Besando el polvo

Los cascos del caballo galopaban con fuerza sobre el suelo, y hacían que sintiera que volaba mientras cabalgaba al máximo de nuestra capacidad. El viento que se generaba por la fricción, provocaba que mi cabello castaño ondulado se escapar de debajo del sombrero de ala ancha y me obstaculizara la vista. La arena, que levantaba tanto mi caballo como los del resto, se metía en mis ojos, así que mantenerlos cerrados parecía ser la opción más segura.

De pequeña mi padre solía decirme “Trinity, cabalgar con los ojos cerrados es muy peligroso”. Sobra decir que no estaba de acuerdo con él. Era cierto que así no podía ver lo que había alrededor, pero eso no impedía que pudiera sentirlo. Y lo más importante aún, esto hacía que mi conexión con el caballo fuera más profunda. De esta manera tenía la habilidad de sentir e interpretar los sentimientos de la bestia con más claridad y así saber cuándo debía apretar o cuando tenía que dejar descansar a mi yegua.

Con los ojos cerrados también me era más fácil saber a qué distancia estaban mis competidores en una carrera. Aquel día era diferente, quienes cabalgaban a menor distancia de mi eran aliados, más en concreto, mis hermanas Mary y Siobhan. Ellas dos cabalgaban apenas detrás de mí y las tres encabezábamos la larga carrera que nos daría, a nosotras y muchos más, un hogar en las prometedoras tierras del oeste. 

Esta carrera era parte de la aventura más peligrosa a la que mis hermanas y yo nos habíamos enfrentado jamás. Llevábamos varios días de travesía y horas de cabalgata, que hacían mella en mis músculos y mi espíritu. No podía dejar de preguntarme cuándo llegaríamos por fin a la meta. Pero no estábamos solas. La única manera de lograr que nuestros padres nos dejarán emprender aquel recorrido, había sido aceptando que tres hermanos y doce primos vinieran también. Era un consuelo para ellos y nosotras, más que nada porque se trataban de hombres gigantes y bastante temibles. No había duda de que ellos nos ayudarían a mantener nuestras tierras una vez que las conquistáramos.

Abrí los ojos un momento para evaluar la situación. Entre la nube de polvo vi con desagrado a Sean Mc Crock: un pedante, engreído, de cabeza grande y mucha barba; tan peligroso como insufrible. Tanto su clan, como el nuestro, sabían que el del otro era la mayor competencia. El problema no residía en si ambos podríamos obtener tierras, la causa de nuestro enfrentamiento era una de las mejores parcelas a las que se podía acceder. Se trataba de un espacio que se encontraba en el centro mismo de los terrenos disponibles y que mis hermanas y yo pretendíamos convertir en un saloon.

Mientras cabalgaba como el viento, recordaba la noche que había vivido unos días atrás. Antes de empezar la carrera, habíamos encendido una gran fogata, alrededor de la cual nos sentamos con nuestros primos a cenar, tocar el violín y a beber whisky. Lo estábamos pasando muy bien, cuando desde la oscuridad apareció Sean Mc Crock y su banda. Eran hombres desaliñados que tenían la capacidad de intimidar hasta los gigantes de mis primos.

–Si no es otro que el clan Mc Gregor –Sean bebía whisky de una botella y escupió en el fuego antes de mirarme fijamente –Nos alegramos de que hayan traído chicas para entretenernos.

–Metete en tus propios asuntos, Mc Crock –el gigante de mi primo Paul se puso de pie bloqueando la conexión de miradas que tenía con mi enemigo.

–Dejalo Paul, todos saben que a él de todas formas no le hacen falta las mujeres –dije con sorna y todos mis primos rieron.

–Este es el momento de que te rías, Trinity Mc Gregor, pero cuando te toque morder el polvo, no vas a estar tan sonriente –Sean bordeó a mi primo para mirarme con odio y mis parientes dejaron escapara una exclamación de fingido miedo –Pero no te preocupes, siempre serás bienvenida a trabajar en mi saloon.

El fuerte galope de un caballo a mi lado, que no era el de mis hermanas, me hizo volver a la realidad. Con desagrado descubrí que no era otro que Mc Corck quien estaba a punto de sacarme ventaja y me miraba con unos ojos enloquecidos, que hicieron que la piel se me pusiera de gallina debajo de la camisa roja a cuadros y los pantalones de montar. No podía permitir que ese maldito cerdo se apoderara de la tierra que era para mí.

–¡Vas a morder el polvo Mc Gregor! –me gritó cuando estuvo lo suficientemente cerca.

