El beso del dragón

De fuego y azufre se creía que estaba compuesto un soplo de dragón. El aire que escapaba de sus narinas era considerado capaz de convertir en humo y polvo al más temible enemigo. De todas las criaturas mágicas, esta era la más temida y respetada por el pueblo de Xing–Lang. Estaban convencidos que estos seres maravillosos habían habitado esas tierras miles de años atrás y que su magia todavía existía entre la población que vivía en la zona.

Los habitantes de la región atravesaban una época muy dura cuando los niños besados por el dragón comenzaron a nacer. Las personas que vivían en esta área eran esclavos de sus vecinos invasores, que habían diezmado a su población hacía ya varias décadas y esclavizado a los sobrevivientes, controlando y reprimiendo a sus súbitos para que no se revelaran. Mientras que los invasores vivían en las amplias praderas verdes y fértiles, poco a poco habían ido empujado a los locales al pie de una gran montaña, cuyo pico estaba eternamente nevado y del cual bajaba un caudaloso río.

El primero niño que nació marcado por el dragón, se salvó de no ser ahogado en el de milagro. Al igual que todas las mujeres en ese momento, su madre dio a luz en la pequeña choza de paja donde vivían. La comadrona local ayudó al pequeño a llegar al mundo y cuando vio con horror la mancha roja que se dibujaba en el omóplato del recién nacido, insistió a su madre que se trataba de una señal del demonio y que el niño debía morir.

Por suerte para aquel primer bebé, y todos los que vinieron, vivía en el pueblo la anciana Sra. Long. La viuda era pequeña, menuda y llevaba sus cabellos blancos siempre peinados en un moño. Desde que los habitantes de la zona tenían memoria, la Sra. Long había tenido siempre la misma apariencia. Era una curandera y sabia, por lo tanto respetada y venerada por todos.

Cuando la Sra. Long escuchó los gritos que venían de la casa de la parturienta, se dirigió hacia allí lo más rápido que pudo. Se encontró con una débil madre que discutía con la comadrona, que insistía que la criatura fuera ahogada inmediatamente. Los ojos de la Sra. Long podían estar casi ciegos, pero veían más en profundidad que cualquiera de las mujeres presentes. Al observar al bebé, ella vio en la mancha roja la respuesta que su pueblo tanto había estado esperando.

Haciendo uso de todas las artes que su edad le había dado, la Sra. Long convenció a la madre del infante y a la comadrona de que el niño maldito no tenía por qué morir. Ella lo llevaría a vivir en su casa, donde criaba cabras, en una parte alta de la montaña. El pequeño ayudaría, estableciéndose en los límites del pueblo, a ahuyentar a los visitantes indeseados con su maldición.

Cuando finalmente todos aceptaron, la Sra. Long envolvió al recién nacido en una manta y lo llevó a su casa, donde vivía con sus hijos e hijas. En el momento en que el bebé la miró por primera vez, la anciana vio en sus ojos de langosta, que había más dragón dentro de la criatura de lo que nadie se podía imaginar. Su nacimiento era para ella el primer paso hacia un cambio que muchos habían estado esperando.

No fue tarea fácil convencer al resto de las madres que dieron a luz a niños y niñas con las marcas rojas en el omóplato que se los permitieran llevar a su casa. Pero como el gobernador actual de la región había oído hablar de los pequeños “endemoniados” que llegaban al mundo saliendo de sus madres como si tuvieran cuernos de siervo y no quería que estos niños vivieran en la aldea ni saber nada de ellos. Todos los progenitores escogieron el camino que parecía el más seguro para sus hijos, que era entregarlos a la Sra. Long.

La anciana mujer tenía la suerte de contar con una familia propia numerosa, que le ayudó a criar a más de trecientos niños que nacieron besados por el dragón en un periodo de cinco años. Las propias madres de los pequeños ayudaron a hacer su misión posible, porque de otra forma la Sra. Long no hubiera podido sola con tanto morro de buey.

Los pequeños fueron creciendo con gran rapidez. La Sra. Long descubrió complacida que tenían todos una afilada nariz de perro y la predisposición física para convertirse en jóvenes fuertes y ágiles. El aire de la montaña y la buena alimentación no hacían más que fortalecerlos y su compañía mutua los mantenía siempre activos.

