La oreja de Rodrigo

¡ADVERTENCIA! Este cuento es la continuación de otro. Sugerimos comenzar la lectura por el Capítulo I:Arpías

Intenté cubrirme con el pelo el hueco que tenía al costado de la cara. Por desgracia no lo tenía lo suficientemente largo y el espejo me devolvió con crueldad la cara de un hombre con un parche y una sola oreja. Era lo que era, no pasaba nada, estaba acostumbrado a verme así. El tema era si los otros también lo verían como algo normal.

–Una buena opción sería hacerte crecer un poco el pelo, así te tapa justo ahí –dijo Clara poniéndose de pie detrás de mí y mirándome por el espejo.

–Claro, porque nadie se va a dar cuenta de que me creció el pelo mágicamente de un día para otro –dije con sarcasmo.

–Estoy intentando ayudar –dijo Clara mirando su teléfono por quinta vez –Ninguna novedad de Gastón. Te dije que era una mala idea poner tu oreja ahí.

–Quizás esto me ayude –dije calzándome un gorro de lana rojo sobre la cabeza –Y Gastón ya va a aparecer, no va a tener problema para recuperar mi oreja.

–¿No podés escucharlo? –preguntó Clara caminando nerviosa por la habitación –¿Qué pasa si no logras recuperarla?

–Estoy demasiado lejos de ella para poder escuchar nada –dije sacándome el gorro que me estaba dando picazón y tomando las manos de Clara la obligue a sentarse en el sillón –Pero puedo sentir las partes de mi cuerpo, si siguiera la señal que me manda, la encontraría. En el caso de que alguien no la haya destruido antes, claro.

–Nunca nos deberíamos haber arriesgado tanto –dijo Clara frustrada –Es la última vez que le hacemos caso a Gastón.

–Clara, sabés que si llegamos tan lejos como lo hemos hecho…–No pude terminar la frase porque la puerta se abrió de golpe. Clara giró la cabeza y la expresión de alivio le duro poco y cambió en seguida por una de alerta.

Porque quien entró por la puerta no era Gastón como ella esperaba, sino que Mariana, seguida de Manuel que cargaba unas pesadas bolsas. Casi sin pensarlo salté del sillón y me encascoté aquel caluroso gorro en la cabeza.

–No puedo creer que nos hayamos dejados justo el azúcar –dijo Mariana que no paraba de repasar una lista que llevaba en su mano –¿Cómo pudimos distraernos así?

–No sé por qué tanto lío, volvemos al súper y compramos –dijo Manuel dejando las bolsas de la compra sobre la mesa del living y sentándose en el sillón, junto a Clara –¿Qué tal chicos?

Nos costó un segundo entender que nos estaba hablando a nosotros. Yo me había quedado parado junto al espejo y ahora que tenía el gorro puesto la situación no era tan grave. Nadie podía ver el hueco que había al costado de mi cabeza. El tema es que estaba seguro de que ni Clara ni yo estábamos actuando de forma normal.

–¿Qué les pasa? –preguntó Mariana mirándome con especial atención a mí.

–Nada, nada –dije saliendo del comedor y yendo a la cocina a buscar mi tarro de azúcar –Acá tenés. Es toda la que tengo. Espero que sea suficiente.

Había demorado demasiado en reaccionar. Le di el frasco a Mariana que lo tomó mirándome con desconfianza. Manuel nos miraba a todos con bastante indiferencia, pero la hermana arpía no iba a dejar pasar aquello. Cuando comenzó a acercarse con lentitud temí que algo malo fuera a pasar.

–¿Por qué tenés puesto un gorro de lana en pleno verano? –dijo la chica continuando su camino hacia mí.

–Sí, ¿qué pasa Rodrigo? –preguntó Manuel, aunque era evidente que no le importaba mucho, había sacado un paquete de papitas de la bolsa de la compra y mascaba sin disimulo –¿Te hiciste algo en el pelo y te quedó horrible?

–¿Qué te hiciste? –preguntó Mariana entusiasmada –¡Quiero ver!

Miré a Clara asustado. Las cosas se habían salido de control muy rápido. No podía permitir que Mariana y Manuel vieran el hueco en mi cabeza. Quería volver a poner mi oreja donde tocaba, así que no quería inventarme un accidente. Pronto escuché otro ruido que no venía de la oreja que tenía pegada a la cabeza, sino que procedía de otro lado.

–Tengo todo bajo control, estoy llegando –la voz de Gastón llegaba directo a mi cerebro por medio de la oreja que tenía despegada.

–No se hizo nada en el pelo –dijo Clara poniéndose de pie y tomando el brazo de Mariana antes de que ella pudiera sacarme el gorro.

–¿Qué le pasa a ustedes dos? –preguntó la chica cruzando una mirada llena de sospechas con Manuel.

–¡Hola chicos! ¿Qué hacen todos acá? –Gastón cortó la tensión entrando en mi casa como un torbellino de energía. De reojo pude ver que Clara suspiraba aliviada –¿Qué dice Rodrigo? –Gastón me tomó de la cabeza y con un golpe certero puso mi oreja donde iba y me sacó el gorro agitándome el pelo –Hace mucho calor para que tengas esto en la cabeza.

–¡Ah! No te hiciste nada raro –dijo Mariana desilusionada y con el frasco de azúcar en una mano, tiró de Manuel con el otro brazo para que se parara –Vamos Manuel, hagamos esa torta. Están todos invitados a probarla en mi casa a las siete.

Una vez que Mariana y Manuel se fueron, nos sentamos todos en los sillones y aliviados comenzamos a reír. Había sido un sido de muchos nervios, y la situación con nuestros vecinos fue la frutilla de la torta.

–Gastón, lo de hoy fue muy peligroso –dijo Clara con seriedad secándose las lágrimas –La próxima vez podríamos terminar perdiendo mucho más que la oreja de Rodrigo.

–Estamos demasiado cerca, Clara. Todo el esfuerzo que hicimos no puede quedar en la nada.

–Lo sé, lo sé, lo tengo muy claro –dijo Clara mirándonos a los dos con mucha intensidad –Lo único que pido es que por favor, no nos arrisquemos más de la cuenta.

Nos miramos todos resignados. Siempre intentábamos cuidarnos lo mejor que podíamos. Pero no teníamos garantía de nada, nos habíamos embarcado en una empresa muy arriesgada. Sólo podíamos hacerlo lo mejor que nos saliera y esperar que todo resultara bien. Ante todo debíamos proteger nuestras identidades. Fuera y dentro del edificio.

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