La boca de ella

¡ADVERTENCIA! Este cuento es la continuación de otro. Sugerimos comenzar la lectura por el Capítulo I:Arpías

Tenía toda la boca reseca. No importaba cuanto pasara mi lengua por los labios ni me esforzara por generar saliva. Me costaba respirar y tenía el estomago cerrado. A mi alrededor todo parecía dar vueltas. Después del segundo de silencio que se había producido cuando todos nos enteramos de la noticia, todo se había vuelto caos. Las personas caminaban de un lado a otro y se veían difusas bajo la intensa luz del mediodía.

-Rafa, estás muy pálido -me dijo Margot acercándose con un vaso -¿Por qué no te sentas y tomás un poco de agua?

Le hice caso a la casera y me senté, un poco porque no sabía que más hacer con mi cuerpo. Mago se había sentado en el suelo y lloraba ruidosamente mientras Pau la abrazaba y lloraba haciendo casi igual de escándalo, Bruno intentaba en vano consolarlas.

-Chicas, no desesperen, de momento no sabemos que pasó-dijo Bruno agachándose junto a ellas -Van a ver que Mari está bien. Y Clara también -agregó mirándome con pena.
-Si Rafa, seguro que Clara esta perfectamente bien -dijo Manuel sentándose junto a mi en el banco.

La mayoría de los habitantes del edificio estábamos allí fuera. Incluso en un rincón estaban Sandra y Sebastián, que nos miraban a todos sin saber bien un hacer. Ambos habían ofrecido palabras amables de consuelo para las hermanas, pero al igual que el resto de nosotros, se veían superados por la situación.

La catástrofe que había paralizado nuestro rincón del mundo aquel sábado al mediodía se acababa de dar. Al parecer Mariana estaba a cargo de abrir el bar aquel día y se había ido hacia allí dejando, las empanadas que había preparado para vender, en su casa. Clara se había ofrecido para llevárselas y al parecer, me dolía al tragar saliva de solo pensarlo, unos hombres armados habían pasado en una camioneta y dispararon contra el establecimiento de las hermanas.
Nos fuimos enterando todos de a poco. Primero Magu y Pau por una llamada de unos vecinos del bar, el resto de los miembros del edificio a causa de los gritos desesperados de ellas. Ahora estábamos a la espera de noticias. Ni bien nos enteramos todos habíamos querido salir corriendo para el bar, pero Gastón y Rodrigo, con la actitud más sospechosa del mundo, nos lo impidieron, diciendo que irían ellos ya que tenían un conocido que los ayudaría.
Aquellos momentos eran agónicos para mí. Sentía que no podía hacer nada. Ni la gente que me rodeaba, Margot con su simpatía ofreciéndome agua, ni ver a las hermanas abrazadas llorando, nada me distraía. No podía estar sentado. Me sobraba todo, las piernas que me llevan de un lado para otro en el patio se sentían inútiles. Me sobraba el pecho, la piel, hasta los pulmones para respirar. Todo estaba de más.
Necesitaba saber que todo estaría bien, hacer algo, correr, trepar por las paredes. Era necesario descargar energías o descubrir que Clara estaba bien. Quería tenerla frente a mí, para tocarla, abrazarla y besarla. Sí, por primera vez desde que la había conocido me animaba a reconocerme a mi mismo que tenía sentimientos por Clara.
Era espantoso pensar que lo había descubierto demasiado tarde. Hasta el extremo de pensar que ella podía estar… No quería pensar en aquello, la simple idea era demasiado dolorosa. Las manos me habían comenzado a temblar y no sabía bien que hacer con ellas. Sentarme otra vez, seguir caminando, nada parecía ser una opción aceptable.
Algo cambio en el aire de forma repentina. Las hermanas que lloraban desconsoladas pararon en seco, se miraron un segundo, se rieron y se volvieron a abrazar aliviadas. Manuel se acercó rápidamente a mi y sacó todo el aire de mi cuerpo, rodeándome con sus brazos. Estaba claro que me perdía de algo, pero una cosa positiva que hacía que me sintiera irracionalmente contento.
Lo primero que oí fue la voz de Mariana que se acercaba por el pasillo que daba al patio y entre risas venía relatando lo que imagino sería su punto de vista de la situación que acababa de vivir. Escuché también las carcajadas de Rodrigo, Gastón, y lo más importante, la de Clara.
Al aparecer el grupo finalmente en nuestro campo de visión, las hermanas no demoraron un instante en abalanzarse sobre Mariana, quien les devolvió el abrazo entre risas. Yo me quedé ahí, petrificado en el lugar donde estaba. Ver a Clara generó en mí un inmenso abanico de sensaciones, desde el más intenso calor, hasta el más helado de los fríos que chocaron en mi pecho.
Manuel y Bruno me habían ganado de mano y saludaban a Clara y Mariana entre risas repletas de alivio. La situación era demasiado para mí. No podía tolerarlo. Tenía que salir de allí. Sin importar lo feo que quedara, me di media vuelta y me mentí dentro de mi casa, incapaz de sobrellevar lo que estaba pasando.
-¿Rafa? -preguntó una voz detrás de mí.
En el living de mi casa, bajo la luz pálida de la tarde, Clara parecía más hermosa que nunca. En su cara se dibujaba una mueca que decía que acababa de experimentar muchas sensaciones, pero que estaba por fin tranquila. Relajada, sonriente y tranquila, se veía ante mis ojos como la imagen viviente de belleza.
Aquel impulso salió directo de mi pecho, no lo pensé ni lo dude un segundo. Una fuerza sobrenatural guió mis actos. ¿Serían los hilos de mi destino bordados en mi ropa? ¿O quizás una necesidad que había estado reprimiendo hace mucho tiempo? No importaba. Si bacilar mi cuerpo se acercó al de Clara, mis brazos abandonaron el costado de mi torso y mis manos tomaron la cara de ella. Sin pensarlo, dudarlo o cuestionarme nada, la besé.
El universo se congeló en aquel instante. Por un momento mis labios se quedaron inmóviles sobre los de ella. Nuestros cuerpos temblaron y lentamente su boca de abrió, continuando con el beso que yo había empezado. Nos besamos apasionadamente por unos segundos de eterna felicidad. Cuando por fin nos separamos Clara me miró y me dijo.
-Rafa, tenemos que volver al patio. Hay algo que queremos contarles.
Continuará…
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