Votos matrimoniales

ramo pequeñoAquel día se suponía que tenía que ser el día más feliz en la vida de Carolina. Desde que tenía memoria había soñado con la noche en que se pusiera el espectacular vestido blanco y caminara radiante hacia las manos de su futuro marido. Estaba contenta, sí, eso no podía negarlo. Pero no estaba experimentando la felicidad abrumadora que había anticipado en sus fantasías de niña.

Amaba a Sergio con locura. Sabía que el problema no venía por ese lado. Era un hombre que su imaginación infantil jamás le hubiera permitido proyectar. Tenía todas las características que ella creía vitales en un buen marido. Era cuidadoso con el dinero, ordenado y metódico. Compartía con ella todas las posturas en los temas que eran importantes en la vida, como sobre la religión, la política y el cuidado de la casa. Muchos podían verlos como una pareja aburrida. Para ella era la relación perfecta. Sin ser por algo. Un detalle que le molestaba y no podía descifrar bien que era.

El gran evento se iba a llevar a cabo en una chacra en las afueras de la ciudad. En una habitación cercana a donde se desarrollaría la ceremonia, Carolina se aprontaba para atravesar una de las transformaciones más grandes de su vida. Un paso definitivo que la llevaría de mujer soltera a madre de familia. No podía esperar a adentrarse en esa nueva etapa de su vida. Hacía ya un año que venía planeando el casamiento y esperaba que todo saliera a la perfección, ella había trabajado duro para que así fuera.

El peluquero acomodaba sus cabellos dándole a su cabeza la apariencia perfecta. Había hecho muchas prácticas, hasta que el hombre por fin se inspiró y llegaron a un acuerdo sobre como debía lucir su pelo. Mechón tras mechón todo iba acomodándose en su lugar. Pero la mente de Carolina estaba desordenada. Había en ella una información que se escondía en su subconsciente y que estaba arruinando la noche de su boda. No sabía lo que era, pero le molestaba y no la dejaba ser feliz.

Trataba de no pensar en eso. De disfrutar de los colores y la textura del polvo de maquillaje. De gozar de ver en el espejo la transformación que ocurría cuando le maquilladora iba arreglando su cara. Los tonos en su rostro eran sutiles, casi imperceptibles. Parecía que recién se hubiera levantado, pero con una frescura y juventud inusuales. Era una chica muy discreta y los colores llamativos nunca fueron de su agrado. Se consideraba una joven clásica a quien no le gustaba llamar la atención.

Su vestido parecía de otro planeta, un sueño. Blanco como la nieve, la tela era muy suave y tenía una caída hermosa. El corte era sencillo pero elegante. De más está decir que no era el mamarracho lleno de volados con el que se había visto vestida de niña. Pero aquella imagen que le devolvía el espejo de ella misma enfundada en aquel traje blanco era mucho más refinada y seria. Era una mujer hecha y derecha y pronto una esposa. Una vez vestida los nervios comenzaron a picarle.

Del brazo de su padre entró al salón lleno de invitados. Todo estaba perfecto, tal como ella había indicado. Otras personas no pensarían en si las flores combinaban, o si las sillas estaban perfectamente alineadas en aquel momento. Pero para Carolina los detalles eran relevantes. Que ese día fuera perfecto era vital para ella. Quería disfrutar de su obsesión porque todo estuviera bien, de la boda en general, pero algo la incomodaba. Ese maldito detalle que no la dejaba en paz mientras se dirigía hacia el altar donde la esperaba su futuro marido.

Él no era el problema. Estaba tan hermoso. Ahí, paciente, esperándola, como siempre, con una gran sonrisa en su cara. Su futuro estaba delante de ella. El momento tan esperado había llegado. Su padre la besó en la mejilla y la entregó a Sergio. Ambos compartieron una profunda mirada de amor y entendimiento. Por un segundo Carolina se olvidó de que había algo que le molestaba. Pero el alivio fue solo comentario, porque en seguida la idea de que había una cosa que le molestaba volvió a su mente.

A duras penas pudo concentrarse durante la ceremonia. Ya no podía reprimir su incomodidad. Tenía que acordarse de que era lo que la tenía tan inquieta. Era necesario descifrar que la angustiaba tanto. ¿Qué sería? No lograba poner su dedo en lo que era. Recién se iluminó cuando llegó el momento clave. El cura la miró y preguntó:

-¿Carolina Valiente, acepta a Sergio Cortés como su legitimo esposo, amarlo y respetarlo, de ahora en adelante, en lo prospero, en lo adverso, en la riqueza, en la pobreza, en la enfermedad y en la saluda, hasta que la muerte los separe?

¡Eso era lo que le molestaba! Ahora se iba a convertir en la señora Cortés. La noche anterior su esposo le había pedido si después de la boda ella podía cambiarse su apellido de Valiente a Cortés. En el momento le había parecido perfecto, pero ahora se daba cuenta que de forma inconsciente no quería hacerlo. Estaba orgullosa de su apellido y creía que la representaba. Le daba pena dejarlo atrás. Pensándolo bien era una tontería que se sintiera mal por eso. Era un simple apellido y lo que su marido iba a darle era invaluable. Ella siempre seguiría siendo la misma. Lo Cortés no quita lo Valiente. Así que sin dudarlo más tiempo y sin permitirle al cura que lo preguntara otra vez, Carolina dijo sí, acepto.

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