Beso bajo la lluvia

La madre de Serena siempre la había advertido acerca de los mil peligros de la vida. Ella era para todos quienes la rodeaban una delicada flor, una margarita que había que proteger para que nadie deshojara. Si alguien viera a la joven muchacha trabajando detrás del mostrador de la panadería familiar, seguro que estaría de acuerdo con su madre. A sus 18 años se había convertido en una muchacha alta, muy delgada, con unos llovidos cabellos rubios ceniza, una piel casi transparente y unos enormes ojos turquesa que solo transmitían dulzura y fragilidad.

De haber sido posible, la madre de Serena jamás hubiera permitido que ella trabajara. Pero la chica quería colaborar con su familia y su padre la había ayudado a convencer a la madre de que era necesario que Serena saliera de la casa y viera un poco de mundo, si se le podía llamar ver mundo a atender la panadería en un pueblo de 2.500 habitantes. El primer día de trabajo supo como una bocanada de aire fresco para Serena, después de haber pasado la mayor parte de su vida encerrada en su casa.

Pero antes de poder gozar del salvajismo y las locas aventuras que trabajar en el negocio familiar le traerían, Serena tuvo que escuchar el sermón de su madre acerca de los mil males que acarreaba el mundo exterior. La principal advertencia era nada de forasteros: ni se le ocurriera abrirle la puerta de la panadería a un alma en pena que no tenía el inmenso placer de vivir en el pueblo. Después, de entre el millón de recomendaciones que le hizo su madre aquel día y las que vendrían en los días siguientes, había una serie que siempre repetía. Que no se le ocurriera abrir las ventanas porque el viento hacía volar la harina que la podía dejar ciega, que tuviera cuidado con la tierra que se acumulaba en el suelo, porque esta podía hacerla tropezar y caer al suelo y lo más evidente, pero necesario de recordarle cada día, cuidado con las superficies calientes, que podía quemarse.

Día tras día Serena fue demostrando que podía llevar a cabo el trabajo de la panadería y llegar a la hora de cerrar en una sola pieza. Su madre no bajaba la guardia y la vigilaba a todas horas. La evidencia de que Serena necesitaba de su supervisión y no estaba todavía lista para volar sola se hizo evidente ante los ojos de su madre tan solo un mes después de que la chica hubiera comenzado a trabajar.

Los hermanos Mal se habían mudado al pueblo tan solo dos semanas atrás y eran la comidilla del pueblo. La madre de Serena estaba convencida que aquellos muchachos eran la encarnación misma de su apellido y que nada bueno podía estar relacionado con ellos. El mayor de los tres hermanos parecía un mafioso declarado, con sus trajes caros y pelo engominado, el menor era un adolescente descarriado, con melena demasiado larga y pantalones muy bajos que siempre andaba en patineta. Pero el peor de todos los males era el del medio. No solo por su chaqueta de cuero y moto ruidosa, sino porque era el único que intentó entrar en la panadería.

Un día cualquiera, sin saber que no era bienvenido en el establecimiento, el Mal del medio se propuso comprar una barra de pan. En ese momento Serena estaba atendiendo detrás del mostrador y recibió al muchacho con una cálida sonrisa, sintiendo que cada partícula de su ser se agitaba nerviosa ante la presencia de aquel chico. Él le respondió con una sonrisa igual de sincera e intercambiaron las frases típicas de cortesía, hasta en el momento en que la madre de Serena sintió la terrible presencia en el lugar y llegó corriendo desde la cocina.

La panadera furiosa arrancó de las manos de su hija el pan que le iba a entregar al muchacho y le explicó a gritos que él no era bienvenido en la panadería, si quería comprar pan debería hacerlo por medio de un buzón que tenían, pero que bajo ningún concepto podría volver a poner sus pies dentro de la tienda.

A Serena la regla le pareció injusta y arbitraría. Los hermanos Mal eran habitantes del pueblo, por lo tanto tenían derecho a ser atendidos en la panadería de su familia. En especial el Mal del medio, que se llamaba Enzo y era por lejos la criatura más hermosa que había visto Serena en su corta vida. Su cabello azabache, sus profundos ojos negros y su mandíbula cuadrada solo le transmitían amor y dulzura. No entendía como su madre podía sentirse intimidada por alguien tan dulce.

En el correr de las siguientes semanas Enzo siguió comprando el pan en la panadería de Serena y con el buzón de por medio, ambos jóvenes fueron compartiendo frases amigables y miradas cada vez más intensas y cargadas de pasión. Cada uno de sus encuentros hacía que el corazón de Serena latiera más a prisa, la sangre le hirviera y las mejillas se le tiñeran de un color carmín que la llenaba de vida. Quería poder atender a Enzo en la panadería como se merecía, pero la experiencia le había enseñado que en un enfrentamiento con su madre podía considerarse vencida antes de empezarlo siquiera.

Un fuerte día de tormenta todo cambió. Los padres de Serena se habían quedado varados en su casa y era responsabilidad única de la chica atender la panadería. Afuera de la tienda, la potencia del viento hacía que las hojas de los árboles se agitaran con fuerza, el agua inundaba la calle y el cielo era iluminado de forma constante por la luz de los rayos.

