El olor de Margot

¡ADVERTENCIA! Este cuento es la continuación de otro. Sugerimos comenzar la lectura por el Capítulo I:Arpías

Eran de esos días en los que olía horrible. Ya estaba acostumbrada y no me molestaba en lo más mínimo. Para mi oler como una sardina era algo sin importancia y llegaba el punto en el que casi ni lo notaba. Me pasaba una vez al mes desde hacía ya muchos años. Era parte de mi ciclo natural. Oler mal ciertos días estaba en mi naturaleza.

También es verdad que cuando me ocurría aquello utilizaba una estrategia especial para reprimir mi aroma a bacalao, más que nada para que éste no me impidiera relacionarme con el resto del mundo en mis días “oceánicos” como me gustaba llamarlos. Eran dos días de mal olor que disimulaba tomando unas prácticas pastillas que me ayudaban a reprimir el hedor.

El inconveniente era que aquel mes mi proveedor se había tenido que marchar de la ciudad de forma repentina, dejándome sin mi dosis recomendada y mi tufito a salmón crudo. En cualquier otra circunstancia mi situación no hubiera representado un problema. Sólo hubiera tenido que fingir algún tipo de enfermedad o dolencia y me quedaba en casa encerrada tan tranquila.

Mientras me enfundaba en mi vestido amarillo, naranja y verde que tan bien me quedaba, pensaba que todavía estaba a tiempo de cancelar la cena. Aunque siendo sincera ya no había marcha atrás. Mariana había empezado a preparar la comida hacía ya cuatro días, para hacer no sé qué salsa que requería un tiempo determinado de “marinación” o algo así. No podía dejarla sin cena. A modo de espectáculo Bruno y Manuel habían musicalizado uno de los poemas del vampiro y habiéndolos visto ensayar con tantas ganas, también era injusto para ellos no realizar la comida.

Ya a mi edad ya no hay nada que ocultar. Con mis buenos años, mi maquillaje teatral, mi cabello color canario y mi pestilencia, decidí seguir adelante con el banquete. Cual última cena estábamos todas allí sentado. Yo en el medio me imponía con mi presencia olorosa y aprovechaba que estaban todos a mi alcance para observarlos con detenimiento.

Temía por nuestra preciosa paz. Aquí y allá unos y otros habían ido dejando pistas que revelaban su auténtica naturaleza. En una punta de mi mesa Sandra y Sebastián charlaban con tranquilidad. Se los veía muy bien juntos, al hada y el leprachum. Él había ocultado sus tijeras, o sea que era consciente de la magia que había en ellas. Y Sandra era consciente de que Seba tenía lo que hacía falta para ocultarlas, además de tener una cara de dios griego y un temple de acero para ocultar su desagrado ante mi mal olor. El hada no era tan buena ocultándolo y mantenía su nariz resguarda discretamente detrás de su servilleta.

Así como estaba claro que esos dos querían ocultar su secreto, también lo hacía la otra parejita modelo del edificio. El escándalo de la clienta de Rafael había hecho mella en él que se sentaba en la punta opuesta de Clara, simulando que le importaba lo que Pau y Magu hablaban mientras evitaba mirar lo que frente a él Rodrigo y Gastón discutían disimuladamente con la bruja. Mientras que las hermanas nos tenían problemas con mi olor, era la ventaja con la que contaban por ser arpías, el modisto ni disimulaba, su cara de desagrado, ya fuera por mi o la situación era evidente.

A mí tampoco me gustaba que los otros tres estuvieran tan concentrados cuchicheando. Gastón, por su olfato megadesarrollado de vampiro, era quien peor lo llevaba, pero lo que tenía para decirle a los otros dos parecía más fuerte que cualquier cosa. No se me escapó ni el movimiento raro que Rodrigo hizo con su nariz para alterar vaya uno a saber qué cosa, ni que las manos de la bruja estaban debajo de la mesa, cocinando algo.

Cortando un poco el aire solemne que le intentaba dar a mi noche, con mis cubiertos de plata, mi mantel lila fuerte y mis jarras de cristal con rombos naranjas, Manuel como siempre payaseaba y desde que había comenzado la velada nos amenazaba con que Bruno, Mariana y él pronto comenzarían su número musical. La tradición dice que un hombre lobo jamás se podría llevar bien con un vampiro, pero aquellos dos habían encontrado la clave. Quizás era que no supieran el secreto del otro, pero en aquellos momentos nada parecía molestarlos y hacían gárgaras de cerveza afinando sus gargantas. El vampiro hacía su mejor esfuerzo, pero era obvio que mi olor lo estaba matando.

En el mismo momento en el que Clara pareció terminar lo que se traía literalmente entre manos, Manuel había tomado su vaso en la mano y golpeándolo con un tenedor demandaba la atención de todos. Mientras, Mariana y Bruno se miraban en complicidad y entre risas, listos para acompañar en su número musical al licántropo. Finalmente, Clara sacó un salero de debajo de la mesa, lo olió y lo pasó al resto para que la imitaran. Algunos lo hicieron por inercia y no les cambió nada. Otros se mostraron muy aliviados y sorprendidos, en el momento que yo misma lo olía y descubría que era un potente hechizo bloqueador de olores, Clara le insistía al resto que prestara atención al trío musical.

El golpeteo del vaso continuaba, ya que no era sólo para anunciar el comienzo del show, sino que parte del mismo. Bruno acompañaba con golpes en la mesa y Mariana acompañaba batiendo las palmas mientras los tres entonaban una divertida canción acerca de lo bello que era vivir en la casa de Margot. No lo hacían del todo mal, su naturaleza más sincera hubiera sido aullar a la luna, chillar fuertemente en la cara de un hombre antes de robarle su comida, y bueno, en el caso de Bruno, no lo tenía muy definido.

Pero aquella no era una opción. El resto de los comensales empezó a cantar con el improvisado grupo musical y pronto estábamos sumergidos en un barullo insoportable, pero al menos libres de olor nauseabundo. Sabía que todos sospechaban que había algo que olía mal en aquel edificio, además de yo misma en aquel mismo momento. Temporalmente todos parecían preferir guardar sus propios secretos y mira para otro lado. Era probable que Clara supiera cual era el mío y se lo guardaba. En aquel instante, mientras reíamos y cantábamos, se me cruzó por la mente todo lo que en verdad callábamos, y no puede evitar preguntarme, ¿cuánto más duraría aquella paz?

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