El gran héroe

Artigas miró a su alrededor, desconfiado. Se preguntó de dónde habría surgido aquel ruido. Agudizó el oído. Sí, no se equivocaba, alguien se acercaba. ¿Sería del bando enemigo? Volvió a escuchar. Era un sonido indescriptible. De repente empezó a sentir calor. Él no era ningún cobarde, pero debía de admitir que la idea de morir no le parecía nada simpática. Una buena comida, un buen vino, una buena mujer: aquéllas eran cosas por las que realmente valía la pena vivir. Por supuesto que sus propios ideales eran una razón más que justificable para pasar al otro lado. Pero no sentía deseos imperiosos por morir como héroe; si le tocaba morir en un lecho calentito, de la mano de una mujer amada, él pasaría a mejor vida más que contento.

Marina estaba nerviosa. Como de costumbre se había puesto ansiosa y había salido de su casa con demasiada  anticipación. Aquel día podía ser un gran día. O un día terrible, todo dependía de si aquel chico que había conocido por Internet asistía a la cita. Era un muy simpático. José se llamaba. Hace tres meses que habían empezado a hablar, pero recién ahora se habían animado a dar el paso definitivo. Y ahí estaba ella, sentada adentro del auto y sabiendo que el chico no iba a aparecer hasta dentro de media hora.

Tenía todo el cuerpo entumecido, como petrificado. Seguramente se debía a estar por tanto tiempo en la misma posición. Sentía su caballo extrañamente frío entre las piernas, pero no era de sorprender, todo el ambiente estaba helado. Había como una espesa niebla que le enturbiaba la visión y no le permitía ver si se acercaba el enemigo. Hacía cuanto rato estaba en aquel lugar no era capaz de decir con exactitud, pero podía sentir cómo el estómago ya le reclamaba comida y a la garganta nunca le venía de más un traguito.

Se sentía una boba. No era la primera vez que la dejaban plantada. ¿Qué la hacía pensar que aquél iba a ser diferente? Todavía hacía un frío que calaba los huesos y la calefacción del auto no era suficiente. Afuera había una niebla que no permitía ver más allá de un metro. ¿Y sí él había llegado y no la veía? No, no, se tranquilizó. Ella estaba exactamente donde había  dicho que iba a estar. Además, todavía faltaban diez minutos, pensó con optimismo, todavía podía venir.

Le hubiera gustado poder por lo menos intercambiar opiniones con alguien, pero no veía a nadie cerca de donde él estaba. Probablemente más de uno se había quedado dormido, como era de esperar, no le extrañaba en lo más mínimo. Era una buena tropa, buenos hombres, pero no podían estar un largo rato sin hacer nada, no tenían mucha paciencia.

Cinco minutos, todavía faltaban cinco minutos. Probablemente fueran a ser los más largos de su vida. Sus amigas le habían recomendado, más bien le habían hecho jurar, que ella iba a llegar a la cita diez minutos más tarde de lo acordado. Pero eso directamente no iba con su naturaleza. No le gustaba que la hicieran esperar, por lo que ella intentaba nunca dejar a nadie esperándola. Ahora pensándolo bien quizás sus amigas tenían razón: aquella agonía era demasiado para sus nervios.

¡Un sonido! Definitivamente aquella vez estaba mucho más cerca. Pero ¿qué era aquel sonido? ¿Música? ¿A qué clase de militar consciente se le ocurre admitir música en plena guerra? Seguro uno no muy bueno. Eso le dio esperanzas. Quizás aquél era el momento perfecto para atacar. Volvió a buscar a sus hombres entre los matorrales pero no pudo ver a ninguno. Intentó girar la cabeza para mirar a su alrededor pero su cuello estaba totalmente rígido. Sus pies pesaban como plomo y, al parecer, no podía despegarlos de los estribos. Miró hacía el suelo y vio a un joven sentado a los pies del caballo con un ramo de flores blancas en la mano. ¿Era eso posible? Intentó hablar pero ningún sonido salio de su boca.

Aburrida de esperar sentada, decidió bajar. Dudó un momento parada con la puerta abierta, si quedarse cerca del auto escuchando música o si ir al lugar acordado. Ya era la hora, por lo que apagó la radio y cerró la puerta del auto. Caminó y ahí estaba él. Sentado a los pies del monumento de Artigas con un ramo de rosas en la mano.

– Hola, soy José –dijo el chico levantándose –¿Vos debes ser Marina, no?

– Sí, soy yo –respondió la joven – ¿Te molesta si nos vamos? Los monumentos me dan escalofríos.

– No, dale. Vamos –dijo él acercándose a ella –Además me pareció escuchar un relincho.

No era una broma, pensó José, pero igual ella se rió. Y como aquello sirvió para romper el hielo, él también lo hizo.

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