Ira

            Me acomodé la corbata naranja y estiré con cuidado la chaqueta azul marino, mientras observaba en el espejo que tenía la apariencia impecable que exigía mi puesto de trabajo. Respiré profundo y rogué por dentro que fuera un día tranquilo. Preparado ya para enfrentarme a la jornada, guardé mi bolso dentro del casillero mientras saludaba a mis compañeros y salí del vestuario.

            Caminé por el corredor semi vacío que conectaba con la terminal del aeropuerto. Bostecé sin disimulo y maldije por dentro tener que trabajar el turno de la madrugada. A aquella hora no sólo estaban los pasajeros somnolientos y malhumorados, sino que también nosotros, el personal, rendíamos a media marcha.

            A pesar de lo doloroso que pudiera resultar aquel turno, me encantaba la vida siempre vibrante de aquel lugar. El choque entre las culturas, los idiomas y las diversas situaciones que se daban en aquel edificio. Los paseantes que se tomaban todo con clama, chocaban muchas veces con los que iban retrasados que corrían para agarrar su vuelo en el último minuto y los hombres de negocios que no sacaban su nariz de los diarios.

            La madrugada se perfilaba tranquila cuando comencé a cruzarme con los primeros pasajeros que entraban y salían del baño, de las pocas tiendas que había abiertas o tomaban café para despertar las ideas. En un restaurant que había cerca de mí puesto de trabajo vi a una castaña espectacular con un vestido naranja que me sonrío y me hizo pensar que tal vez aquel no iba a ser el mejor de los días.

            Cuando me encontré con mi superior mis temores se confirmaron. Otra vez uno de los controles de seguridad del ala sur estaban fuera de servicio y aquello iba a generar caos en la zona donde yo trabajaba. Dando un paseo alrededor de la zona de control, que pronto se llenaría de gente, apreté entre mis dedos la ficha naranja, recordando lo que me habían enseñado y suplicando que todo fuera con calma. Repasé en mi mente toda la rutina mientras me colocaba en mi puesto de trabajo y me preparaba para la avalancha de gente.

            Saludé con la cabeza a mi compañero que ya estaba al otro lado del corredor. Nuestro trabajo consistía en guiar a las personas que bajaban de un avión, que estaban sólo en tránsito y debían agarrar una conexión, para que formaran una fila y pasar el siguiente control antes de subir al próximo avión.

            Era consciente de que aquellas situaciones solían ser una prueba para mi paciencia. La fila avanzaba lento con un solo control, la gente se impacientaba, se malhumoraba, y lo peor de todo, se colaba. Esa gente era la que más me irritaba. La falta de educación, el ventajismo, el poco respeto de quienes se creen más vivos que otros, a los que por su culpa, les va a tocar esperar más.

            La masa humana comenzó a acercarse a nosotros. Arrastrando sus valijas, con aire desaliñado e incómodo, como zombies en busca de cerebros, llegaron los viajeros en tránsito, deseando pasar por ese engorroso trámite y poder tirarse a dormir en algunas de las butacas.

            La fila pronto comenzó a crecer a nuestro costado. Intentaba que la situación no me molestará, pero no lo lograba. Numerosas veces les habíamos intentado hacer entender a nuestros superiores que aquel lugar no era correcto para ubicarnos. Que las personas atravesaban aquel largo corredor sin saber que debían hacer la fila y se enteraban apenas a unos cien metros del control. En ese momento les teníamos que informar que debían dar media vuelta, deshacer lo andado y colocarse al final de la eterna cola.

            Sobra decir que nadie lo hacía de buena gana. Muchos protestaban, nos insultaban y había incluso quienes se negaban rotundamente a retroceder el camino andado. Durante mis años como empleado del aeropuerto he visto una amplia gama de niveles de desconformidad y aprendido insultos que desconocía, uno diría que ya no hay margen para el asombro, pero se sorprenderían.

            Aquel día me propuse tener más paciencia que lo usual. Con mucho esfuerzo me había ganado aquella ficha naranja, que representaba mis años libre de ataques de rabia. Había sido un camino duro, lleno de frustraciones y lentos avances, pero al fin había logrado controlar mi ira y aprender a sobrellevar mis emociones.

            A pesar de mis buenas intenciones, parecía que aquel día iba a ser particularmente difícil. Había un exceso de maletas y chaquetas naranjas que me ponían nervioso. Aquel color siempre lo había asociado a mis malas emociones. Era el tono que empezaba a ver cuando perdía el control y todo desparecía delante de mí, menos la rabia, claro.

