Besos que matan

Las uvas se rompían bajo mis pies e iban generando una pasta resbaladiza que pronto se convertiría en el más exquisito de los vinos. Mis hermanas me sostenían la mano con fuerza mientras girábamos riendo e intentábamos sin mucho éxito seguir la melodía que entontaba mi tía. El festival de la vid era la celebración más importante de nuestro pueblo. En casa lo tomábamos muy en serio, venía gente de todos lados, no faltaba nadie de la familia y siempre aparecía algún desconocido interesante.

Ese día no era la excepción. Desde el tanque lleno de uvas donde bailaba con mis primas y tías, podía ver claramente a los hombres que nos observaban desde abajo aplaudiendo. Allí, entre mis hermanos, primos y conocidos del pueblo, había un caballero que sin lugar a dudas nunca había visto antes. El desconocido era el hombre más hermoso que había visto en mi vida. Era alto, moreno y el bigote prolijo que lucía le daba un aire misterioso y seductor irresistible.

Fue como un instante, un fogonazo, un momento de sabiduría repentina, cuando nuestros ojos se cruzaron y descubrí que me observaba. En un principio me acosaron las dudas, porque éramos muchas mujeres, entre las cuales estaban mis bellas primas, que dejaban a más de uno sin aliento. La confirmación definitiva llegó cuando mi madre gritó “Giovanna” con su vozarrón y no tuve más remedio que bailar sola en el centro de la ronda. En ese instante vi claramente que sus ojos no se despegaban de mí.

En aquel momento pedí a los santos no estar muy impresentable. Bañada en  mosto y pedazos de uva no creía estar en mi mejor momento. El vestido corto blanco con flores ya era una masa empapada bordo profundo. El sudor me corría por todo el cuerpo, pero por suerte se confundía con las gotas de liquido violeta que se metían por mi escote y bajaban por las piernas. Mientras saltaba divertida en el medio de la ronda movía mi largo pelo enrulado que bañado como estaba mojaba aún más a las mujeres con aquella sustancia pegajoza.

La presencia de los niños daba al evento un aire marcadamente familiar, donde quedaba en evidencia la importancia de las distintas generaciones que jugaban cada una un rol. Los más viejos eran la enseñanza, tenían la receta, el conocimiento. Los adultos eramos la fuerz productora, llevamos a cabo las tareas más arudas para el físico. Los pequeños eran la esperanza, los encargados de continuar con la traidicón transportar el conocimiento hacia el futuro.

La pequeña Fio era la menor de la familia, la hija de mi prima y quien estaba a cargo de embotellar la primera botella con el líquido que estabamos preparando. Se la veía muy seria y solemne allí abajo, con el recipiente vacío entre sus manitos y una sonrisa picara. La saludé con la mano, pero no me devolvió el saludo, estaba muy nerviosa debido a la tarea que tenía ante sí.

Cuando todas las uvas estuvieron debidamente machacadas, nos bajamos del latón para cambiarnos antes de la cena y la celebración final que terminaba con un gran baile. Entre risas y empujones les comenté a mis hermanas sobre el extraño que había llamado mi atención. Ellas coincidieron conmigo en que era muy apuesto. Por recomendación de las chicas y bajo su supervisión elegí un vestido blanco sin mangas hasta la rodilla que me quedaba muy bonito. Nos secamos el pelo y nos maquillamos entre gritos. Cuando hicimos nuestra entrada triunfal al patio lo único que deseaba era ver al extraño.

Allí estaba ya todo el mundo. Los hombres preparaban la carne y reían junto al fuego, mientras las mujeres llevaban la bebida y acomodaban las ensaladas. Por todos lados había niños correteando. Éramos una familia numerosa y muchos de mis primos habían tenido hijos ya, aunque también había otros pequeños a quienes yo jamás había visto. La cermonia de llenar la primer botella se llevó a cabo en el momento en que estuvimos todos presente y Fio lo hizo genial. Todos la aplaudimos y victoreamos al grado que la vergüenza la venció y se fue a esconder detrás de las faldas de su madre. 

O los santos habían escuchado mis plegarias o mi madre deseaba casarme más de lo que sospechaba. Por alguna de estas dos razones terminé sentada en la misma mesa y en la silla contigua al hermoso desconocido, quien resultó ser tan interesante como su apariencia.

Era un hombre del norte, que tenía un acento que hizo que la piel se me pusiera de gallina. Hablaba de forma suave y refinada mientras me contaba todo sobre sus viajes y negocios. Por momentos se tenía que acercar mucho a mí, porque los gritos de los niños no me permitían escucharlo, y cuando lo hacía, el olor de su suave y dulce perfume, mezclado con el vino que tomábamos hace rato, hacían que se me enturbiara el pensamiento.

