Beso de luna

Me había ganado el apodo de bruja no bien entrar en la adolescencia y lo cierto era que lo había logrado por mérito propio. No era algo que me molestara, ya que era real que podía manipular los elementos y las fuerzas de la naturaleza para mi beneficio. Lo que me irritaba de sobremanera era que lo dijeran con desprecio y mirándome por encima del hombro. Siendo realista era lo que podía esperarse del puñado de habitantes prejuiciosos de un pueblo perdido entre las montañas y el bosque, pero aun así me volvía loca.

Con el objetivo de alejarme de los ojos escrutadores y poder desarrollar mis actividades sobrenaturales en la máxima tranquilidad fue que me instalé en el medio del bosque. Sabía que vivir allí solo aumentaba los rumores que giraban en torno a mi persona, así que en lugar de luchar contra ellos, los potenciaba. Por lo tanto cuando iba al pueblo enmarañaba mis cabellos marrones, los decoraba con hojas, me embadurnaba la cara y la parte baja del vestido con barro y caminando por las calles del pueblo descalza escandalizaba a todos los habitantes. Era divertido desplazarme rodeada de susurros y miradas temerosas.

El gran inconveniente era que me llegaba a sentir muy sola. A pesar de saber que yo era especial, que tenía un don envidiable y que era capaz de llevar a cabo cosas que esas personas no lograrían jamás, me sentía abandonada en mi genialidad. Quería poder hablar con la gente, pero sin tener que tolerar sus prejuicios irracionales ni ideas preconcebidas. Un día se me ocurrió que podía lograr este objetivo, solo tenía que inventar un hechizo que me permitiera bajar la guardia de mis vecinos para poder disfrutar de un rato ameno con ellos.

Desarrollar un hechizo es un proceso muy similar a inventar una receta de cocina. Una buena bruja sabe con precisión como los distintos instrumentos de la naturaleza combinados con energías paranormales pueden afectar el ánimo del ser humano. Los 4 elementos son el ingrediente base para cada hechizo. La tierra habla de la materia, de la base de la cual partir, el agua es el conector que todo lo mezcla, el viento le da el soplo sobrenatural y el fuego es la chispa que enciende.

Los otros ingredientes para lograr mi tan deseado hechizo eran bastante básicos y los conseguí con relativa facilidad: cabellos de los habitantes del pueblo, cerveza, pétalos de rosa y otras cosas irrelevantes. Pero como toda buena receta, necesitaba de un sazonador clave que la diferenciara del resto. En aquel caso se trataba de un ingrediente muy especial y sería todo un desafío obtenerlo: el primer beso casto e inocente entre dos jóvenes vírgenes.

Lograr captar la esencia de este acto de amor, compartido bajo la luz de la luna era imprescindible para triunfar en mi misión y para eso tuve que hacer uso de mi amplia gama de recursos mágicos.

La gran dificultad era que en una población tan reducida, los vírgenes inocentes no abundaban. Había algunos pocos potenciales candidatos y después de evaluarlo fríamente, escogí a la delgada y pálida hija del herrero y a un joven de otro pueblo de melena castaña hasta los hombros que había adoptado el posadero para que lo ayudara en la cuadra. Debido a que para que el beso fuera efectivo tenía que ser espontáneo, tuve que ir haciendo un trabajo fino para provocar ocasiones casuales para que los chicos se fueran conociendo y enamorando.

Cuando consideré que el afecto que había entre ambos era el suficiente, llegó el momento de pasar a la acción. Una mística noche de niebla, hechicé a ambos adolescentes para que en el medio de la hora bruja abandonaran la protección de su lecho y se adentraran en la espesura del bosque.

Vigilando cada paso de la pareja, puede ver como ambos se deslizaban casi flotando en sus vaporosos camisones blancos guiados por el hechizo. Una vez que los dos llegaron a un claro bañado por la luz de la luna, tuve que levantar el encantamiento al que los había sometido para que actuaran por si solos. La sorpresa de verse en aquel lugar, sin saber cómo habían llegado hasta allí fue muy grande, pero contaba con muchos recursos y no perdí el tiempo y desplegué todas mis estrategias para que ninguno se concentrara en lo que pasaba y pensaran solo en el amor.

