El corredor de los besos

El pueblo en el que vivían Eduardo y Ella era muy pintoresco, rústico y tranquilo. Consistía de un montón de casitas de madera apiñadas al pie de una montaña, el aire era puro, los caminos de tierra y todos los vecinos se conocían. Los habitantes de esta región se conocían, respetaban y eran como una gran familia. Con la excepción de dos personas.

Quienes no se tenían nada de cariño eran justamente los padres de nuestros dos protagonistas, adolescentes en la época que se desarrolla esta historia. En una de las esquinas de la plaza principal, Maurice, el padre de Ella, tenía una panadería donde hacía los que él consideraba que eran los panes más sabrosos y esponjosos de la región. En la esquina opuesta, Gastón, el padre de Eduardo, era propietario de una tienda de galletitas y pastas. Y tan enfrentados como estaban los edificios, enemistados se sentían los comerciantes.

Sobre cada uno de los negocios estaban las casas donde habitaban ambas familias. Así que desde muy pequeños los dos niños se podían ver el uno al otro desde las ventanas de sus respectivas habitaciones. Ella vio evolucionar a Eduardo de un renacuajo flacucho con dientes gigantes y pecas en la nariz a un joven con músculos definidos, con piel morena y cabellos rizados y oscuros. Por otro lado Eduardo observó como Ella dejaba de ser una pequeña regordeta con unos cabellos rubios indomables, para desarrollar unas hermosas curvas femeninas y aprender a llevar con mucha gracia su pelo en largas trenzas adornadas que enmarcaban su preciosa cara.

Hubo un día en el cual fue evidente para ambos jóvenes que no podían quitar el ojo de encima el uno del otro. Llevaban una vida entera mirándose y descubrieron que querían hacer mucho más que eso. Debido al gran enfrentamiento que había entre sus padres, los dos chicos decidieron que era mejor vivir su relación en secreto. Se escapaban al lago, paseaban por el bosque, y más que nada se miraban desde una ventana a la otra, cuando no había nadie por allí que pudiera verlos.

El verano en el que nos situamos, los jóvenes estaban más enamorados que nunca. De ventana a ventana se lanzaban cartas de amor, mientras sus padres descansaban en sus casas, ajenos al gran cariño que crecía entre sus hijos.

Los días se sucedían uno tras otro siguiendo una misma secuencia: mientras que el potente y rechoncho Maurice le agitaba una flauta de pan a Gastón diciendo que la baja calidad de sus galletitas afectaba la reputación del pueblo, Eduardo, subido al alféizar le tiraba besos a Ella, pero en una oportunidad en particular se asomó demasiado. El espacio que los separaba era muy reducido y por hacer malabares para sortear la distancia el chico se cayó a la calle, rompiéndose la pierna en dos partes.

Semanas más tarde, mientras Gastón le increpaba a Maurice que intentaba robarle a los clientes, difamando sus pastas y atraer a la gente a su tienda con mentira, Ella intentó la misma hazaña que su joven galán, sintiéndose tan cerca de él que podía estirar el brazo y tocarlo, cuando también se resbaló de la ventana. Tuvo un poco más de suerte y en lugar de llegar a caer al suelo, un gran clavo se enganchó en su camisón, deteniendo la caída. Así que a primera hora de la mañana, quien pasara por allí, podría haber visto a Ella, semi desnuda, con el camisón rasgado, colgando de la ventana. Pero aquel día la fortuna en verdad la acompañaba y pudo volver a entrar a casa a escondidas y sin que nadie la viera.

El pequeño corredor que los separaba representaba una agonía para ellos, estar tan cerca pero tan lejos a la vez los mataba. Si ambos estiraban sus manos, casi que podían tocarse con la punta de los dedos, pero sus deseos desesperados de besarse se veían frustrados por la mínima separación.

