Envidia

Apagué el motor de la camioneta e inspiré con profundidad. Estacionar había sido un caos, entre los autos de la prensa, el otro vehículo antibombas y la policía, había tenido que hacer una gran maniobra para llegar a aquel puesto que me tenían reservado. Aquel lugar era perfecto, lo más cerca posible de la entrada del centro comercial, pero lo suficiente lejos, cosa de que si moría desactivando aquella bomba, por lo menos mi hermana heredaría mi camioneta.

Disfruté de unos segundos más de la paz antes de abrir la puerta y unirme al hervidero de gente que iba de un lado para otro. Los periodistas me gritaban preguntas mientras que los oficiales intentaban mantenerlos al margen, al igual que a los curiosos que tomaban fotos con sus teléfonos celulares. No bien bajé del auto sentí la presencia de Celia junto a mí. Antes de verla sentí su perfume frutal que ya tanto conocía.

“Señor” me saludó con el tono formal y su voz aterciopelada que la caracterizaba. Nos dirigimos a la zona encintada mientras me ponía al día con los acontecimientos. Subimos unas escaleras que daban a la puerta principal del centro y entramos. Según me acababa de explicar Celia, esa mañana alguien había llamado reportando que había colocado un bomba en el hall de aquel edificio. Quince minutos más tarde la habían encontrado y ahora allí estábamos.

Al parecer se trataba del mismo grupo terrorista que había matado a mis compañeros un mes antes. Por eso me acompañaba Celia aquel día, la nueva adquisición de la brigada anti-explosivos. En el grupo era conocida como la “bombshell”. No, no eran nada creativos, pero ella se había ganado ese apodo, gracias a sus curvas exuberantes, labios carnosos y su brillante cabello negro.

Como si de algo me ayudara, me peine varias veces los pocos cabellos negros que me quedaban. Mientras me acomodaba para enfrentar el desafío que tenía delante, pensé que estando en aquella situación critica, tenía que aprovechar la conexión forzada que se estaba dando entre aquella mujer y yo. Ya era hora que la invitara a salir. Era cierto que tenía la mitad de edad que yo, que me podía ver como un viejo huesudo, con la piel estirada y demasiado morena, pero su hermosura valía la pena. Ya lo intentaría después de desactivar la bomba.

Observé al dispositivo por primera vez. Era un aparato de poca complejidad, había visto otro como aquel con anterioridad. La diferencia era que nunca me había enfrentado a uno en el que el reloj indicará que sólo quedaban tres minutos. Al ver aquel número una alarma se disparó dentro de mí. Como me había sucedido en todas las situaciones similares que me habían tocado vivir, el tiempo pareció detenerse. El aire se volvió más pesado, mis acciones por rápidas que fueran, parecían eternas y sacando el brillo del lector de la bomba, el resto del mundo parecía borroso.

El sudor me mojaba la espalda y una gota comenzó a bajar por mi frente hasta llegar a mi barbilla. Uno a uno fui cortando los cables indicados como me habían enseñado en mis años de entrenamiento. El olor de Celia se evidenciaba ahora como un fuerte aroma a limón y detrás de mi cabeza un reloj sonaba con fuerza, mientras los segundos desaparecían de la pantalla de la bomba.

Había desactivado la mayoría del mecanismo y ahora quedaba sólo un minuto. De entre los cables que aún quedaban enteros ahora me tocaba decidir si debía cortar el verde o el rojo. Parecía una broma del destino, un cliché de película, pero la realidad es que siempre se reduce a dos cables: el que te puede salvar la vida o el que te vuela por los aires.

Miré a ambos cables evaluando en mi mente todo lo que sabía sobre aquella bomba y las de ese tipo en general. En el reloj se leían 30 segundos y por el rabillo del ojo pude ver que Celia se movía con nerviosismo. Estaba concentrado en mi tarea, pero la forma en la que se agitaba me hizo mirarla y justo llegué a observar cuando de su bolso sacaba su propio set de tijeras.

Parecía una escena sureal, que yo no estaba protagonizando. En un segundo que pareció eterno, Celia me sacó los cables de la mano y antes de que yo pudiera reaccionar, cortó el cable verde. El mundo se detuvo para mi con aquel gesto, la respiración se quedó trancada en mis pulmones. No era capaz de moverme, de parpadear ni de mirar el reloj de la bomba. Por un instante no supe si seguía vivo o si la bomba me había volado en mil pedazos.

“Señor” dijo Celia con su exasperarante voz de siempre. Al parecer estábamos a salvo. Tuve que hacer un enorme esfuerzo para reprimir mi ira. ¿Cómo había sido tan imprudente? Con lo profesional que había sido él como su entrenador. No podía ni mirar a aquella horrible mujer, la iba a tener que reportar. ¿Quién se creía que era? El hecho de ser joven e inteligente no la hacía más capaz que él.

La rapidez de ella podía muy bien haberle salvado la vida, pero eso no le daba derecho de pasar sobre la autoridad de un superior. Seguro que la iban a despedir, por andar buscando merito en un momento tan delicado como aquel. Mejor, así nunca más tendría que tratar con aquella espantosa criatura. Era tan fea, tan inútil y odiosa. No era que el ego le doliera, su acción había ido contra el protocolo. Si bien Celia había salvado a todos cortando aquel cable, también había acabado con su futuro.

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