Cuando aparecieron en sus caras los bigotes de bagre, la Sra. Long estaba convencida de que aquel grupo de niños, con el entrenamiento correcto, se convertirían en un gran ejército que no tendría parangón. Así que decidió llamar a los nueve guerreros más poderosos de regiones lejanas, que pudieran enseñar a los niños a convertirse en grandes luchadores.

En el momento en que las melenas de león empezaron a poblar las cabezas de los niños, no había la menor duda de que lo que había augurado la anciana iba a cumplirse. Mientras que en el pueblo la tensión, generada por el hambre y las duras normas impuestas por el gobierno comenzaba a crecer, los niños iban convirtiéndose en adultos con cola de serpiente, escamas de pez y garras de águila. La guerra, entre el pueblo oprimido durante tantos años y los tiranos, estaba a punto de estallar.

Y así fue, que la noche antes de la primera batalla concebida como tal comenzara, los cuerpos de los que habían sido considerados niños malditos se terminaron de desarrollar y en el lugar donde en su nacimiento había aparecido una mancha roja borrosa, ahora se veía claramente la esbelta figura de un dragón.

El enojo y el ímpetu eran las únicas ventajas con las que contaban los habitantes de Xing–Lang, ya que su oponente tenía un ejército mucho más numeroso y mejor armamento. Por lo tanto, el general del ejército rebelde, casi muere en el acto al recibir la visita sorpresiva de una vieja, en extremo arrugada y de una edad indescifrable, en su tienda la noche antes de la gran batalla. La curiosidad del rebelde aumentó aún más cuando la señora le declaró de forma sonriente que tenía una sorpresa para él.

Salieron de la carpa del líder y alrededor de esta el hombre se encontró con más de 300 jóvenes vestidos de negro, que estaba entrenados y listos para liberar las tierras y a su pueblo del bando opresor, que los había tenido bajo su yugo las últimas décadas. El comandante del improvisado ejército no podía creer su buena fortuna. Nunca había visto a los hombres y mujeres de negro en acción y no esperaba mucho de ellos, pero más soldados eran más soldados y él no iba a rechazar ninguna ayuda.

Como víspera de cualquier batalla, esa noche, nadie durmió. Los soldados rebeldes, que se sabían en inferioridad, temían por su vida. El líder se alegraba de tener más ayuda, pero tampoco se tenía fe. Los guerreros del dragón, sentían la marca de nacimiento arder sobre su hombro. Sabían que la batalla que librarían el día siguiente era la razón por la que habían venido al mundo y liberar a su pueblo la causa por la cual se habían entrenado con tanta pasión. 

La mañana de la batalla amaneció con un cielo rojo. Cualquiera hubiera dicho que esta luz auguraba muchas muertes, algo previsible en una batalla. La Sra. Long sabía que se trataba de otra cosa. Era el dragón que se despertaba. La criatura mágica se agitaba de su letargo y se preparaba para venir a ayudar a los que habían sido duramente oprimidos por tantos años.

Ambos ejércitos se enfrentaron bajo el cielo enrojecido. El redoblar de los tambores anunciaba la batalla que estaba a punto de comenzar. Los dos bandos se sorprendieron al descubrir la presencia de los soldados por completo vestidos de negro. Las sorpresas no hacían más que empezar. Desde que los niños eran bebés, la Sra. Long había entendido que había una conexión entre sus guerreros y el dragón que iba más allá de la marca: el fuego.

Mucho aprendieron los niños de los guerreros que los entrenaron. Se convirtieron en sombras sigilosas, con una paciencia infinita y sus propios cuerpos instumentos duros y de dificil destrución. El más especial de sus entrenadores fue quien dominaba el arte de la pirotecnia y había pasado sus conocimientos a sus discípulos, quienes dejaron mudo al enemigo, enfrentándose a ellos con espadas en llamas.

Sobra decir que la batalla en sí no fue muy larga. El enemigo se rindió ante el fuego y la magia del dragón. Este poder sobrenatural expurgó las malas hierbas que habían gobernado la región durante años y por fin los habitantes originales de la zona volvieron a disfrutar de la paz y la libertad. Quienes habían sido rechazados de niños por llevar el beso del dragón, fueron venerados e idolatrados hasta el final de sus días.

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