Un sábado los jóvenes se sentían más enamorados que nunca. Eran las fiestas de su pueblo y en la calle un hervidero de gente que iba y venía disfrutando del carnaval y la comida que se servía era tan fuerte como la pasión que consumía a los adolescentes, que se perdían en los ojos uno del otro, sin poder apartar la mirada por un segundo.

Abajo sus dos padres estaban igual de intensos. La gente que iba y venía hacía que la enemistad entre ambos fuera más grande todavía, se peleaban por los clientes, insultaban a gritos, tiraban cosas por la cabeza y la gente que estaba por allí se paraba a mirarlos como si fuera un espectáculo más de la feria.

Las ganas que Ella y Eduardo tenía de besarse, sentir sus cálidos labios unos sobre otros eran inmensas. Sus padres estaban ambos rojos de odio, queriendo ahorcar el uno al otro. La fiebre de los chicos crecía, estaban tan cerca. La rabia de los comerciantes aumentaba, estaban demasiado pegados. Los adolescentes no podían dejar de mirarse, era físicamente imposible, estaban prendados. Si tan solo pudieran estar más cerca, pensaban.

Y alguien o algo pareció escucharlos. Porque aun estando congelados junto a la ventana, observándose ambos adolescentes sintieron como sus casas comenzaban a moverse debajo de sus pies. Una fuerza sobrenatural estaba cumpliendo sus más profundos deseos y sin destrozar sus viviendas, las estaba acercando de forma que ahora la distancia que había entre una ventana y otra no era tanta y los chicos podían alcanzarse.

Todavía un poco asombrada por lo que acababa de pasar, las manos de Ella recorrieron los brazos de Eduardo hasta llegar a sus hombros, mientras que él rodeaba su cintura y la estrechaba contra su cuerpo, inclinados sobre las ventanas, existiendo todavía una brecha importante entre los dos. Ambas caras se acercaron y sus labios se fundieron en un apasionado beso que se prolongó durante unos intensos minutos.

Debajo de ellos, en la calle, el pueblo entero y todas las visitas de los alrededores dirigieron su atención a las dos casas que acababan de moverse. Y al inmenso asombro que invadió a todos al ver lo que acababa de ocurrir con los dos edificios, se sumó la gran sorpresa de descubrir a los hijos de los dos comerciantes eternamente enemistados, enzarzados en un gesto de amor.

Quienes más impactados quedaron fueron los padres de los chicos y no supieron muy bien cómo reaccionar, lo que acababa de ocurrir no podía ser casualidad. La tierra no se movía sin razón aparente. Tanto Maurice como Gastón observaron sus casas, a sus dos hijos y el uno al otro. Ese mismo ciclo se cumplió tres veces hasta que los adolescentes dejaron de besarse.

Todavía abrazados, Eduardo y Ella miraron a sus padres. Ni los ojos de Gastón ni los de Maurice podían creer lo que veía. Era su peor pesadilla hecha realidad, se miraron desafiante y empezaron a moverse el uno en dirección al otro cuando la tierra volvió a temblar. Las casa de ambos parecieron acercarse aún más, llevando a que el abrazo entre sus hijos fuera todavía más apretado. 

El miedo los congeló y Maurice se atrevió a dar otro paso con reparo, ante lo cual el suelo vibro ligeramente. La señal parecía estar tan clara ante ellos que no tuvieron más remedio que darse la mano, presionados por el público expectante, sus propios hijos y nada más y nada menos que la fuerza sobrenatural que había movido sus casas. Una voz superior había hablado y ellos no tenían más remedio que obedecer.

Desde ese día en adelante, el pequeño pasillo que se formó entre ambas casas es conocido como el corredor de los besos. La pareja, siguió adelante con su relación, que se mantuvo fuerte y unida hasta el día en que murieron. Sus padres, decidieron que no tenía sentido seguir peleando y unieron sus negocios, dejando siempre intacto aquel corredor que se convirtió en la causa de una fuerte alianza, y para sorpresa de ambos, una agradable amistad.

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