Ignorando a mi contrincante, me concentré en el terreno que se alzaba caliente y desolado delante de mí. Espoleé a mi caballo con ganas, tenía que lograr deshacerme de Sean Mc Crock y sus compinches como fuera, si quería quedarme con la mejor de las parcelas. No se me ocurría ninguna forma para perderles el rastro, hasta que en el horizonte vi un rayo de esperanza en forma de árbol.

Aceleré el ritmo de mi cabalgata, ignorando la arena que insistía en meterse dentro de mis ojos. A medida que avanzaba, se iba formando ante mí un pequeño bosque de árboles semi moribundos. Ese oasis destartalado me dio una idea que podía ayudarme a deshacer de Mc Crock. Era un poco arriesgado, para mi caballo y yo misma, pero no estaba dispuesta a permitir que aquel bravucón me alcanzara.

Haciendo uso de todas mis habilidades como amazona, continué avanzando en línea recta, en lugar de dar un rodeo al pequeño bosque. La suerte me acompañó y puede sortear el obstáculo que representaban los troncos casi muertos. Escuché con placer el grito que dio Mc Crock, que me dijo que él no había tenido tan buena fortuna como yo.

La carrera empezaba a hacer profunda mella en mí. Había sido un recorrido largo y árido, lo elementos de la naturaleza, sumados al efecto humano, habían hecho que la travesía se volviera casi insoportable. Me dolía el pecho por el esfuerzo físico, mi caballo bufaba debajo de mí por la sed y yo también tenía la boca reseca y los labios partidos por la falta de agua.

No podía dejar de preguntarme cuándo se terminaría de una vez aquella tortura, en el momento en que la respuesta se materializó delante de mis ojos. El grupo de hombres a caballo que veía delante de mí, solo podía querer decir que estaba a punto de llegar al destino. Ese momento era clave. Antes de comenzar la carrera, habíamos observado con atención el mapa de las parcelas que concedían y todos habíamos memorizado el camino exacto hacia las que queríamos.

Pasé rauda y veloz por el costado de los jueces, quienes intentarían mantener la paz y lograr que se respetaran las divisiones de las tierras. Silbaron y aplaudieron al verme llegar, con mis primos, hermanas y cientos de personas más pisándome los talones.  

Algunos de mis parientes se abrieron y dirigieron a las tierras que ellos querían. Mis hermanas y un par de primos me siguieron hacia el centro de los terrenos, mientras que a nuestro alrededor grupos de gente se distribuían aquí y allá. El objetivo estaba cada vez más cerca, casi podía tocarlo con las manos, solo tenía que hacer un pequeño esfuerzo más.

Los nervios, que había podido controlar durante toda la carrera, me afloraron de golpe. Se me formó un nudo en el estómago y las manos que aferraban las riendas con fuerza, comenzaron a sudarme. Siempre me pasaba lo mismo cuando veía la línea de llegada, no podía esperar, sentía que mi cuerpo se descontrolaba y empezaba a tener la sensación de que volaba sobre el caballo.

Y aquel día lo hice de forma literal. Ya podía ver la bandera de la que debía apoderarme para proclamarme propietaria de aquella tierra. Aumenté el ritmo al que cabalgaba con tanto ahínco que el caballo se encabritó justo en el margen de la parcela y me lanzó por el aire con tanta suerte que caí justo al lado de la bandera.

Aún estaba tirada boca abajo sobre la tierra, cuando estiré mi brazo y agarré aquel preciado banderín. Desde el suelo pude ver los cascos de un caballo y levantando la vista me crucé con la mirada de Sean Mc Crock que me observaba con desdén. Sosteniendo su mirada, me agaché un poco y besé el polvo. Su cara se convirtió en una máscara de desprecio aún más intenso y sus ojos siguieron el movimiento a mis espaldas. Mis hermanas acababan de llegar, habían saltado de sus caballos y apuntaban a Mc Crock con sus escopetas, quien no tuvo más remedio que alejarse de allí con la cola entre las patas.

Momentos después llegaron mis otros dos primos y entre los cinco nos abrazamos para celebrar el éxito de nuestra carrera. Era increíble pensar que lo habíamos logrado. Estábamos todos despeinados, bañados en sudor y tierra, pero no podíamos parar de sonreír. Allí de pie, me atreví a soñar por un momento de cómo sería nuestro saloon. Podía verlo en mi mente: su porche de madera, con el abrevadero para los caballos, sus puertas de vaivén, su techo de tejas rojas y, por supuesto, su cartel con el nombre “Besando el polvo”. Mi enemigo me había dado la potencia para llegar tan lejos, así que le debía ese tributo. Y al final de cuentas él no había cumplido con su promesa, en cambio había sido decisión mía la de besar la tierra. Aquel era un pequeño gesto que auguraba para mí, todo lo bueno que nos traería el futuro. 

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