El fin de la obra

Las alas de María Paula se agitaron en su espalda. El viento era suave y cálido aquella tarde, ideal para dar un paseo por el cielo. La buena relación que sus hermanas y ella habían desarrollado con Clara después de la crisis, les había dado a las tres canilla libre para la pócima de invisibilidad y todas podían disfrutar de un ocasional vuelo.

El recorrido preferido de Pau era volar hasta el gran parque que había en medio de la ciudad, planear sobre el lago que había allí y volver a casa sobre la gran avenida arbolada. Solía evitar cualquier casa, pero aquel día se sintió tentada a hacer una pequeña excepción. Las obra del edificio de al lado acababa de terminar y su curiosidad fue más fuerte que cualquier tipo de precaución que soliera tomar.

Le sorprendió encontrar el edificio sumido en un profundo caos. Aquí y allá se cruzó con gente cargando muebles y cajas. María Paula se dio cuenta demasiado tarde que había cometido un error al adentrarse tanto en el patio del edificio. Cuando comenzó a sentir el peligro ya planeaba entre la gente y no parecía haber escapatoria.

La estructura del edificio de al lado era muy similar a la de Freaks. Contaba con un patio interno, con una galería inferior y otra superior. María Paula estaba sobrevolando la parte de arriba, muy entusiasmada intentando figurar quiénes serían sus nuevos vecinos, que no se dio cuenta de que iban a subir un sillón con una especie de grúa. Obviamente los responsables de la mudanza no la vieron, ella tampoco vio el sillón que la golpeó desde atrás y así terminó tirada en el suelo de la galería inferior.

El golpe la dejó un poco aturdida, y con el movimiento que había en el pasillo en aquel momento, era un gran desafía esquivar a la gente que iba y venía. Bien podía ser invisible, pero no era inmaterial, y si alguien se chocaba contra una forma que no podía ver, se convertiría en una situación un tanto incómoda y no tenía manera de determinar cómo acabaría aquello.

Las personas y los muebles que se movían fueron bloqueando el camino de Pau, a tal punto que la única opción viable que le quedó, fue meterse dentro de uno de los apartamentos. Estar allí encerrada, con un tiempo limitado hasta que se acabara el hechizo, no le hacía ninguna gracia. Era difícil imaginar cómo podía reaccionar su vecino si de la nada se materializara en su nuevo hogar una mujer completamente desnuda.

La sorpresa agradable se la llevó ella. Al intentar salir del paso de los hombres que estaban metiendo muebles dentro de la casa, se dirigió hacia un corredor. A través de una puerta que estaba abierta, logró divisar a quien parecía ser su nuevo vecino. Allí, en lo que parecía destinado en convertirse en un dormitorio, había un chico musculoso y con la piel negra como el ébano.

El joven muchacho, de cabellos rapados, exudaba sensualidad, lo que pegaba directo en la esencia misma de la arpía, que jamás podría resistir a un magnetismo animal como aquel. El nuevo vecino estaba apilando unas cajas, que antes estaban en el suelo, sobre un escritorio y sus movimientos eran hipnóticos para María Paula.

Poco a poco, casi sin darse cuenta, la mujer fue avanzando hasta meterse en la habitación. El magnetismo era casi doloroso, sabía que lo que hacía estaba mal, pero su cuerpo parecía no darle otra opción. El ejercicio físico hizo que el vecino entrara en calor y comenzó a sacarse su buzo, con la mala fortuna de que la camiseta que llevaba se enredara y subiera junto con la otra prenda de ropa, dejándolo con el torso descubierto.

La piel, tensada sobre los músculos jóvenes y prominentes se veía simplemente espectacular. Lisa, tersa y brillante, parecía que invitaba a Pau a tocarla. Estaba tan cerca, sólo tenía que estirar un poco la mano y poder sentir la piel cálida contra su palma. La electricidad que corría entre ambos cuerpos era palpable.

Una fuerte ráfaga de viento provocó un cambio en el aire. El vecino, que hasta ese momento se veía muy relajado, se puso tenso de golpe. Su cambio de actitud alertó a María Paula y rompió el encantamiento, e hizo que la arpía retrocediera otra vez hasta el pasillo. Mientras se bajaba la camiseta, le vecino comenzó a olfatear el aire y adoptó una actitud totalmente defensiva.

Sin esperar un solo segundo más y adoptando una actitud mucho menos precavida que la que había tenido al entrar, María Paula abandonó aquel apartamento. Por suerte el salón estaba vacío en aquel momento y la puerta abierta de par en par. La arpía encontró una ruta libre y salió a aquel patio minado de gente. Esquivando a las personas, despegó sus alas y alzó vuelo, dirigiéndose a la seguridad de su hogar.

Una vez que se puso la bata, se sentó en la cama y, con la cabeza entre las manos, intentó descifrar que había pasado. Aquel semental, semi dios, hombre bajado del cielo, había podido olerla, no tenía la menor duda acerca de eso. No podía establecer con certeza que hubiera pasado si en realidad la hubiera descubierto, pero la sola idea hacía que se le erizara la piel.

Por regla general, el mundo mágico solía ser bastante reservado. Lo que había pasado en el edificio era una clara prueba de ello. A nadie le gustaba ir por la vida exhibiendo sus rarezas, en especial debido a los conflictos milenarios que enfrentaban distintas razas. Pero Pau había escuchado hablar en distintas ocasiones sobres seres sobrenaturales que eran capaces de oler la magia, y ninguno de ellos auguraba nada bueno.

Dando vueltas por la habitación, María Paula se asomó a la ventana de su cuarto, que daba justamente al patio del edificio vecino. La casualidad hizo que justo en aquel mismo momento el muchacho en cuya casa se había colado estuviera en ese mismo momento en el patio, charlando casualmente con otro chico. La arpía los observó con detenimiento, preguntándose qué clase de seres sería, y más importante aún, si podrían de alguna forma alterar su tranquila existencia.

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