Siete (pecados)

El palacio de los pecados se alzaba majestuoso en la cima de una elevada montaña. La inmensa mansión estaba compuesta por materiales duros, como la piedra y vidrio, y la naturaleza misma que crecía de forma salvaje en las habitaciones. Las enredaderas cubrían las paredes y los grandes ventanales daban paso a la luz y el viento.

Aquel domingo el gran salón estaba preparado ya para el evento. Era la habitación preferida de todos los habitantes de la casa. De dimensiones inmensas, aquel cuarto albergaba un gran sillón, dos sillones pequeños, un diván, un bar, varias mesas, lámparas, cuadros, y ocupando la mayoría de una pared, una gran pantalla.

La primera en entrar en la habitación fue Gala Gula, quien se sentó en una esquina del sillón, emocionada de ver todos los manjares que había servidos ante ella en la mesa ratona. Allí estaban todos sus manjares preferidos mezclados sin importar sabores ni texturas. Los aros de cebolla, mejillones, el guacamole y el humus se perdían entre las fresas con crema, la tarta de zanahoria y los diferentes bombones. Sin dudarlo cogió una papa y se la metió en la boca. Mientras ésta era triturada por sus dientes, la rechoncha mujer se limpió las manos en su vestido amarillo.

-Hola Gala –saludó Pedro Pereza entrando en la habitación, arrastrando tanto los pies como las palabras mientras ingresaba en el salón.

-¡Hola Pedrito! ¡Qué alegría verte! ¿Un fruto seco? –ofreció Gala con la alegría chispeante que la caracterizaba. Pedro que se estaba arrastrando hasta el sillón le contestó con un gesto de la mano que no –Mejor, más para mí. Qué bueno que este domingo lograste llegar desde tu cuarto hasta aquí.

-No me perdería el programa de hoy por nada –Pedro por fin había logrado desplomarse sobre el sillón y se acomodó sin ganas sus pantalones deportivos azules que habían quedado enroscados alrededor de su piernas.

Los siguientes en entrar fueron Lana Lujuria, quien venía abrazada de Carlos Codicia y detrás de ellos apareció Elena Envidia. Lana llegaba flotando en un vaporoso vestido rojo, que se movía con su cuerpo, que era rodeado por uno de los brazos del hombre, mientras que en el otro sostenía su celular, en el que gritaba órdenes a algún corredor de bolsa. Elena los miraba de reojo y fue la primera en sentarse, cuidando de no arrugar su corto vestido verde.

Escoltada hasta el diván por el brazo de Carlos, Lana se recostó cómodamente sobre el largo diván, haciendo que el tajo de su vestido revelara estratégicamente sus torneadas piernas. Con sus ojos de gata, revoloteó sus pestañas mirando de forma sensual a todos los presentes: a Elena que la observaba con el ceño fruncido; a Gala que la ignoraba, concentrada en seguir comiendo; a Pedro que había cerrado los ojos y cabeceaba; a Carlos que seguía hablando a gritos por teléfono y a Valentín Vanidad, que acababa de aparecer en aquel momento delante de la puerta.

-Hola Pecados –dijo con una voz melosa antes de revolear su capa violeta a juego con su túnica, para pasar a ponerse de pie delante de un espejo enorme que había e ignorar a los demás.

-¿Cuánto falta para que empiece? –preguntó Elena cuya mirada se movía nerviosa de uno a otros de los presentes.

-¿Ya empieza? –Pedro apenas si abrió un ojo.

-En unos minutos –contestó Carlos que había colgado el teléfono, pero aún caminaba por el fondo de la sala -¿Dónde está Ignacio?

-Dónde yo esté o deje de estar no es asunto tuyo –en ese mismo momento Ignacio Ira entró en la habitación. Vestía un traje negro de motero, con llamas rojas y naranjas que subían por sus piernas y brazos. Sin saludar o mirar a nadie siquiera, fue hacia el bar y se sirvió un whisky.

-¡Ahora sí que empieza! –gritó Gala Gula emocionada metiéndose un montón de bombones en la boca -¡Qué bien!

-¿Empieza? –esta vez Pedro abrió el otro ojo.

-Me voy a ganar todo el dinero de ustedes –Carlos se sentó en uno de los sofás individuales –Les voy a sacar toda la plata.

-No estamos apostando nada, Carlos –dijo Elena con acidez.

-Me da igual.

-¡Sh! Que empieza –siseo Lana con sensualidad.

Durante la siguiente hora los siete pecados se deleitaron observando en su programa favorito en su gran pantalla. El evento era siempre el mismo, una cena familiar, de una región cualquiera, de diferentes religiones y costumbres cada domingo. Grupos de gente de mayor o menor tamaño. De variadas edades, sexos y personalidades. Los pecados jugaban cada semana, para ver quién de ellos se veía más veces representado en la familia de turno.

Cada muestra de gula, pereza, codicia, lujuria, envidia, vanidad e ira, excitaba a los presentes y hacía que cada uno de ellos fuera sumando puntos. Cada exceso de comida, momento de pereza, de deseo desenfrenado por el dinero o el sexo, de celos hacia otro, de demasiado amor propio o furia desatada, provocaba aplausos y vítores. No era una competencia real, pero algunas veces parecía que ganaban unos, otras oportunidades, el resto. Lo cierto era que al final del día cada uno de ellos había sumado unos cuantos puntos.

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