El trabajo de Gastón

¡ADVERTENCIA! Este cuento es la continuación de otro. Sugerimos comenzar la lectura por el Capítulo I:Arpías

Todo había terminado, al menos de momento. Mariana estaba sentada en las escaleras junto con sus hermanas que no paraban de abrazarla aliviadas. Margot se mantenía de pie junto a ellas y nos miraba con desconfianza a Rodrigo y a mí que charlábamos con Bruno y Manuel.

-¿Están todos bien? -preguntó Sebastián acercándose a nosotros con Sandra.

-Sí, estamos todos perfectos -contestó Rodrigo sin dejar de mirar hacia la casa de Rafael -Pero tenemos que contarles algo. Clara fue a buscar a Rafael para que estemos todos.

-Parece que está demorando más de lo normal -dijo Sandra con malicia.

-Eso es lo que pasa cuando estás a punto de morir. Creo que ya no te importa tanto el tiempo -dijo Manuel dedicándole una mirada chispeante a Sandra.

-No exageres peludo, Clara nunca estuvo a punto de morir -le dije a Manuel con cariño -Y ahí vienen los dos, acerquémonos a las hermanas y terminemos con esto de una vez.

Compartimos una mirada cómplice con Clara y fuimos todos hasta donde estaban las chicas con Margot que nos estaba acribillando con los ojos. Magu y Pau seguían apretando entre las dos a Mari, casi al punto de asfixiarla. Sin ser por ellas tres, que parecían ajenas a este mundo, todos nos miraban expectantes, preguntándose que tendríamos para contar y cómo estaría relacionado con el tiroteo.

-Creo que le debemos a todos una explicación -dije después de respirar con profundidad -En especial a Mariana.

-¿De qué estás hablando, Gastón? -dijo Magu separándose de su hermana, mirándome intensamente mientras sacaba pecho en señal de que estaba pronta a atacarme -Espero que no vayas a decir que tuviste algo que ver con el tiroteo que casi termina con la vida de mi hermana.

-Magu, sos una exagerada, no estuve a punto de morir -dijo Mariana pegándole en el hombro a su hermana -Fue sólo un susto.

-En realidad si a alguien hay que echarle la culpa es a mí -dijo Clara mirando a Margot con cara de perro mojado que la casera no tuvo más remedio que suavizar su expresión -Desde un principio supimos que era un tema complicado, se puede decir que tuvimos el mayor de los cuidados y bastante suerte. Pero teníamos claro de que existía la posibilidad de que ellos dieran con nosotros antes de que a la inversa.

-¿Se pueden dejar de dar tantas vueltas y explicar de una vez que fue lo que hicieron? -exigió Margot golpeando el suelo con su pie -Y sí llegan a estar involucrado en algo con ese grupo de traficantes de armas se pueden considerar los tres fuera de mi edificio.

Había llegado el momento de la verdad. Ahora que Margot había mencionado a los traficantes todos nos miraban con mucha más atención y en las caras de todos se dibujaba una mezcla de horror, sorpresa y duda, menos la de Sebastián, que era el muro de pierda habitual. Rodrigo nos miró a Clara y a mí y con una señal de mano nos indicó que sería él quien hablaría.

-El responsable de todo soy yo, Margot -se acomodó el parche con el gesto característico que hacía cuando necesitaba concentrarse y siguió -Y por desgracia si estamos relacionados con los contrabandistas de armas, pero no en la manera que te lo imaginas.

El carácter sarcástico de Rodrigo no había podido dejar pasar aquella oportunidad de horrorizar a todos los habitantes del edificio y había decidido empezar la explicación de la peor manera posible. Margot lo miró aún con más odio y las tres hermanas habían comenzado a discutir. Nadie había quedado indiferente ante lo que había dicho Rodrigo, incluso Sebastián había hecho una mueca torciendo su boca en lo que parecía ser una sonrisa.

-Sobra decir que no somos traficantes de armas –explicó Clara una vez que todos se calmaron –Lo que estábamos haciendo los tres era ayudar a la policía a frenar a esos delincuentes. Todo empezó con Rodrigo que había ayudado en casos anteriores y después de conocernos a nosotros, terminamos trabajando juntos.

-Este es el número de mi comandante –dijo Rodrigo sacando una tarjeta de su billetera y ofreciéndosela a la casera –Podés hablar con él e incluso ir hasta la comisaría para corroborar nuestra historia.

Desconfiada como era Margot, no dudó un instante en llamar al comandante e ir hasta la comisaria. Mariana dijo que había que celebrar que todo había sido sólo un susto, que al final habíamos atrapado a los traficantes debido al tiroteo y que los tres éramos héroes. Todos le seguimos la corriente y el patio estuvo pronto repleto de comida y bebida. Cuando volvió Margot se unió a la fiesta y limpió ante todos nuestro nombre.

El aire era de alegría y tranquilidad después de la tormenta de aquella tarde de sábado. Pero si bien la superficie parecía estar en calma, estaba claro que en la profundidad algo se gestaba. Estaba seguro de que si yo sospechaba que había algo raro en mis compañeros en mis compañeros de edificio, ellos también tendrían dudas de los otros, y peor aún, de mí mismo.

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