El dios de los besos

Un día más, una nueva batalla. Ares, motivado por la cólera y la rabia que lo caracterizaban, incitaba a un pueblo de mortales a que empezara una guerra con sus vecinos. Por otro lado, su hermanastra Atenea, con la sabiduría e inteligencia de siempre, había tomado al otro bando bajo su protección para evitar que Ares llevara a cabo una matanza. Los dioses se encontraban en uno de los inmensos jardines del palacio olímpico, observando la tierra. Vestidos ambos con largas túnicas blancas vaporosas y sus cabellos al viento, los hermanos esperaban con ansias que empezara la trifulca.

Los dos bandos estaban enfrentados en el campo. Los capitanes se medían el uno al otro, desde el lomo de sus respectivos caballos. La emoción se palpaba en el aire y se respiraba el nerviosismo entre los soldados de ambos mandos. Repentinamente toda la zona quedó sumida en un profundo silencio. Los hombres podían escuchar sus propias respiraciones y el latir del corazón de forma magnificada. Los generales se bajaron de sus caballos y se acercaron el uno al otro. Ares y Atenea cruzaron unas miradas desafiantes. Los representantes de cada bando estaban muy cerca y la batalla estaba a punto de comenzar.

Pero cuando los líderes de los ejércitos estuvieron el uno frente al otro ocurrió algo que ni ellos mismos, ni Ares ni Atenea, ni todos los soldados presentes pudieran haber previsto. Se acercaron hasta que toda la distancia que había entre ellos desapareció y comenzaron a besarse de forma apasionada. Segundos después, todo el resto de soldados comenzaron a imitarlos. Con el enemigo, del mismo bando o quien fuera. Todos en el campo se estaban besando.

–¡No! –gritó Ares furioso –¡Esto no puede estar pasando!

–¡Maldición! –dijo Atenea suspirando resignada –No pensé que fuera cierto lo que decían. ¡Hay que hacer algo!

–¡Ay mis niños! Vieron que yo tenía razón –dijo Deméter uniéndose a sus sobrinos –Yo les dije que esto no era un juego. Pero claro, como siempre, nadie me hizo caso.

–Tía, no… –Atenea se calló justo a tiempo, antes de agregar “exageres” –Te creímos cuando nos contaste que Kissamos había hecho que tus agricultores comenzaran a besarse en vez de recolectar. Pero como no hacía daño a nadie, no vimos ningún peligro. Pero nunca pensamos que iba a intentarlo en temas más serios.

–Esto no puede seguir así –dijo Ares mirando con desesperación el campo de batalla donde todos los hombre continuaban besándose como si fuera normal –Tenemos que hacer algo.

–Por primera vez en la vida estamos de acuerdo –dijo Atenea mirando a Ares y después, dirigiéndose a su tía acotó –Tenemos que hablar con papá.

–Parece que no queda otro remedio –dijo Deméter suspirando.

Cuando el grupo de cuatro entro a la zona del palacio donde estaban los aposentos reales notaron que la tensión se podía respirar en el aire. Tan pronto como cruzaron la puerta a la antesala de la habitación que compartían Zeus y Hera pudieron escuchar los gritos de ella y de cómo interpelaba a su marido acerca de algo que había hecho ese mismo día. Se miraron los unos a los otros dudando de qué hacer.

–Esto es demasiado importante para esperar –dijo Ares tomando la iniciativa –Además, si tenemos que esperar a que mi madre esté de buen humor para hablar con ellos podría llegar el fin de los tiempos y todavía estaríamos aquí.

–¡Esperen ahí! –un grito hizo que los cuatro se dieran vuelta para encontrarse con Vesta acompañada por Dionisio –Sabemos lo que quieren hacer y no se los vamos a permitir.

–¿Desde cuándo ustedes dos pueden decirle a alguien lo que hacer y qué no? –preguntó Ares plantándose delante de ellos.

–¡Nos encanta lo que está haciendo Kissamos! –exclamó Dionisio entusiasmado –Los besos son buenos para ayudar a desencadenar las orgías.

–Dionisio tiene un punto –dijo Vesta poniendo los ojos en blanco –Aunque no estamos de acuerdo por las mismas razones. No veo nada de malo en las demostraciones de afecto. Esto puede ser bueno para los humanos.

–¡Estás loco! –exclamó Deméter furiosa.

Durante los siguientes cinco minutos los dioses estuvieron discutiendo acerca de qué era lo que debían hacer. Poco a poco el tono de fue aumentando y pronto estaba todos gritando a pleno pulmón, llamando la atención de Zeus y Hera.

–¿Se puede saber que está pasando acá? –preguntó el máximo de los dioses apareciendo delante de ellos en el rellano de los aposentos reales.

–Lo que le pasa a todo el mundo papá –se adelantó Atenea –Estamos hartos de Kissamos.

