El beso de la parca

El inframundo era un lugar desolado, lleno de humos de azufre, piedras grises filosas y una especie de cielo siempre nublado. Aun así, no había lugar en el mundo que la Parca prefiriera más. Allí se sentía a gusto, era libre de ser quien era y hasta se podía decir que tenía una cierta reputación.

Ese rincón del universo, donde se alojaba toda la maldad y las criaturas más crueles del mundo, era el hogar de la mismísima muerte desde que esta tenía existencia. El mundo de los humanos se movía a un ritmo diferente que el de los seres subterráneos, así que podía decirse que la Parca cumplía con sus ocho horas y después gozaba de tiempo libre para vagar por el Infierno.

El cumpleaños número 16.000 encontró a la muerte de muy mal humor. Sus amigos más cercanos habían venido a felicitarla, pero ella no estaba cómoda. El hecho que venía fastidiando a la Parca, desde hacía ya algún tiempo, era que jamás había sido besada. Ahora, a donde quiera que miraba, veía parejas dándose latigazos y torturándose y le irritaba pensar que ella misma nunca había recibido aquel tipo de atención. Hasta su mejor amiga, Medusa, con aquel pelo horrible de serpientes, había tenido suerte alguna que otra vez. Es cierto que al final todos terminaban convertidos en piedra, pero nadie le quitaba lo bailado.

Hacía ya algún tiempo, que con la ayuda de las Furias y Medusa, había quedado en una cita con Cerebro, el perro del infierno. Pero llegado el momento de la verdad, ninguna de las tres cabezas se había querido besar con ella. A la Parca le gustaba tener una reputación de temida, pero en aquella situación le estaba jugando en contra y lastimaba su autoestima el hecho de que nadie quisiera besarla.

Pasaba una bandeja de saladitos entre los invitados que estaban sentados en las rocas de su cueva, cuando Medusa vino a verla toda excitada. Bebiendo su martini de manzana verde flúor, su mejor amiga le explicó que esa noche había alguien presente que estaba dispuesto a besarse con ella. Quizás no sería alguien que elegiría en primer lugar, pero si quería en verdad vivir esa experiencia, tendría que conformarse.

Emocionada, la Parca repasó con la vista a sus invitados. Era evidente que no se trataba de Hades, ni del hombre lobo con cara de adolescente con quien charlaba en un rincón. Ni del kraken que se estaba atiborrando a saladitos que llevaba a su boca con todos sus tentáculos. Ni menos que menos Cerebro, que había tenido su oportunidad y la había dejado pasar. Desanimada comprendió que lo más probable era que quien estuviera dispuesta a besarla fuera su último invitado: Satán Jr.

El hijo del rey del Infierno era el ser más impopular del lugar. No solo por su piel blanca, cabellos rojos rizados y su nariz pecosa, sino por su actitud de niño de papá. Desde siempre había sido rechazado por el resto de las criaturas del inframundo por irle con el cuento de las cosas a su padre. El mayor incidente que nadie olvidaba e impedía que, por mucho que se esforzara en ser aceptado no lo lograra, era como conocido como “el fallo algodón de azúcar”.

Los dulces era un elemento prohibido, y tenerlos era castigado con severas penas en el Infierno. Esto no impedía que existiera un contrabando constante de estos y que fuera una mercancía muy bien pagada. Unos cientos de año atrás, un grupo de krakens habían colado un cargamento de 1.000 algodones de azúcar rosados en el inframundo y Satán Jr. los había descubierto, solo para ir corriendo a contárselo a su padre.  

No le costó casi nada al joven pelirrojo ver lo mucho que se había equivocado, ya que desde ese día había sido víctima del más intenso bullying. Cuando se enteró de que la Parca estaba buscando a alguien que la quisiera besar, pero que todavía no había encontrado quien se animara, pensó que era la oportunidad perfecta para cambiar su reputación.

Aquella noche, uno a uno los invitados fueron abandonando la cueva de la Parca, quien se quedó sola con Satán Jr. Si la muerte hubiera tenido corazón, en el momento que ambos se sentaron en el sillón de piedras a disfrutar del último martini verde, este le hubiera latido a mil por hora. Aquel ser cobarde no hubiera sido nunca la primera opción de la Parca, pero no podía darse el lujo de elegir. Al menos el joven era elegante, ese día estaba bastante bien, con su traje y camisa negra y su corbata roja intenso a juego con su pelo.

Viendo que Satán Jr. estaba tan nervioso que su mano temblaba al llevarse la copa a sus labios, la Parca pensó que debía ser ella misma quien hiciera avanzar la situación. Estirando su brazo, pasó su dedo huesudo por la cara del espécimen masculino. Él tuvo que hacer un gran esfuerzo para mantenerse estático.

Cuando la cara cadavérica de la Parca comenzó a acercarse a la suya, Satán Jr. pensó que no iba a ser capaz de llevar aquello adelante. Pero era consciente de que si ahora se echaba atrás, su reputación ya no tendría arreglo. En el peor de los escenarios, él nunca había estado vivo, ¿qué daño podía hacerle la muerte?

Por fin el momento que la Parca tanto había esperado estaba ocurriendo. ¡Aquel era su primer beso! Sus labios finalmente se habían encontrado con los de Satán Jr. y ambas bocas se abrieron para fundirse la una con la otra. A pesar de la emoción del momento, le molestó descubrir que sin importar que la lengua de él se sentía seca y rasposa, de alguna forma se las estaba ingeniando para babearle toda la barbilla. No podía decir que se tratara de una experiencia del todo desagradable, pero aquel no era el beso con el que había soñado.

En el momento en que ambas caras se separaron, la Parca pensó que la situación había estado bien. Quién hubiera dicho, que siendo la muerte en persona, alguna vez iba a tener una experiencia de vida tan intensa como esa. Sonriendo feliz volvió a mirar a Satán Jr. y le sorprendió descubrir en su actitud que él estaba interesado en volver a repetir el beso.

Con la perspectiva de que el segundo fuera mejor que el primero, la Parca volvió a acercar su cara a la de Satán Jr. Al final de cuentas, la vida era demasiado corta y la muerte misma se merecía disfrutar un poco antes de llegar al final de sus días.

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