al dígalo con mímica.

Y tan concentrados habían estado compitiendo que estoy segura que en un primer momento ni me vieron. Haberme petrificado fue mi gran error. Quedarme allí parada, con las bolsas en mano y cara de ciervo asustado me dejó en evidencia. Ahora estaban todos más callados que antes y me miraban con cara de sorpresa. Las bolsas me pesaban mucho, debía tener el cuerpo bañado en sudor y aquello sólo iba a peor.

–Mariana, querida, ¿cómo estás? –dijo Margot sacándonos del trance en el que habíamos caído.

–Estoy muy bien, gracias Margot, sigan su juego tranquilos. Subo a casa –dije intentando alejarme de allí lo más rápido posible. Pero con el apuro me descuidé y no me di cuenta de que una de las bolsas se me había enganchado en un espira del rosal que había allí, al girar con rapidez, el plástico negro se rajó.

El momento que siguió fue espantoso. La parte inferior de la bolsa se desprendió y su contenido salió disparado. Una manzana mordida se escapó del montón y fue rodando hasta los pies de Rafael que la tomó y miró extrañado, observando con especial interés el lado mordido.

–Mari, creo que se te cayó la manzana que estabas comiendo –dijo mi vecino avanzando en mi dirección.

Mis hermanas se miraron con complicidad y se acercaron a mi antes de que Rafael pudiera hacerlo y ver el tipo de comida que llevaba dentro de la bolsa. Por suerte estaba lo bastante oscuro en el patio como para que nadie lo distinguiera con claridad.

–Gracias Rafa, yo se la doy –María Paula se había puesto muy rápido en acción y sacandole de la mano la manzana, entre ella y María Agustina le bloquearon el paso.

–El tema es que a Mariana le gusta ir a buscar comida a las ferias y mercados que la van a tirar y cocinar con esos restos platos para una hogar de niños. Pero a veces no se puede aguantar y se come algo de lo que le dan, ¿verdad? –mintió María Paula mientras improvisaba un cierre para la bolsa y la volvía a llenar con la comida que se había caído.

–Claro que sí –dije comenzando a reaccionar y me ponía a ayudar a mis hermanas a recoger toda la comida casi podrida que estaba desperdigada por el suelo –Es que me encantan las manzanas y no me pude resistir.

Antes de que nadie tuviera oportunidad de darnos una mano juntando y ver el estado real en el que estaba aquella comida, mis hermanas y yo ya estábamos escaleras arriba, saludando con la mano a nuestros vecinos que intentaba procesar lo que acababa de pasar.

–Pau, puedo explicarlo –dije una vez que estuvimos las tres dentro de la cocina de nuestra casa.

–Mari, mi vida –dijo mi hermana tomando mi cara entre sus manos –No hay nada que explicar. Somos arpías. Robarle comida a la gente y dejar que se pudra es parte de lo que nuestra naturaleza nos dicta hacer. Es un instinto natural que hay que reprimir. Vamos a ir a un grupo que te ayude con tu adicción. Sé que en el pasado fui dura contigo por esto, pero lo estás haciendo tan bien nena. Todos tenemos derecho a un tropezón. Sólo espero que los otros se crean nuestra historia.

Me alegraba que mi hermana hubiera reaccionado de aquella manera. Ella conocía tan bien como yo la urgencia que podía sentir una arpía de ir detrás de la comida de otras personas. Algo irracional, que sabíamos que era malo, pero que no podíamos evitar. Una peligrosa obsesión.

Si queríamos seguir viviendo en aquel edificio con tranquilidad, iba a tener que buscar ayuda y lograr que lo que había pasado aquel día no se repitiera nunca más. Me acerqué a la ventana y desde allí pude ver a Gastón que miraba con atención los restos de comida que había quedado atrás. Levantó la cabeza y me miró de forma extraña. Lo saludé con la mano y rogué para mis adentros que no se hubiera dado cuenta de nada.

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