–Ah, pero no intenten persuadir a su padre de que se haga cargo de él –dijo Hera con sarcasmo –Está muy contento de que Kissamos haga esto. Es su excusa perfecta para besarse con otras mujeres que no sean yo.

–Hera, te dije que no era una excusa –Zeus se dirigió a su mujer en forma suplicante –Yo estaba bajo la influencia de…

–Hermano, estamos seguros que Hera te cree –dijo Deméter quitándole importancia al asunto –El tema es que tenemos que evitar que Kissamos siga haciendo lo que quiera.

–¿Y cuál es la solución? –preguntó Hera mirando primero a Deméter y luego a su esposo.

–Todo esto está pasando porque Kissamos quiere ser admitido como dios olímpico. Desea que le otorgue el título oficial de Dios de los Besos y que lo invite a vivir con nosotros en el palacio –explicó Zeus.

–¿Lo qué? –preguntaron todo a la vez. Ares iracundo, Atenea con verdadero asombro, Deméter preocupada, Dionisio divertido y Vesta con indiferencia.

–Lo que oyen. Al parecer esta es su manera de hacer huelga. Hacer que el padre de ustedes se bese con cualquiera –dijo Hera furiosa –Y el gran rey del Olimpo se niega a hacer nada.

Las declaraciones de Hera desataron una nueva ola de argumentos cruzados. Ninguno creía que Kissamos debería ser admitido en el Monte Olimpo, pero el tema de la discusión giraba en torno a qué debía hacerse con él. Estaba quienes creían que lo mejor era tomar medidas en su contra, los que votaban en dejarlo ser hasta que se cansara y Dionisos estaba convencido de que debían organizar una fiesta en su honor.

Estando allí de pie Zeus pensaba que su día había empezado de mala manera. Parte de la mañana la había invertido en cortejar a una ninfa del lago que resultó tener un aliento a rana horrible. Acababa de descubrir este asqueroso hecho cuando su irascible esposa lo descubrió en pleno acto. Las quejas contra Kissamos seguían aumentando y como siempre todos lo miraban a él para que tomara una decisión.

Otra vez las voces de los dioses iban subiendo de tono a medida que la discusión incrementaba. Zeus sentía como un inmenso calor crecía dentro de su cabeza y los odios empezaron a silbarle. Con la frialdad que la caracterizaba Hera exponía sus argumentos, que chocaban con la dura lógica de Atenea, que a pesar de estar de su lado no podía evitar llevarle la contra a su madrastra. Vesta insistía con vehemencia que no era tan grave, solo para que Deméter se enfadara aún más y se pusiera dramática. Dionisio imitaba al resto intercambiando argumentos y Ares rugía sobre las voces de todos.

El palacio del Olimpo era tan inmenso como el mismo cielo, pero parecía irse encogiendo y a Zeus le invadió una poderosa sensación de claustrofobia. El calor subía y bajaba por su cuerpo y las voces de los otros dioses parecían ser manos opresoras que le apretaban la cabeza con fuerza. Sabía que tenía que tomar una decisión antes de que los demás lo volvieran loco, pero no tenía ni idea de cómo proceder.

Mientras que las voces seguían hostigándolo, Zeus dirigió su mirada por un instante a la tierra. Allí debajo, caminando entre un mar de personas besándose estaba el insolente de Kissamos. Muy satisfecho de sí mismo y con una mirada desafiante alzó su vista al palacio Olímpico y le sopló un beso a Zeus.

Esta provocación fue la gota que colmó el vaso. Las divinidades y semidivinidades eran seres muy excéntricos a los que les gustaba salirse con la suya. Toda la familia de Zeus estaba compuesta de este tipo de ejemplares, así que era algo con lo que ya estaba muy familiarizado. Pero, ¿faltarle el respeto de esa forma? ¿Nada más y nada menos que a él? ¿A Zeus, rey de los reyes, dios de los dioses? La presión que se venía gestando dentro de su cráneo al final explotó y profiriendo un grito desgarrador lanzó un rayo hacia la tierra y partió a Kissamos en dos.

El trueno que acompañó al relámpago hizo que la habitación se quedara en silencio de forma repentina. Los dioses se miraron los unos a los otros sin saber bien qué hacer, hasta que decidieron que en realidad no había nada que decir y fueron abandonando la habitación uno a uno dejando a Zeus completamente solo, observando lo que había hecho.

Él sabía que no había sido la actitud correcta. Era el máximo ejemplo y debía comportarse de manera más mesurada. Kissamos se lo había buscado y se lo tenía bien merecido. Por la característica de semi dios del ser a quien acababa de atravesar, Zeus también tenía bien claro que eso no se había terminado. La pregunta era cómo manejaría la situación Hades si Kissamos ponía a todo el inframundo a besarse. Sonriendo por primera vez en el día, Zeus supuso que solo era cuestión de tiempo hasta obtener su respuesta.

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