            Los pasajeros parecían muy espeso aquel día, más dormidos de lo usual y por completo desorientados. Insistían de forma cansina una y otra vez que si ya habían llegado hasta allí debían pasar de largo. Era agotador tener que explicar una y otra vez que debían ponerse en la fila, que no importaba que estuvieran delante de los controles, no tenían otra opción que retroceder.

            Como solía pasar, entre el mar de despistados aparecía un ave, un ser desagradable y ventajero que se negaba a obedecer todas las reglas que aplicaban al resto de los mortales y presionaba para ser tratado con una deferencia que no se merecía. A esta mujer en particular ya la conocíamos. Era una mujer de unos 65 años que se encargaba de organizar viajes para un grupo de adultos aún más mayores que ella.

            La reconocíamos porque siempre hacía exactamente lo mismo. Se quejaba de forma incansable de que no quería ir a la fila, argumentando que era poseedora de privilegios inexistentes y poco a poco, entre argumento y argumento iba haciendo que su grupo de abuelitos se colara entre algún distraído que sin querer o queriendo les hacía lugar.

            El naranja de su chaqueta me irritó no vi la vi aquella mañana. Intenté prepararme para sus argumentos ridículos y su eterna desfachatez. Que era gente grande, que estaban muy cansado y que venían en grupo. Como si algunas de esas razones fueran la justificación necesaria para obviarse la cola. Sobra decir que no estaba para nada de acuerdo con su postura.

            La escuché resignado, intentando contener al naranja que amenazaba con teñirlo todo y hacerme perder el control. Era difícil escucharla con sus aires de grandeza, con su cara estirada y pelo de peluquería resistente a vuelos de larga duración. Le repetí en numerosas ocasiones que tenía que ir al final de la fila. No me hizo un pelo de caso y con desgana descubrí pronto que se había logrado colar con su grupo de ancianos delante de un alma caritativa o un profundo despistado.

            Verla allí colocada, tan indiferente y señorial hizo que durante cada segundo me fuera más y más difícil controlar el avance del color naranja. La ira iba ganando lugar dentro de mí y tuve unos deseos asesinos de agarrarla de esas mechas blancas peinadas en exceso y revolearla por el aeropuerto.

            Puse en práctica todos los ejercicios mentales que había aprendido para sobrellevar situaciones como aquella. Me concentré en no permitir que aquella mujer sacara lo peor de mí y pensé que debía visualizar una solución. Encontrar en mi mente una forma de lidiar con aquella mujer repugnante que me estaba sacando de quicio de una manera controlada y sensible.

            En medio de todo aquel naranja la solución se dibujó en mi mente, cada color volvió a ser de su tono natural y con lentitud en mi cerebro se formó la solución a aquel problema tan desagradable. Hice una pequeña averiguación y le comenté mi plan a mi compañero que despreciaba a aquella mujer y su actitud baja tanto como yo. Le pareció la solución perfecta e incluso no pudo reprimir la carcajada cuando le comenté lo que pretendía.

            Seleccioné a un grupo de personas que estaban un poco antes que aquella vieja arpía y le pedí que tanto ellos, como quienes les seguían me acompañaran. Todos me obedecieron sin rechistar, no les quedaba otra, yo era una autoridad del aeropuerto. Sin ningún disimulo corté el grupo justo después del último anciano que venía con la vieja cascarrabias y los guíe hasta otro control que había un poco más lejos.

            Aquel control se utilizaba para gente con dificultades. Allí llevábamos a los pasajeros con problemas de movilidad y que necesitaban un trato especial, que involucraba más tiempo y avanzaba con más lentitud que lo normal. Sumado a esta característica especial de los pasajeros que hacían unos de aquel control, la agilidad con la que la gente avanzaba también se veía afectada por la lentitud y calma con la que los funcionarios se tomaban el llevar adelante el control.

            La fila de aquella zona no era tan larga como la anterior, pero vi con satisfacción que era lo suficientemente extensa como para irritar a la mujer rezongona que para mi satisfacción entendió mi jugada y me dedicó su más intensa cara odio. Orgulloso de mi auto control y de haberme salido con la mía, volví relajado a mi puesto de trabajo, justo a tiempo para volver a cruzarme con la bella criatura de vestido naranja. Me volvió a dedicar una cálida sonrisa y pensé que quizás aquel día no sería tan horrible como antes había anticipado.

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