La música, al igual que las uvas, era un eje central de mi familia. Muchos de mis parientes tocaban algún instrumento musical y mi tía tenía una voz envidiable. Así que después de llenarnos con carne y postres, nos dirigimos todos a la pista de baile. Los pequeños corrían de un lado para otro, poseídos por el ritmo. Piero, así se llamaba mi galán, resultó ser más impactante de lo que yo creí en un comienzo. Se movía en la pista con una sensualidad que nunca había visto. Cuando me tomaba por la cintura y presionaba contra su cuerpo, una electricidad recorría todo mi ser y me dejaba temblando.

De haber sido otra la ocasión, me hubiera muerto de vergüenza al estar bailando de un modo tan sensual delante de toda mi familia. Pero el vino corría rápido entre las mesas, a los vasos y boca de los invitados. Mis padres parecían estar en otro planeta y el bullicio era gigante. Las manos de Piero me quemaban a través del fino vestido. Sus ojos brillantes me parecían cada vez más hermosos y la cercanía de nuestros cuerpos me hacía perder la razón.

No podía esperar el momento de besar aquellos carnosos labios y estaba a punto de hacer algo al respecto cuando una de mis primas llegó corriendo a anunciar que era el momento del brindis. Tradición más antigua que mi memoria, todos debíamos brindar con por la cosecha del año pasado junto a nuestras familias. Con mucha pena me separé de mi acompañante para ubicarme entre mis hermanos. A pesar de ya haber tomado más vino del que podía tolerar, el trago que me sirvieron me pareció delicioso y al intentar tomar un segundo trago me excedí con la fuerza que empujé la copa y derramé un montón de líquido rojo sobre mi boca. 

Antes de que mi hermana pudiera alcanzarme una servilleta, Fio, se lanzó sobre mí y me dio un cariñoso beso de despedida. Sin importar lo sucia que estaba mi boca, le di también un apretón que le dejó en la cara una mancha color sangre. Una vez que nos separamos le saqué el vino de la mejilla y se alejó de mí riendo, mientras yo me secaba la cara.

Después del brindis la mayoría de la gente comenzó a irse. La banda tocaba una música tranquila y junto con otras parejas, volvimos a la pista con Piero. El alcohol se me había subido a la cabeza y la forma en que me susurraba al oído me estaba volviendo loca. Le pregunte sí quería ir hasta la hamaca y sin esperar su respuesta lo arrastré hasta ella.

En aquel rincón oscuro, en el medio del campo y a luz de la luna, pensé que me había enamorado. Los rayos suaves hacían que Piero se viera más atractivo y cuando él posó sus labios sobre los míos pensé que me iba a morir de éxtasis. El calor invadió todo mi cuerpo y sentí que algo dentro de mí estaba a punto de estallar. No quería que ese momento terminara jamás. Deseaba que se extendiera en el tiempo, para siempre.

Nuestro apasionado beso se vio repentinamente interrumpido por un desgarrador grito de mi madre. La música paró, las personas comenzaron a murmurar y el aire pronto se llenó de una quietud aterradora. Con un inmenso miedo en el corazón y Piero siguiéndome de cerca, corrí hasta donde estaban los demás. La imagen con la que me encontré era desoladora. Mi tía lloraba en silencio, con la expresión de dolor más horrible que haya visto en el rostro de alguien. Mi madre la abrazaba y acunaba en su pecho. El resto de los presentes se miraban extrañados y horrorizados.

Con el máximo sigilo posible me acerqué a mi hermana quien me explicó que mi prima acababa de llamar por teléfono. Cuando iban para su casa, su hija Fio había sufrido una especie de convulsión y había muerto. Al parecer sufría un extraño caso de alergia a las uvas fermentadas, cosa que todo el mundo desconocía. Estaba claro que la niña no había consumido vino, pero en una fiesta como aquella que entrara en contacto con un poco de este líquido, era más que probable. Había sido un accidente terrible.

El espanto heló mi corazón al escuchar la historia. Al instante me vio a la mente la gran mancha roja en su cara cuando la abracé. No podía pensar en eso, mucho menos decirlo en voz alta. El espanto me hizo enmudecer y paralizó la sangre en mis venas. Sin quererlo aquello era mi culpa. Yo era responsable de su muerte. En ese mismo instante supe que lo que había pasado me perseguiría toda la vida. Mi beso la había matado.

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