El reflejo de un beso

Peor momento de toda la semana, era lunes de mañana. Alicia abrió los ojos con desgana y apagó el despertador. Era hora de comenzar con la rutina diaria. Antes de levantarse de la cama hizo un repaso mental de todo lo que tenía que hacer durante el día: trabajo, gimnasio, compras para la cena. Gonzalo no se había despertado todavía, así que sin mirarlo siquiera, lo sacudió un poco y le dijo que era hora de levantarse.

Media hora después, un poco más despiertos, desayuno comido, dientes cepillados y vestidos como correspondía a sus cargos laborales, la joven pareja bajaba en el ascensor. El cubículo era como podría ser uno en cualquier edificio, de alguna ciudad, en un país indefinido. Como tantos otros ascensores, tenía un gran espejo.

Mientras bajaban piso a piso Alicia miraba su reflejo y acomodaba su cerquillo castaño y observaba que el maquillaje le había quedado muy bien, resaltando sus ojos marrones y el color canela de su piel. Vestida estaba impecable, así se lo exigía su empleo de gerente de un banco. Su traje negro de falda y chaqueta enmarcaba perfecto su cuerpo alto y esbelto y la camisa blanca deba un toque de elegancia y limpieza que le parecían esenciales. Iban casi vestidos de gemelos con su esposo, que también llevaba un traje negro y camisa blanca, con la nota de color que le daba su corbata verde que combinaba con sus ojos que habían enamorado en algún momento a la mujer que hoy tenía al lado.

–No te olvides de comprar el aceite –Gonzalo se arreglaba la corbata mientras se miraba en el espejo. –Yo voy a pasar por la pescadería a levantar el salmón.

–Sí Gonzalo, ya lo tengo cubierto, voy a ir al supermercado cuando vaya a buscar tu traje a la tintorería. –Alicia miraba su vestimenta, pensando que era mucho más elegante que la de la empleada del cubículo 5, sobre la que sus compañeros tanto hablaban.

Devuelta en casa después de un largo día, Alicia sentía que el día había sido tan monótono y agotador como cualquier otro lunes. La sensación que experimentaba mientras esperaba que llegara el ascensor no era de cansancio. Era de hastío. Todo parecía demasiado igual que ayer. Y a mañana. Siempre esperando por algo que parecía que nunca iba a pasar. Tratando de avanzar de casillero para llegar a la meta que nunca se materializaba. Segundos antes de que la puerta se cerrara entró su marido al ascensor.

–Tengo el pescado –dijo Gonzalo levantando la bolsa y mirando a su mujer en el espejo.

–Genial –Alicia se miraba las arrugas y pensaba que no podía permitir que la frustración de la tarde se tradujera en su cara –Un día de estos me va a salir una arruga tan grande que me va a marcar toda la cara.

–Otra vez Mario…–una sonrisa casi se escapa de los labios de Gonzalo.

–¡Sabes que es en verdad injusto lo que pasa! No puedo creer que ese inútil gane más que yo solo porque tiene un órgano reproductor más codiciado que el mío.

–¿Más codiciado que el tuyo? –preguntó su marido sonriendo.

–Sabés bien de lo que hablo –dijo Alicia irritada, todavía mirando con atención la odiosa arruguita.

–Bueno, habla con tu jefe…

–Sabés que tiene el mismo órgano que el idiota. Es un caso perdido.

El resto del trayecto hasta el piso veintitrés transcurrió en silencio.

Pronto volvían a estar en el ascensor con dirección a un cumpleaños. En honor a la verdad ninguno de los dos se fumaba ya al gordo. Había sido muy amigo de Gonzalo cuando iban al liceo, pero a medida que iban creciendo sus intereses y la vida misma los iban llevando a lugares diferentes. La única razón por la que él lo seguía tolerando era porque era parte de su grupo de amigos, y el motivo por el que iban a su fiesta era para demostrarle a Alicia que había compromisos ineludibles.

–No me digas nada, ya sé que no querés ir –dijo Gonzalo una vez que subieron al ascensor –No tenés por que tirar mala onda.

–No dije nada de nada –Alicia intentaba sin éxito desenrollar la cadena que se había enredador alrededor de su cuello. En el espejo no lograba ver muy bien el broche y se negaba a pedirle ayuda a Gonzalo –Lo que no entiendo es porque vos querés ir. Si sé que te cae tan mal como a mí.

–Sabes que no va por ese lado.

–Y la novia espantosa esa que se consiguió. ¿Cómo no se da cuenta que está con él solo por la plata? Igual quien más se lo va a fumar. Y lo mal que la trata. Es obvio que quiere ser una mantenida.

