El beso de Gustav

Lo primero que sentí fue el codo. Podía percibir que se trataba de un miembro fino y delicado. Todavía no tenía ojos, así que no veía exactamente cómo era este pedazo de mi brazo, pero parecía que estaba a punto de convertirme en una mujer. Lo próximo en aparecer fueron mis rodillas, pies y delgado cuerpo cubierto por una túnica. De momento no podía verme a mí misma ni a quien me estaba pintando. Lo que sí ya no me quedaba ninguna duda, era que iba a convertirme en un espécimen del género femenino y me sentía muy sexy.

De repente se hizo la luz. Tenía un par de ojos que me permitían ver lo que estaba ocurriendo alrededor mío. Lo primero que pude observar fue al pintor, que realizaba su trabajo muy concentrado, sobre el lienzo en donde me estaba retratando. Se lo veía muy serio e involucrado con lo que hacía. El hombre tenía el cabello distribuido en la cara de una forma muy extraña. Una espesa barba le cubría medio rostro, mientras que en la parte superior no tenía nada de pelo, solo unos cuantos manojos a cada lado muy despeinados. No lo quería interrumpir, pero no me quedaba más remedio que hacerlo.

–¿Disculpe? Ejem… ¿señor? –dije intentando sonar lo más cordial posible–, ¿qué se supone que está haciendo?

–¡Buenos días, señorita! –dijo el pintor con alegría alejándose un poco de mí–. Mi nombre es Gustav, el tuyo es Adele y el día de hoy soy tu creador.

–Sí, sí, todo muy lindo –lo que ocurría era demasiado importante como para guardar las formas–. No me ha contestado la pregunta más importante.

–¡Uy! Pero qué carácter que tenemos –dijo Gustav que se había vuelto a acercar y me bosquejaba unos círculos sobre la túnica–. Creo que esto merita que seas una pelirroja.

–¿De verdad? Te gusta divertirte a costa mía ¿eh? –la irritación crecía dentro de mí a medida que los trazos daban forma a mi cuerpo–. Es mi destino, mi futuro, lo que voy a hacer para toda la eternidad.

–Bueno, tranquila, pasarse la vida rezando es una función muy digna –Gustav bebió un sorbo de una copa de vino que tenía sobre la mesa y me miró con satisfacción. Detrás de él se podía ver un estudio desordenado. Había lienzos sin acabar por doquier, donde predominaban los tonos amarillos y marrones–. ¿No estamos de acuerdo?

–Estás jugando conmigo, ¿no? –pregunté sintiendo que mi corazón de tela se comenzaba a agitar–. ¿Me estás tomando el pelo que todavía no tengo?

–Eso lo solucionamos ya mismo –con un pincel empapado en un tono rojo vivo, el pintor creó mis cabellos con unas pinceladas ligeras–. ¿Qué tiene de malo rezar?

–¿Qué tiene de malo? ¡Todo! –dije perdiendo los estribos–. Primero que nada soy atea. Segundo estar en esta postura arrodillada para el resto de la eternidad es bastante insufrible. Y por último, no puedo creer que, en esta era de libertinaje y divertimento, no me des un compañero con el que disfrutar de este hermoso cuadro.

–Adularme es una buena estrategia, me gusta. Por eso te voy a dar un compañero de rezos –me dijo Gustav que seguía concentrado en su trabajo.

–¡Compañero de rezo! ¡Pero qué…! –no pude seguir hablando, porque Gustav había pintado una mordaza sobre mi boca.

–No te preocupes, esto es temporal, solo mientras termino de pintar, que si no, no puedo concentrarme.

Quería gritarle de todo, pero las palabras no salían del lienzo. Lo que empezó como un bosquejo, con los días fue cobrando forma. Me estaba resignando, con el espantoso pronóstico que auguraba mi futuro, cuando empecé a sentir unas manos alrededor de mi cuello. Esa sensación podía representar tanto que alguien estaba a punto de asesinarme o el abrazo de un amante.

Ver mi brazo cobrar forma alrededor de su cuello y sentir mi mano opuesta acariciándolo, me dio esperanzas de que nadie podía asesinar a otra persona de esa forma. Se percibía cariño y ternura en ambos gestos. Solo faltaba que el pintor dibujara la cara de mi amante, cuando Gustav me dejó por fin hablar.

–¡Sabía que no me ibas a defraudar! –grité emocionada–. Este es mi amante, ¿no?

–Exacto. Ahora sólo me falta darle los últimos toques a la cara y establecer con precisión lo que están haciendo –dijo Gustav mirándome fijamente–. Como te portaste bien y no hablaste te doy a elegir la actividad.

–Ja, ja, que generoso –dije con sarcasmo–. Quiero un beso Gustav, un gran beso.

–Eso será entonces.

Momentos después, sentí los labios de mi amante que se formaban en mi mejilla. Ese gesto no era exactamente el que tenía en mente, pero Gustav logró generar tal clima de pasión dentro de la pintura, en la cual viviría hasta el final de los tiempos, que me quedé callada. Al fin y al cabo, sin importar que fuera en la mejilla, un beso sigue siendo un beso.

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