El beso al sapo

La princesa Isabel estaba loca. No era su culpa, pobrecita, nunca había tenido una oportunidad. También, ¿quién podría esperar algo diferente? ¿Cómo puede una niña convertirse en una mujer sana si desde pequeña le dicen que tiene que buscar un sapo para besarlo y que se convierta en príncipe? Aun así era muy buena la pequeña lady. Desde que nació siempre tuvo un inmenso corazón, pero la realidad era que algo allá arriba le funcionaba mal.

Había mucha gente a la que le costaba darse cuenta de que a la princesa algo no le funcionaba como debería. Era una chica rolliza, de alocados cabellos rojos enrulados, muy sonriente y que nunca se aburría. A mí me llevó solo dos segundos ver que había algo un tanto extraño en ella.

Nos conocimos durante una luminosa tarde de domingo. Ella había salido a pasear por los jardines reales llevando un sencillo vestido rosado, una modesta capa gris y sus cabellos rojos y salvajes al viento. Cuando la princesa me vio por primera vez yo estaba chapoteando, remojando mi seca piel verde en un charco poco profundo. Cuando nuestros ojos se cruzaron, vi en su mirada enloquecida que ella sentía que yo era la solución a todas sus plegarias. Acto seguido se echó a correr detrás de mí con una pasión desenfrenada.

Sobra decir que verme objeto de aquel arrebato de locura amorosa no me hizo nada de gracia. No era por discriminar ni nada, ella era una chica muy agradable, simpática y sonriente, pero tengo que confesar que el amor entre especies no es lo mío. La humanofilia se la dejo a los más raros.

En ese momento no me quedó más remedio que emprender la huida de la manera más rápida que pude, dando saltos a la máxima velocidad que mis piernas de anfibio me permitían. Porque no sé si se habrán dado cuenta, pero soy un sapo. En este caso en concreto soy el sapo al que corre una princesa, que quiere darme un beso, pensando que su gesto de amor verdadero me convertirá en un hermoso príncipe.

Así que como todos sabemos que tal cosa no existe y que lo único que lograría la princesa al besarme era dejarme más babeado de lo que normalmente estaba, seguí con mi camino hacia el bosque raudo y veloz. El retoño real me sorprendió al ser capaz de mantener mi ritmo y cuando pensé que todo estaba perdido, llegamos al claro del bosque. No sabía a donde ir cuando el fuerte llanto de un bebé nos distrajo.

Al descubrir a una mujer que había sido golpeada por una rama, la princesa desvió su atención de mí y se fue a ayudar a la pobre madre, que al estar lastimada, no podía atender a su hijo. Durante esos momentos en los que Isabel estuvo ocupada colaborando por el bien de otros, su cara cambió. Su mirada se tornó seria y casi no parecía nada loca. Agradeciendo que la princesa ya no iba detrás de mí, me interné en el bosque, hasta las aguas de un riachuelo, donde me dejé llevar, aliviado.

A la semana siguiente, cuando volví al jardín real, era consciente del peligro que estar ahí representaba. Me persuadí a mí mismo, convencido de que la princesa ni se fijaría en mí, y si lo hacía, jamás se pensaría que se trataba del mismo sapo que la ocasión anterior. Pero su locura volvió a sorprenderme, porque no sólo que se dio cuenta de que era el mismo, sino que parecía más convencida que nunca de darme caza y convertirme de una vez en un príncipe que yo nunca sería.  

Esta vez la distracción que salvó mi integridad física y moral fueron unos hombres, que estaban intentando construir un muelle en el río que cruzaba el medio del bosque. La princesa, gran amante de los puzles y enigmas, vio que era más entretenido ayudar a la gente que seguir corriendo detrás de mí. Otro día mi pellejo estaba salvado.

Cualquiera diría que era yo quien estaba loco por volver siempre al jardín de la princesa, pero la realidad era que ya me había acostumbrado a sus excentricidades y estaba convencido que al final del día ella solo me usaba como excusa para salir huyendo de los opresores límites del castillo. Así fue que la princesa poco a poco, historia tras historias, colaboración tras colaboración, fue creciendo y familiarizándose con la vida de sus súbitos, conociendo sus necesidades y deseos.

Cuando llegó el día de la muerte del anciano padre de la princesa, todo el mundo ya sabía que allí no hacía falta ni príncipe ni sapo, había reina para rato. Los habitantes le dieron el apoyo que ella necesitaba para reinar sola, y con la bendición del consejo asesor se convirtió en la primera mujer en gobernar aquellas tierras.

El día de su coronación, vistiendo aún su pesada corona en la cabeza y capa de terciopelo sobre los hombros, la nueva reina salió al jardín. En el charco de siempre estaba yo, como era costumbre, esperándola. Esta vez, cuando se acercó, no me alejé de ella. Se agachó y me agarró con delicadeza entre sus manos. Con un susurro me dijo “gracias” y me plantó un beso en la cabeza. Por supuesto que no me convertí en un príncipe ni nada que se le parezca, pero desde aquel momento en adelante pensé que era posible que la princesa quizás no estuviera tan loca.

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