La respuesta de Gonzalo a la acusación de Alicia nunca llegó porque en ese momento se abrió la puerta del ascensor. Fue un alivio para él, porque tendría que haber mentido o reconocido que ella tenía razón y no estaba seguro de cuál de las dos era peor. Le esperaba una larga noche por delante.

Si bien la fiesta en la casa del gordo había tenido una gran cuota de molestia, nada podía compararse con la cena en la casa de los padres de Gonzalo la noche siguiente. Siempre era la misma historia, los mismos comentarios y él nunca sabía dónde meterse. Condenado eternamente a elegir un bando, optando por ofender a su madre o a su esposa. Mientras subían en el ascensor, una vez que volvieron a casa, se arrepentía de esa noche haber elegido el lado de su progenitora.

–¿Por qué le cuesta tanto entender a tu mamá que es un tema nuestro y no de ella? –dijo Alicia mirándose la barriga en el espejo con aire distraído –Cuando el momento llegue nosotros vamos a saberlo. Es una cosa muy privada de una pareja. ¿Por qué se mete de esa forma?

–Sabes que no lo hace de mala voluntad. Lo dice porque quiere tener nietos. No es por herirte.

–Por favor Gonzalo, no te hagas que me haces enojar. Entiendo que quiera nietos. Pero esos comentarios con doble sentido, ¿son necesarios? Y hablar contigo como si yo no estuviera presente. Muy desubicada.

¿Qué pasaría con su vientre plano? Pensaba Alicia mientras que el ascensor, como la discusión con su marido, subían de piso y de tono. Toda la vida se había esforzado por mantenerse en forma. Ahora su cuerpo se arruinaría con un bebé. Era consciente de lo superficial de ese pensamiento, pero sumado a que su carrera quedaría congelada por un tiempo y que su vida empezaría a girar en torno a otra persona, era una decisión nada fácil de tomar.

La noche fue aún más difícil para el matrimonio que el viaje en el ascensor. Dudas, inquietudes y reclamos estuvieron presentes. Los dos entendían que era momento de avanzar, que sus vidas se habían estancado. Pero ninguno estaba dispuesto a ceder. Sabían que muchas cosas que los habían unido en el pasado ya no existían, pero otras habían surgido. La pregunta era si eran suficientes para reconvertirlos como pareja.

La pregunta acompañó a ambos cuando se fueron a dormir todavía enojados, pero no el uno con el otro, sino con la idea de que todo no era tan fácil como habían pensado. Que la vida les había demostrado que era una batalla continua por alcanzar una meta que se renovaba, que algunas veces los acercaba y otra los alejaba, y la clave era, buscar ese punto medio. El sillón fue la cama de Gonzalo esa noche y teniendo los rituales tan incorporados, la pareja se rencontró en la puerta del ascensor.

Los dos se sentían. El viaje que les esperaba por delante era aún más incómodo que con un perfecto extraño. ¿Había quedado algo por decir? ¿Qué había en el destino para ambos? Ellos se querían y deseaban estar juntos, de eso no les quedaba la menor duda. ¿Pero era suficiente? Ese pensamiento pasó por la cabeza de los dos cuando entraron en el ascensor.

La sorpresa de ambos apreció en sus rostros, pero no se vio reflejada en ningún lado porque delante de ellos ya no estaba el espejo. Eran tan extraño, estar allí parados, enfrentados a una pared y el matrimonio se movió incómodo no sabiendo muy bien qué hacer. Tenían que hablarse, pero hacerlo sin el espejo de por medio era terrible. Enfrentarse el uno al otro, en aquella reducida intimidad, los asustaba.

Con cuidado, despacio y casi sin darse cuenta Gonzalo y Alicia se dieron vuelta hasta quedar uno frente al otro. Por primera vez en mucho tiempo parecieron verse. Observaron con detenimiento la cara de esa otra persona con la que vivían, dormían a su lado y que no habían mirado con atención en un largo tiempo. En ese segundo, esa fracción de un instante que podría haber sido eterno, pero duro casi nada, ellos entendieron que todavía se amaban, y si bien podía ser que no lo hubieran visto antes, había sido solo porque no habían mirado bien.

El ascensor siguió descendiendo mientras las emociones de ellos dos se elevaban. Aquel viaje sirvió para reencontrarse, para volver a conocerse, con tan solo una mirada directa, ya sin espejo de por medio, se salvó su matrimonio. Sin decir siquiera una palabra se lanzaron a los brazos del otro. Se besaron como si fuera el primer y último beso que se darían. Perdieron la noción del espacio, del aire, del tiempo y del espejo. Cuando el ascensor se abrió por fin, ante la mirada sorprendida del portero, todavía estaban besándose.

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