Danza de la lluvia

rio pequeEl calor era insoportable aquel invierno. El calentamiento global había adquirido un nuevo significado para los habitantes de Río aquel año. Era julio y aquellas temperaturas eran totalmente inusuales para esa época del año. La humedad era tan densa que costaba respirar. La gente ya no sabía que más inventar para convivir con el calor. En la calle, en la tele y en la radio de lo único que se hablaba era de aquel inusual fenómeno climático.

Mientras a lo largo y ancha de la ciudad la gente estaba asombrada, en una choza, en la cima de un morro, Doña Ana estaba contenta. No había nada en el mundo que la vieja octogenaria odiara más que la lluvia. La detestaba desde lo más profundo de su ser. Y su mala suerte la había hecho nacer en aquel lugar, tan propenso a las precipitaciones. Cualquiera diría que si se odia tanto una característica tan usual de un lugar, uno debería mudarse. Pero Doña Ana amaba demasiado Río como para considerar siquiera la idea de irse de allí.

Tampoco estaba dispuesta a quedarse de brazos cruzados mientras año tras año las lluvias arruinaban su vida. De pequeña siempre le decían que ella tenía un don especial para la magia. Su madre se dedicó en vida a tirar los buzios y su hija había seguido sus pasos. Lo cierto era que no se tomaba su profesión con mucha seriedad. Su madre le había enseñado todo lo que sabía de aquel arte: como conectarse con otro plano, a leer los mensajes que arrojaban los caracoles y a predecir el futuro. Pero también le había enseñado a desarrollar una percepción fuera de lo normal. A leer en las actitudes y los gestos de las personas cosas que ni ellas mismas sabían. Y que palabras querían escuchar.

Un buen día, hace unos cuantos años, había decidido que era de utilizar sus supuestas habilidades para fines propios. Sabía que las cuestiones de la naturaleza poco tenían que ver con la lectura del futuro que ella realizaba, pero bueno, si era mágica para algunas cosas ¿por qué no podía ser para todo? Durante largos periodos de tiempo había intentado todo tipo de experimentos. Hechizos, invocaciones, conjuros. Todo lo que se le ocurría y otras cosas que había encontrado en libros más antiguos. Nada parecía dar resultado. Estación tras estación Río seguía siendo la misma ciudad lluviosa que ella conocía desde pequeña- La paciencia se le estaba acabando y cuando comenzó aquel años se dijo a si misma que esta sería la última vez.

Empezó el año entusiasmada. Con sacrificios y plegarias de lo más extraordinarias. Mantuvo su energía siempre arriba y su esfuerzo al máximo. La primera quincena de enero vino y se fue y nada de lluvias. La alegría de Doña Ana era inmensa. Su duro trabajo estaba empezando a dar frutos. Todo enero pensó que quizás la falta de agua fuera pura casualidad, pero cuando marzo hizo su aparición la emoción ya no cabía dentro de su pecho.

En abril ya no se hablaba de otra cosa que no fuera la gran sequía. Aquello era de lo más inusual. Las pérdidas económicas que estaba ocasionando ese extraño fenómeno eran enormes. Si la cosas continuaba así pronto iba a tener que declarar situación de emergencia y tomar medidas extremas. En las calles la gente rezongaba y todo el mundo se preguntaba cuanto más iba a durar aquello.

Calentamiento global y fin del mundo eran expresiones muy usadas por aquel entonces. Doña Ana pensaba que era probable que tuvieran razón. Dudaba que sus poderes sobrenaturales fueran tan fuertes como para evitar que lloviera por tanto tiempo. Le daba la razón a todo aquel que creyera que era debido a la estupidez humana y a todo lo que habían jugado con la naturaleza. O aquel que creyera muy probable que el diablo se hubiera cansado de vivir en el sótano y hubiera decidido traer el infierno a la tierra.

