Campeones

Copa pequeñaEl encuentro deportivo había terminado con un contador favorable para mi apreciado equipo. Habíamos sido el conjunto favorito toda la temporada, todo el mundo auguraba grandes resultados para nosotros. Teníamos una táctica pulida, los jugadores más expertos con un inmenso potencial físico y a nuestro entrenador, el mejor estratega. El pitido final del arbitro nos había declarado victoriosos, el ferviente aplauso del público nos emocionaba y nos llenaba de alegría.

La final nos había tocado disputarla como locales, por lo tanto fue entre el jubilo y entusiasmo general, que el alcalde se acercó a ofrecernos una botella de champagne de dimensiones extraordinarias, para de esta forma dar comienzo oficial de nuestra celebración.

Al capitán del equipo se le ofreció el inmenso honor de descorchar la botella espumeante, mientras en las gradas la gente seguía correando “viva los Chanchos, vivan los Chanchos, no hay mejores en el campo”. Y siendo yo el máximo goleador del partido, se me cedieron la posibilidad de ser yo quien bebiera el primer sobro de la botella, oferta que acepté encantado.

Entre la multitud emocionada distinguí una hermosa chica de cabellos rojizos. Era una de las mujeres más hermosas que había visto en mi vida, todo en ella era absoluta perfección. Desde su nariz respingada, pasando por sus pecas delicadas y sonrisa luminosa. Aún moviendome al son de mis compañeros, en el medio del campo y acompañando los aplausos de la multitud, le dediqué mi sonrisa más seductora y una guiñada cómplice.

Una vez abandonamos el campo de fútbol, comenzamos a marchar de forma tradicional por la calle principal del pueblo. Hombres y mujeres de todas las edades nos acompañaban en nuestro desfile y nos iban regalando vasos de cervezas que uno tras otro íbamos bebiendo. La chica hermosa acompañaba el desfile y yo no la perdía de vista.

Cuando llegamos a la plaza central, ya iba por mi quinta cerveza. Los cantos y gritos de la gente nos seguían a todos lados. Me hervía la sangre de emoción y la alegría era contagiosa. La chica pelirroja también festejaba entre la multitud y de a rato en rato me miraba.

La luz de la plaza parecía ser más brillante de lo normal y todo tenía un aire mágico. Los murmullos subían de tono y se convertían en gritos de felicidad. Seis, siete, ocho, había perdido la cuenta de las cervezas que me había tomado. La noche recién empezaba.

El pub nos recibió con mucho ruido. Gente gritando, gente cantando. Tenía ganas de reír también, de cantar, de abrazar a mis compañeros. Había que compartir el afecto. Ahí estaba la colorada. Que me miraba. Y yo la miraba a ella también. Alguien abrió el whisky.

Yo me reía, mis compañeros se reían. Pasábamos la botella.  Alguien la agarró de la parte de abajo. La parte de arriba la puso en mi boca. Se le escapó un poco la mano. El vidrio me dio de lleno en el labio. Todos gritaron. Y rieron. Y gritaron. Y rieron. Las luces eran cada vez más intensas.

Miraba a la chica de pelo rojo. ¡Qué linda que era! ¡Qué rojo que era su pelo! Brillaba. Mucho. Toda la luz del bar parecía reflejarse en su pelo. En la mano ella tenía un trago amarillo. Sólo veía a la chica. Me movía y no pesaba. Me acerque a la mujer.

-Tush ojosh, tusho ojosh, shon lindosh -dije con voz sexy.

No me contestó. No me miraba. Creo que no escuchó. Tenía que volver a repetirlo. Había mucho ruido. Sus ojos eran tan lindos. Ella debía saberlo. Era importante que lo escucharla. Había que volver a decirselo. Había que repetirlo. No me miró con sus lindo ojos. Alcohol. En mis ojos. La cara me picaba. La había agarrado del brazo para que me escuchara. Se enojo. Me había tirado lo que tenía en el vaso a la cara. La tenía mojada. Y pegajosa. ¿Qué había pasado?

-No seas mala nena. No ves que está muy borracho. Hoy es su noche de festejo. No hay que tirarle margaritas a los chanchos -dijo la amiga de la pelirroja.

Las dos rieron. Me olvide de lo que estaba haciendo. Creo que había ido a buscar algo para tomar. Un grito. Alguien me pasó un chupito. La noche recién empezaba.

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