Debido a la tormenta nadie entró en la panadería en el correr de la tarde y Serena pensó que no tendría ningún cliente, cuando al mirar por la ventana vio como Enzo estacionaba su moto en el centro de la plaza. Su corazón comenzó a acelerarse, al igual que cada vez que lo veía. El muchacho clavó los ojos en ella por medio del gran ventanal y empezó a acercarse a la panadería con su andar felino. Unas ganas ardientes de abrir la puerta y dejar entrar al galante muchacho invadieron a Serena, pero él viendo su lucha interna plasmada en su cara le hizo entender que no pasaba nada, que simplemente pasara el pan por el buzón como siempre.

A la hora de pasar la barra a Enzo ocurrió algo que jamás había pasado. Cuando fue a depositar el pan allí, las manos de él estaban ya dentro del buzón y el roce los dedos de ambos provocó que una intensa electricidad recorriera todo el cuerpo de Serena. Por un segundo los dos se quedaron petrificados en el lugar, las miradas se clavaron el uno en el otro y el mundo pareció detenerse.

El hechizo lo rompió una fuerte ráfaga de viento que abrió una ventana en la cocina, al fondo de la panadería. Dejando a Enzo clavado donde estaba, Serena corrió hacia donde entraba el aire para cerrar la ventana. Cuando se estaba acercando allí, la potencia del viento era tanta que rompió una gran bolsa de harina que había cerca y el contenido de esta salió volando en dirección a Serena, le llenó los ojos y la dejó ciega por un instante. La chica se frotó la cara y a tientas logró cerrar la ventana.

Volvía hacía la panadería aliviada cuando el barro que se había formado en el suelo cuando entró agua por la ventana hizo que se resbalara y cayera al suelo de culo. Tirada en el piso y mirando el techo pensó que aquello no podía estar pasando. ¿Tendría razón su madre en todo lo que decía? No podía ser cierto.

Cuando se fue a poner de pie, la falta de visión que le causó la harina y lo resbaladizo que estaba el suelo le jugaron una mala pasada y se hubiera vuelto a caer de no ser que en el último momento su mano logró agarrarse a un superficie y así evito la caída. Pero la mala suerte hizo que apoyara su palma justo sobre una superficie de vitrocerámica que había estado hace poco encendida, quemándose así la mano. Rápido fue corriendo hasta donde estaba la pileta y puso la herida debajo del agua fría.

Desde la pileta de la cocina se podía ver la parte trasera del mostrador de la panadería, atravesar toda la tienda e incluso llegar a divisar la plaza. Mientras Serena mojaba su mano observó a Enzo que caminaba hacia su moto con lentitud. Al mirarlo le fue bien claro que todo lo que quería hacer era salir corriendo, tirarse en sus brazos y algo dentro suyo le decía que él deseaba lo mismo.

Su madre le había advertido una y un millón de veces de todo lo malo que le podía pasar si se enfrentaba al mundo real. Ese día ya le había pasado todo lo terrible que su progenitora había augurado, ¿qué más podía suceder? La ventana se volvió a abrir dando paso a una ráfaga de viento que despeinó sus cabellos y trajo a su nariz el dulce aroma de bizcochos de jazmín recién horneados. En ese momento se vio impulsada por una fuerza extraña que le hizo cruzar la panadería, salir a la plaza y plantarse delante de Enzo.

Cuando el muchacho la vio se la quedó mirando sorprendido. Los ojos de ambos se volvieron a clavar los unos en los otros y por un instante ninguno de los dos hizo nada. La lluvia les empapaba la ropa y el viento hacía que sus cabellos se movieran de forma salvaje. Un torbellino de aire pareció formarse en torno a ellos y los acercó aún más. Sintiéndose tan cerca de él, percibiendo su calor y magnetismo animal, Serena se olvidó de todas las advertencias de su madre y le plantó a Enzo un beso que lo dejó sin aliento.

A pesar de la lluvia y el frío un intenso calor recorrió todo el cuerpo de Serena. Enzo le devolvió el beso y ambos se fundieron en un estrecho abrazo y una energía mística la llenó de pies a cabeza. El placer que inundó a Serena en aquel momento era indescriptible. Sentía su cuerpo ligero, como si pudiera elevarse en el aire con solo pensarlo y salir flotando, pero a su vez tenía la certeza que los fuertes brazos de él la mantendrían en el lugar. Era tan feliz en ese momento, ¿qué podía ver de malo su madre en una experiencia como aquella? ¿Cómo podía considerar negativo algo tan extremadamente placentero?

A modo de respuesta otro tipo de electricidad recorrió esta vez el cuerpo de ambos. Pero no fue una infusión de pasión provocada por la emoción del momento. La luz cegadora que acompañó a la descarga fue la evidencia que un rayo acababa de caer sobre ellos. Un dolor intenso invadió a los dos jóvenes e hizo que se separaran al instante. Enceguecidos por la luz y el impacto, aturdidos por el ruido del trueno y la fuerza de la tormenta, Enzo y Serena se mantuvieron en el lugar, intentando procesar lo que acababa de pasar.

Enzo fue el primero en reaccionar y tomando a Serena de la mano la llevó corriendo hacia la protección que le ofrecía la panadería. El calor de la panadería fue una bendición para ambos que no paraban de temblar. La mente de Serena se sentía aturdida por el impacto, los pensamientos se mezclaban dentro de su cabeza y no era capaz de ordenarlos en aquel caos interno. Pero más allá de todo, a pesar de la locura que habitaba en su cabeza en aquel momento, vio un hilo de luz. Ahora sí que no había forma de que ocurriera algo peor. Nada podía ser tan doloroso como lo que acababa de sentir, aunque si era el precio a pagar por lo que había experimentado momentos antes del rayo ella felizmente lo haría.

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