Lo que era por ella estaba feliz. Chocha de la vida. Gozando del calor, el piso seco, de la humedad. A doña Ana le encantaba el calor húmedo. No tenía reuma ni ningún tipo de enfermedad que el clima como aquel afectara. Si fuera por ella no llovería nunca más en la ciudad. Pero como no creía tener ese tipo de control, disfrutaba de cada día libre de lluvia como si fuera el último.

Probablemente doña Ana fuera la única persona en Río que estuviera disfrutando de aquella mitad del año, porque llegó junio y las lluvias brillaban por su ausencia. La humedad era insoportable. La ropa se pegaba al cuerpo de las personas y los aires acondicionados no daban abasto. El cemento parecía adherirse a los pies de las personas y el aire era poco más que irrespirable. Nadie estaba contento y se consideraba un milagro que las peleas no fueran más frecuentes.

Algo se tenía que hacer. No importaba que. Por todos lados se escuchaban ideas de cómo poner un fin a aquel extraño acontecimiento. Pedirle a los chinos la receta para hacer lluvia. Seguro que ellos la sabían. Calentar más todavía el ambiente, para así el cielo estallara de una vez y liberara toda el agua acumulada. Nadie se ponía de acuerdo. Unos recurrían a la religión, a macumbas y brujerías. Rezo, plegarias y cálculos matemáticos se escuchaban por todos lados. Nada daba resultado.

Hasta que al final a una profesora de zamba se le ocurrió una idea genial. Sus ancestros, en épocas muy lejanas habían ideado un baile, una danza rogándole a los dioses, pidiendo al cielo que dejara caer la lluvia y bañar a los campos y ciudades. Que el agua volviera a sus causes y que la vida continuara fluyendo. Era un baile exótico que ella misma no practicaba hace años, pero eran momentos desesperados, valía la pena probar cualquier cosa.

La gente estaba dispuesta a probar cualquier cosa a esa altura del calor. Así que fueron muchos los profesores de otras escuelas que aceptaron a llevar su idea a cabo. Se juntaron entre todos y la dueña de la idea les enseñó al resto la coreografía y estos se la enseñaron a sus alumnos. Entre los entusiastas que realmente creían que esa danza lograría que lloviera y los aburridos que solo participar en algo nuevo se congregó una pequeña multitud. Aquel baile se llevaría adelante en una gran plaza, tuviera el resultado que tuviera.

Desde la cima del morro Doña Ana observaba como jóvenes y viejos se iban juntando en la plaza. Divertida se reía de la gente y pensaba que las chances de que aquello funcionara eran tantas como que ella misma hubiera sido responsable de la sequía. Sería toda una experiencia observar como todas aquellas personas suplicaban al cielo por un poco de agua.

Con los profesores al frente, la muchedumbre se apiló en la plaza. Tambores y otros instrumentos también estaban presentes. Todos sabían los pasos, así como los gritos tribales. Pronto la masa comenzó a moverse al ritmo de la música. Los cuerpos sudaban  y las gargantas clamaban por un poco de lluvia. Los pies golpeaban el piso con fuerza y las palmas chasqueaban contra los cuerpos transpirados. Jóvenes y viejos, hombres y mujeres, bailarines expertos y amateurs llevaban acabo aquel baile infernal.

Nubes negras comenzaron a formarse en el firmamento. Doña Ana observaba alternadamente el cielo que empezaba a encapotarse y el ruido que metía la gente que bailaba en la plaza. ¡No podía ser cierto! ¡No podía estar por largarse a llover! Tal vez la culpa del clima de Río fuera del maldito carnaval. Quizás era por tanto canto y baile que la lluvia caía tan seguido.

Después de veinte minutos de danza la lluvia empezó a caer con fuerza, con el entusiasmo de haberse reprimido por tanto tiempo. En la plaza la gente seguía bailando bajo el agua, disfrutando de la frescura que esta había traído. ¡Aquello no era justo! Pensaba doña Ana enojada. Todo era culpa del carnaval. Si Río suena, agua trae. Aquella tarde había vuelto a sonar, provocando esa enorme precipitación. Tal vez la receta el próximo años era evitar el carnaval. Ya lo intentaría.

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