El beso del abanico

La primera vez que vi a Lady Almahin me hipnotizó su belleza, que se escondía ligeramente detrás del abanico de plumas color marfil. Nunca antes había visto en la corte una piel tan oscura como la suya, de un tinte oliváceo, en cuyo rostro destacaban unos enormes ojos avellana, y a diferencia de las mujeres de la capital, llevaba el poblado cabello castaño suelto y no oculto debajo de una peluca blanca.

A pesar de yo ser considerada como la gran Lady Hamilton, casada con el legendario Conde Hamilton, poderoso terrateniente, propietario de grandes casas; deseada por todos los hombres y envidiada por todas las mujeres, la presencia de esta nueva señora me afectó. Estoy segura que se podía ver en mis ojos violetas: mi rasgo más característico e inusual que sabía explotar con mis ropas de seda cara y tules de gran calidad.

Al conocer a Lady Almahin, no me invadieron los celos o el deseo de exterminarla, que era lo que me ocurría cuando una mujer de belleza superior a la mía llegaba a la corte. Me pasó más bien todo lo contrario: quería estar con ella todo el tiempo. Escuchar su risa cristalina que se escapaba entre sus dientes blancos y estallaba en sus carnosos labios. Oler su perfume de canela y vainilla cuando se abanicaba, sentir su piel libre de guantes cuando rozaba mi brazo con sus dedos.

La primera vez que nos besamos fue en el inmenso jardín detrás del caserón que era mi hogar. Nuestros maridos estaban de caza, por lo que nosotras aprovechábamos el buen clima para caminar entre los árboles, sobre el mullido pasto verde. Debajo de la glorieta de madera blanca, que había en el corazón del jardín, nos detuvimos a descansar un momento.

El aire fresco hacía que el aroma de las flores invadiera nuestros sentidos. Estar tan cerca de Lady Almahin provocaba que el corazón me latiera más fuerte y la sangre hirviera bajo mi piel. Cuando se acercó a ponerme una rosa en la oreja sentí como mis pulsaciones se salían de control y, en el momento que posó sus labios sobre los míos, pensé que todo mi cuerpo iba a explotar.

Desde ese día nos convertimos en amantes. Aprovechábamos cada oportunidad que teníamos para amarnos. Rodeadas siempre de lujo: seda, plumas y diamantes, la vida era fácil y excitante. Nuestros ocupados maridos no sospechaban nada y nos daban múltiples oportunidades para estar solas. Momentos en los que Lady Almahin me iba enloqueciendo poco a poco, hechizándome con su deliciosa voz, alimentándome con sus dedos de los más deliciosos manjares y llenándome con las caricias más placenteras que sentí nunca.

Los asuntos urgentes de nuestros maridos eran tantos, que pasábamos demasiado tiempo juntas. Así que poco a poco me fui volviendo adicta a su presencia. Los días a su lado parecían ser apenas horas, las horas se convertían en minutos y los minutos se volvían segundos. Nunca tenía suficiente de ella.

Los celos comenzaron a atormentarme pronto. Así como el tiempo que pasaba con ella parecía escurrirse entre mis dedos, los momentos que tenía que compartirla con otros eran agónicos. Las grandes fiestas de la corte, donde la veía del brazo con su marido; los tés en los jardines, donde abanicaba su calor mientras compartía cumplidos con otras esposas; hasta verla en misa, cuando sonreía al cura con timidez, me hacía desesperar.

Una tarde, después de un almuerzo en el campo a la orilla de un lago, donde había hablado durante largo rato detrás de su abanico con un joven pálido, la situación me superó. Cuando por fin estuvimos a solas en mi habitación, descargué toda mi ira. Le grité que no soportaba verla con otros, la zarandeé del brazo y arranqué de su cuello el collar de perlas, que se rompió haciendo que estas rodaran por el suelo. Entre llantos y abrazos terminamos enredadas sobre la colcha granate de mi cama.

