Vanidad

El sonido de la bocina quebró el intenso movimiento de la fábrica. Por un segundo reinó un silencio profundo para dar luego paso a un enorme barullo. Era una día más en la fábrica textil llegaba su fin y de repente las costureras parecían convertirse por arte de magia en un montón de cotorras parlanchinas que, entre gritos, corrían a toda a prisa hacía la puerta de salida.

Su jefe, el señor Domingo, que era un hombre de gran corazón, las miraba resignado desde la silla de su oficina. Su despacho era pequeño y estaba cerca de la salida, junto a la puerta donde estaban las escaleras que daban a la calle. Allí pasaba el su jornada, velando por el bienestar de sus empleadas y encargándose que la fábrica funcionara.

La hora de la salida era la peor del día, el pobre Domingo sufría en silencio. No bien sonaba el pitido que daba fin a la jornada, su corazón comenzaba a latir con fuerza. Se venía el momento de los accidentes. Por que no hubo ni una sola semana desde que había abierto la fábrica, ni siquiera una, sin que alguna de las mujeres hubiese tenido algún tipo de accidente en la escalera a la hora fatal. Eran todas un montón de atropelladas.

El bueno de Domingo se había esforzado. Para ser sincero no sólo por el bien de ellas, sino por el de la propia empresa. De nada le servía a él si cada dos por tres las empleadas estaba pidiendo un día libre por torcerse el tobillo o una muñeca a causa de las fatídicas escaleras. Esto ya se estaba convirtiendo en un grave problema y no estaba dispuesto a permanecer de brazos cruzados.

Su primera idea fue hacerlas salir por turnos. Se quedó pasmado al ver que por más que fueran solo un reducido grupo de diez personas, siempre alguna se lastimaba. Iban igual de apuradas. Además aquello tampoco podía funcionar, eran muchas empleadas y no podía tenerlas dos horas saliendo de a tandas.

El darles un pequeños descanso media hora antes de cerrar tampoco dio resultado. Seguían estando igual de torpes y ansiosas a la hora de salir. Domingo resignado aceptó que tendría que ver con algo psicológico, algo relacionado a la sensación de libertad que debían sentir cuando la fábrica cerraba finalmente.

El pobre hombre se devanaba los sesos pensando, paseando por su oficina mientras fumaba un habano, pero nada se le ocurría. Llegó a considerar la opción de implementar una rampa, por donde las mujeres se deslizaran en lugar de bajar escaleras. La sola idea hizo que le diera un ataque de risa y se atragantara con el humo. Pero sabía que no era una idea viable.

Pero un día tuvo una idea brillante. No sabía si iba a dar resultado pero valía la pena intentarlo. Se le había ocurrido cuando fue a hacer unas compras a un almacén. Estaba entretenido observando unos objetos cerca de una vidriera cuando le pareció que una mujer lo miraba desde la calle. Domingo le sonrió complacido, acariciando su barriga prominente sobre su camisa blanca y chaleco gris. Se sintió un verdadero tonto al descubrir que la mujer no lo miraba a él, sino que observaba su propio reflejo en el vidrio.

Por suerte la chica no se dio cuenta que él la había saludado. Pero Domingo se quedó observando la calle. Con asombro notó que casi todas las personas se detenían ligeramente a observar su reflejo en la vidriera antes de seguir su camino tranquilamente. Muchos hacían una pequeña pausa momentánea, para acomodarse el pelo, corroborar que no hubiera nada entre sus diente y comprobar que tuvieran una buena apariencia en general.

De esta forma fue que Domingo decidió poner un gran espejo pegado a la pared en el rellano de la escalera. Lo hizo un sábado. Al viernes siguiente se sentía más que satisfecho y podía acariciar su espeso bigote con satisfacción, mirando desde su despacho como las mujeres abandonaban la fábrica. Aquella había sido la primera semana libre de accidentes por escalera en dos años. Durante aquellos días había comprobado con sus propios ojos como las trabajadoras se detenían un poquito frente al espejo y retornaban su marcha. Y aquel segundo de distracción había hecho toda la diferencia.

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