La luna me favoreció enormemente con sus poderosos rayos embriagadores que hizo que la visión que los chicos tenían el uno del otro en ese momento fuera esplendida. Con la tenue iluminación los adolescentes parecían brillar y su piel suave y tersa invitaba a ser tocada, por eso, magnetizados por su belleza, tanto uno como otro se fueron alejando de los árboles hasta quedar a un palmo de distancia.

El concentrado aroma a jazmín que esparcí por el aire se fue colando en los pulmones de ambos jóvenes y aflojando cada músculo de su cuerpo, invadiéndolos con una sensación de delicioso placeros cuerpos de ellos se acercaron aún más y el aire que expulsaba uno se metía en el cuerpo del otro, hasta que llegaron a tocarse y no quedo más espacio entre los dos.

Por último, apoyando mis manos en la tierra les envíe mi deseo latente, la fuerza vital de vida que comenzó a cosquillear en la planta de sus pies y subió por todo su cuerpo, hasta provocar que ambas caras terminaran de hacer el recorrido que faltaba para sellar su amor en un tierno beso. Este gesto lanzó una potente energía cósmica, justamente la que estaba necesitando para llevar a cabo mi hechizo y que recogí emocionada en mi cuenco sobrenatural.

Una vez recogido el último ingrediente, mezclé todo y terminé el conjuro que tanto había planeado. Conocedora como era de lo sobrenatural, sabía que lo ciclos estaban conectados, que no hay magia sin energía y que mi hechizo requería de una luna tan cargada como la de aquella noche para tener efecto.

Con paciencia esperé un ciclo de luna completo. Estaba ansiosa y temerosa que no hubiera funcionado. Aun así no perdía las esperanzas y me ilusionaba pensar en cómo sería cuando llegara la próxima luna. La gran noche estuvo pronto ante mí y cuando comenzaba la hora bruja yo ya iba camino al pueblo, rogando que mis antiguos ancestros me apoyaran con el hechizo.

El viento me acercó las primeras evidencias de que algo había cambiado. Aún no había salido del bosque, cuando ya entre los árboles pude escuchar cómo se deslizaba el ruido de la música, las risas y el canto. Sin lugar a dudas aquello se trataba de una buena señal y tuve que controlar mi emoción y ganas de empezar a correr.

El vibrar de la tierra reafirmó mi impresión de que algo singular estaba pasando. Siguiendo esa sensación movilizadora del retumbar del suelo, me encontré de lleno con un grupo de gente que formando una gran ronda, bailaban al compás de la melodía generada por un conjunto de músicos. Me costaba interiorizarlo, pero cada vez era más evidente que mi hechizo había funcionado.

Seguí caminando, sintiéndome poseída bajo la potente fuerza de una llamarada de fuego, alrededor de cual conversaba un grupo de gente entre risas. Entre las personas reunidas estaba el herrero, que tantas veces se burlaba de mí. Ante mi enorme sorpresa, aquella noche se aceró a mí con total amabilidad y me ofreció una jarra de cerveza.

Poco a poco, bajo la potente luz nocturna, me fui integrando en la fiesta popular, conversando con la gente, bailando y riendo. Era evidente que todos estaban bajo el hechizo, habían sido besados por la luna y esta, por medio de sus rayos les había otorgado la locura necesaria para liberar sus emociones y romper con las barreras que se autoimponían.

Fue la noche más mágica de mi vida. Sentí que por primera vez todos los elementos alineaban para crear una armonía perfecta. Reí, canté, baile hasta que se agotaron mis fuerzas y en ese instante glorioso fui feliz. Sabía que eso no duraría mucho, que una vez que la luna perdiera su potencia vital y se acabara el hechizo todo cambiaría. Mi único consuelo era saber que aquella noche volvería a repetirse en el próximo ciclo y esperaba que durante muchas lunas llenas más.

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