Una vez que me calmé me explicó que tenía la solución perfecta para mis celos. Una forma de hacerme saber que por más que estuviera rodeada de gente y hablando con otras personas, ella estaba pensando en mí. Una señal, una clave que solo nosotras entenderíamos y representaba el amor que sentíamos.

Levantándose de la cama, tomó su abanico, lo extendió, lo movió dos veces hacía su cuerpo, lo cerró, golpeó su mano opuesta con él, giró la muñeca y volvió a abrirlo. Sería la clave secreta que solo nosotras sabríamos. Ese gesto sencillo representaría para ambas un beso, largo y apasionado. Compartido de una a la otra delante de todo el mundo.

No era una solución definitiva, pero al menos era un consuelo para mí. Desde ese día, cada vez que estábamos en público y me entraba un ataque de celos, le enviaba un beso por medio de mi abanico y cuando ella contestaba, sabía que estaba pensando en mí. Los momentos en que mi amante lo hacía por voluntad propia, cuando la veía ahí, rodeada de nobles, hombres y mujeres y hacía nuestro gesto secreto y me mandaba un beso, me derretía de amor por ella.

Parecía que nuestro amor no tenía límites, hasta que un día mi mundo se vino abajo. Era la ocasión del gran baile de máscaras del rey. Como miembros de la aristocracia, mi marido y yo, teníamos la obligación de participar. Lord y Lady Almahin, como invitados exclusivos de otras tierras, también debían estar allí.

Esa noche estrellada, en el inmenso palacio, se reunieron las personas más selectas. Tanto yo como mi amante estábamos espléndidas. Yo iba vestida con un traje plateado, con una máscara a juego y el infaltable abanico. El color de piel natural de Lady Almahin contrarrestaba de maravilla con el dorado de su atuendo y se veía más maravillosa que nunca.

La velada no podía ser más perfecta: músicos tocando, el champagne corría en abundancia y la gente reía feliz y despreocupada. Hasta que mi universo se estrelló como la copa que se resbaló entre mis dedos, cuando en un momento dado vi como la guardia real apresaba a Lady Almahin y a su marido y comenzaban a escoltarlos, delante de todos, fuera del salón.

Un intenso cuchicheo comenzó a expandirse entre los presentes, aquí y allá escuché palabras como «espía» y «guerra». No entendía nada de lo que estaba pasando, solo podía ver a mi amada, agarrada por su frágil brazo desnudo, siendo empujada y maltratada por un guardia de la corte real.

Quería gritarle que la amaba y que iba a estar todo bien. Pero no podía, no estaba segura de si era por la certeza de que le estaría mintiendo o el miedo de que a mí también me llevaran. Tampoco podía hablar, estaba allí petrificada junto a mi marido, rodeada de gente, incapaz de pronunciar una sola palabra.

Sólo hubo una cosa que fui capaz de hacer. Un gesto que significaba el mundo para mí. No sé si podría verme entre la gente, con lo nerviosa que debía de estar al verse apresada. Aun así, si no podría besarla por última vez, al menos tendría aquel momento. Tomé mi abanico, lo abrí, lo agité dos veces hacia mi cuerpo, lo golpeé en mi mano contraría, giré mi muñeca y volví a repetir el gesto.

Todo se había terminado. No sabía qué había pasado, quién era en verdad Lady Almahin, pero había visto casos como el suyo antes y sabía que no acababan bien. Un instante antes de salir por la puerta, con una fuerza que desconocía que tuviera, mi amante superó a su guardia, tomó su abanico e hizo aquel gesto que solo yo sabía lo que quería decir. No miró a nadie en concreto, para no dejarme en evidencia, pero estaba claro que era para mí.

Los guardias volvieron a tomarla por la fuerza y la sacaron del castillo. Estaba segura de que nunca más volvería a verla. Mi mirada se fue instintibamente hacia mi marido, ahora él era todo lo que me quedaba. Suspiré profundo pensando lo aburrida que sería mi vida de ahora en adelante. Me quedaba el pequeño consuelo de saber que por lo menos habíamos tenido un último beso, aunque fuera por medio de un abanico.

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