El concierto de Manuel

¡ADVERTENCIA! Este cuento es la continuación de otro. Sugerimos comenzar la lectura por el Capítulo I:Arpías

La guitarra dejó escapar aquel sonido gruñón que indicaba que estaba despertando. Me encantaba ese momento, cuando todavía no habíamos empezado a tocar, pero ya ubicados en el lugar, afinando los instrumentos y preparándonos para hacer lo nuestro. Era cuando la magia se empezaba a generar. El resto pasaba tan rápido que casi ni me enteraba. El momento previo era el que más disfrutaba.

El bar de las hermanas cachondas estaba aquella noche en su máximo esplendor. Lleno hasta las puertas, cada mesa ocupada con una gran diversidad de clientes, que tomaban cerveza u otras bebidas espirituosas mientras reían, conversaban y se lo pasaban bien. Los habitantes de nuestro edificio formaban gran parte de la audiencia. Allí estaba las tres hermanas, que mientras las dos mayores se dedicaban a ir de aquí para allá atendiendo a los clientes, Mariana se cobijaba detrás de la barra y se dedicaba a llevar la caja.

Como buena matrona que era, Margot se había acomodado en una gran mesa justo delante del escenario, en el medio del bar. A su derecha estaban Clara, Rodrigo y Gastón, que hablaban animadamente, aunque no se me escapaba que mi amiga bruja no dejaba de mirar al otro lado de la casera, donde con menos ánimo también conversaban Sebastián, Sandra y Rafael. Para sorpresa de todos, al parecer Bruno se había conseguido una novia y se hacían mimos en un rincón.

Hacía una temperatura infernal dentro de aquel local. Entre el calor humano y las luces que me daban de lleno en la cabeza, me estaba derritiendo. Llevaba una camiseta negra pegada por completo a mi torso a causa de la transpiración. Por suerte Mariana se acercó trayéndome una botella de agua y me dedicó una sonrisa alentadora. De las tres hermanas era quien mejor me caía y la única que se reía de mis chistes malos.

El baterista comenzó a golpear los platillos con las baquetas, señal que era momento de comenzar a hacer música. La primera canción que canté era mi favorita. La había escrito yo mismo. Era la historia de una abeja, que quería sacar polen de una hermosa flor, pero que no podía llegar hasta ella por culpa de otra flor colgante que siempre se interponía entre ellos con la ayuda del viento.

No se necesita mucho para saber de que era metáfora mi canción. A pesar del poco tiempo que hacía que conocía a Clara, ella se había ganado un lugar muy importante en mi corazón y presentía que cada vez seríamos más amigos. Lo que le estaba pasando con Rafael era tan evidente que hasta afectaba mis momentos de inspiración.

En aquel mismo instante la realidad era un reflejo exacto de mi canción. Sabía que Clara era fuerte y ponía su mejor cara de poquér. Pero no debía ser fácil, estando allí sentada, en frente a Sandra que no paraba de tocar el brazo de Rafael de forma descuidada, pero para mis ojos de lobo, no pasaba desapercibido la intencionalidad de sus acciones.

En el patio de nuestro edificio era igual. Cada vez que Clara y Rafael comenzaban acercarse y parecía que iba a pasar algo entre ellos, Sandra aparecía misteriosamente de la nada para hacerle algún tipo de consulta al modisto e interrumpir con cualquier tipo de pretexto.

Estaba tan concentrado en mi canción y pensando en Clara, que no me di cuenta en un primer momento que algo raro había empezado a suceder con mi cuerpo. Era una sensación extraña y cosquilleante sobre mi piel, que al comienzo ni llamó mi atención. Fue cuando vi el horror en los ojos de Clara y el gesto de sorpresa en la cara de los demás que entendí que algo extraño estaba sucediendo conmigo.

Era mi pelo. Estaba creciendo por todo mi cuerpo a una velocidad vertiginosa y muy sospechosa. La evidencia de lo inusual del comportamiento de mi se reflejaba más que nada en mis brazos y en mi cara, que eran los que estaban más expuestos y se iban poblando a un ritmo alarmante.

Mi mirada se fijó más que nada en Clara que se había puesto de pie como un resorte y parecía no saber muy bien que hacer. Verla me hizo caer en cuanta de que lo que estaba pasando era consecuencia de no haber de no haber hecho caso a mi amiga y no beber el brebaje que ella me había preparado. A pesar del altercado y ser consciente de la gravedad de lo que me estaba pasando, seguí tocando la guitarra como un automata. Pero sabía que la situación no se podía sostener mucho más y debía hacer algo, sólo que no tenía muy claro lo qué.

Quien reaccionó a una velocidad sorprendente y actuó de una forma en extremo cooperativa fue Mariana. Aprovechando que todos los ojos estaban sobre mí, rocío la barra del bar con algún alcohol blanco, para acto seguido encenderlo con un mechero y comenzar a gritar, “fuego, fuego”.

Su estrategia de distracción funcionó de maravilla. Todo el mundo se dispersó al instante, algunos corrieron a ayudar, otros sólo huyeron a ponerse a salvo. Ese impas me dio la oportunidad de bajarme del escenario y acercarme a Clara, quien me dio unas píldoras mágicas que volvieron mis cabellos a la normalidad en un momento.

El incendio que había ocasionado Mariana fue el justo para darme la ventana suficiente para solucionar mi tema capilar. Con la ayuda de sus hermanas y nuestros vecinos, la situación estuvo pronto bajo control, sin que el local se llenara de humo o inhabilitara la continuidad de nuestro espectáculo.

Cuando volví al escenario y me puse a tocar otra vez, me crucé con una guiñada y la mirada picara de Mariana, a la que correspondí con una sonrisa encantadora. También me miraban un montón de ojos escrutadores, que se preguntarían de dónde había salido tanto pelo en tan poco tiempo. A ellos si que no sabía muy bien como responder, así que me limité a seguir con mi canto, orando por dentro que todas sus preguntas se hubieran disipado con aquel misterioso fuego.

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