El ladrón de besos

Estar detrás del escenario hacía que Dani se sintiera muy nervioso. A sus cuatro años era su debut artístico, acompañando a sus compañeritos de clase en una obra donde representaban a unos animales de granja rebeldes que se escapaban para formar una banda de rock. Sus papás lo habían convertido en el cerdito más adorable, con unas orejas rosadas y una colita enrulada a juego.

Como para todos los niños, para Dani ver a sus papás ahí sentados en la tercera fila por entre las cortinas negras era un alivio. Lo hacía sentir más tranquilo y confiar en que todo saldría bien. La música comenzó a sonar y pronto todos los niños estuvieron en el escenario, llevando adelante su actuación.

Los nervios se habían acabado, la adrenalina del momento y lo divertido de la música hicieron que Dani se lo pasará genial bailando y no pensara en nada más. De lo que el niño no se había olvidado era de sus padres, que estaban allí aplaudiendo entusiasmados. Cuando la canción terminó, todos los pequeños hicieron una exagerada reverencia y se despidieron del público. Pero antes de abandonar el escenario, Dani se besó la mano dos veces y le tiró un saludo a cada uno de sus padres.

El beso que iba dirigido a su padre llegó a destino y este lo recibió emocionado. La mamá de Dani no tuvo tanta suerte. Porque cuando el beso venía veloz camino a ella, esquivando los rulos armados de una abuela, el sombrero de bombín de un señor muy elegante y unas trenzas de colores de una jovencita, una mano ágil lo interceptó.

La receptora del beso frustrado ni se dio cuenta de que el saludo que le había enviado su pequeño hijo no había llegado a destino. Pero el beso sí que lo sabía. Intentó resistirse con todas sus fuerzas cuando aquella persona cruel sacó un frasquito transparente de dentro de su chaqueta y encerrándolo dentro de él hizo efectivo su secuestro.

El beso estaba desesperado. El recipiente era frío y duro, no como la piel a la que él estaba destinado.  Su objetivo era llegar a la cara suave y cálida de la mamá de Dani, no pasar toda su existencia escondido en un recipiente de vidrio, atrapado debajo de la chaqueta de una persona que aún sin conocerla solo podía definir como malvada. El hombre se había reido por lo bajo mientras alejaba al beso de su destino, él no tenía afecto en su vida y su misión parecía ser impedir que nadie más lo recibiera.

La segunda parte acabó relativamente pronto, porque antes de que pasara demasiado tiempo se vio en un estante rodeado de una amplia cantidad de saludos frustrados que no había llegado a su destino. Un adiós con la mano que alguien no había visto a tiempo, un “te quiero” apenas susurrado, un “la próxima te toca pagar a vos” a grito pelado pero sofocado por la música de una discoteca.

Era una situación que el beso jamás se hubiera imaginado en su corta vida. Muchos podrían ver aquel secuestro como algo beneficioso. En definitiva su tiempo en el mundo era muy corto, mucho más que el de una mariposa. Su vida hubiera consistido sólo en despegarse de los labios de Dani, viajar por el aire hasta alcanzar a su mamá y dejar de existir automáticamente en el momento en el que tocará su piel.

Para un beso, y más uno como él, sentimental y querendón, llevarle cariño a una persona lo era todo, igual que para el resto de saludos que estaban en aquel estante. A algunos se los veía ya cansados, desanimados y sin esperanza de salir alguna vez del cautiverio al que los había sometido el ladrón de afectos. Otros, privados de libertad más recientemente, se retorcían aún, luchando para escapar de aquel destino fatídico. El hombre que los había llevado a esa situación pasaba a veces por allí y se deletiba sabiendo que había robado a otras personas de su felicidad.

Inspirado por su reciente libertad, el beso intentó persuadir a todos que su situación era muy triste, que tenían que hacer algo para cambiar. No podían dar sus vidas por perdidas, debían jugárselo todo para poder cumplir con el propósito con el que habían sido creados. Unos pocos parecieron motivarse y se movieron inquietos en sus frascos, pero en general parecía que todos los saludos estuvieran un poco resignados con su destino.

Cuando el beso pensó que todo estaba perdido, un rayo de esperanza llegó a él en forma de canción. En algún auto que estaba estacionado en la calle, a donde daba la habitación, estaba sonando la canción “El amor es más fuerte”. Lo acordes de la música fueron inundando la habitación y comenzaron a despertar hasta los saludos más dormidos. Uno a uno comenzaron a agitarse en sus frascos, motivados por los versos.

Todos sabían que ese no era el lugar al que pertenecían. Había personas que esperaban por ellos, gente que se había quedado sin las muestras de afecto que le habían enviado sus amigos, familiares y amantes. Era el momento de revolucionar, de escaparse de esa prisión y darle a aquellos que se lo merecían el amor que les había sido negado por el ladrón de afectos.

El estante empezó a vibrar al ritmo de la música y de los sentimientos que estaban desesperados por huir de los frascos represivos que no les permitían llevar a cabo la misión de su vida. Cuando unos pocos se había agitado, nada había pasado. La madera de los estantes era más resistente que el esfuerzo de cada uno de ellos por separado, pero no había mueble que pudiera soportar el impulso de todas las sensaciones tanto tiempo reprimidas.

Los clavos se soltaron de la pared, la madera cedió bajo la presión y todos los frascos volaron por el aire. Con una gran explosión todos los saludos se liberaron y pudieron por fin dirigirse hacia sus destinatarios. Escaparon por la ventana y dependiendo de cuál era su objetivo final, unos fueron dirección norte, sur, volando por el cielo o moviéndose entre las ramas de árboles.

El beso dirigido a la mamá de Dani se sentía aturdido. No daba crédito al aire que lo golpeaba y le costó un poco ubicarse. Le parecía mentira haber sido capaz de motivar a los demás saludos y entre todos ganarse la libertad. La euforia hacía que se moviera sin rumbo, siendo arrastrado por el aire sin tener muy claro para dónde dirigirse.

Finalmente recordó a Dani, el pequeño cerdito más adorable del mundo, lleno de amor por su papá y su mamá. Pensar en ella y el cariño que nunca había recibió hicieron que el beso rememorara cuál era su misión en esta vida y se encaminara hacia su destino final, la mejilla de la mamá de Dani.

Voló entre autos y casas. Se escurrió entre las manos de las personas y chocó de lleno con pájaros y mariposas. Observó el mundo desde lo alto del cielo y fue al ras de la tierra. Un instinto superior a cualquier cosa lo guiaban. El cariño de un niño por su madre le fue marcando el camino hasta que llegó a una pequeña casa de techo de tejas naranjas. Bajo la luna de la noche vio una ventana abierta que permitía que entrara la brisa del verano.

Con mucha precaución el beso se adentró en el cuarto de los padres de Dani, donde ambos descansaban en una gran cama. La madre del pequeño estaba acostada boca abajo y sus cabellos le cubrían parte de la cara. El saludo se acercó a ella con precaución, disfrutando de los últimos momentos de existencia. Pero aquel era su destino, así que sin dudarlo un segundo más se plantó en la mejilla de la mujer, quien sintiendo el cariño que invadía su cuerpo, continúo durmiendo, pero ahora soñando con su adorado hijo.

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