El beso de fuego

El repique de los tambores acompañaba lo acelerado que iba el corazón de Mimiku, quien sentía que se le estaba a punto de salir del pecho. Los pies de los hombres y mujeres descalzos golpeaban la tierra que los rodeaba con fuerza a un ritmo desenfrenado que no hacía más que provocar que los nervios del casi–hombre aumentaran. Las grandes llamaradas se reflejaban en la cara de pánico color caoba del joven.

Desde que Mimiku tenía uso de razón (lo que quiere decir que a partir del momento en que había aprendido que era mejor no dejar una fruta madura cortada cerca de un grupo de monos, a no sentarse sobre hormiguero y a no comer pescado que oliera a otra cosa que no fuera mar) lo que más temía era el momento en que le tocar vivir, el “Beso de fuego”.

El día del ritual por fin había llegado, ahí estaba él, junto al resto de niños y niñas de su misma edad que ese día se convertirían en adultos. En qué consistía exactamente el acto de pasaje era uno de los secretos mejores guardados, y nadie sabía qué tenía que hacer en ese momento hasta que le tocaba la oportunidad de vivirlo.

El fuego era una parte clave en la existencia de la tribu de Mimiku. Era el lugar de encuentro, donde cada noche se reunían alrededor de una inmensa hoguera y los más viejos contaba historias de los dioses picaros e incansables y los más jóvenes escuchaban con gran interés y emoción aunque ya conocían cada palabra de esos relatos. Eran las llamas largas y anaranjadas en la punta de grandes palos lo que los protegían de las fieras más salvajes. Incluso la comida tenía otro gusto al ser sazonada y ahumada con el calor del fuego. Ahora era el turno de Mimiku de demostrarle a este dios ardiente y vigoroso que era un miembro digno de su tribu.

El ritual que se llevaba a cabo esa noche a la luz de la luna era no solo el acto más temido por todos los habitantes de la población de Mimiku, pero era también el más esperado por cada niño. Era el momento de transición, donde cada uno de los miembros de la comunidad dejaba atrás la infancia y se convertían en adultos con la autoridad de amar, explorar, luchar y todas las cosas que les parecían tan tentadoras y hasta ese momento se les tenían prohibidas.

Uno de los viejos más arrugados de la tribu se plantó ante Mimiku y le ofreció en un cucharón un líquido compuesto de fruta fermentada que sacó de un cuento de barro. Beber el elixir de los dioses era parte del ritual y se suponía que le daría valor para enfrentarse a la tarea que tenía ante él. Era una sustancia marrón, grumosa y repugnante, pero Mimiku la tragó sin rechistar, viendo como la niña que tenía junto a él lo hacía también y sabiendo que era lo que se esperaba de él.

Había muchas cosas que ignoraba de lo que estaba a punto de suceder, pero otras se las habían ido explicando durante su corta existencia una y otra vez para que no se le ocurriera olvidarlas. Cada uno de los cuatro elementos jugaba un rol vital en la vida de la tribu, pero el fuego era el rey y por esta razón era que durante el evento no debía hacerse uso de ninguno de los otros elementos. No debía llorar ni orinarse, porque la presencia del agua apagaría las llamas. No podía gritar, porque el viento ofendería a la hoguera. Tampoco podía revolcarse por la tierra para apagar el fuego, porque de esta forma el ritual quedaría invalidado y no podría convertirse en adulto.

Ante la atenta mirada de su tribu entera Mimiku intentaba recordar esas reglas y se preguntaba si realmente sería capaz de hacerlo. En ese momento las manos de su padre, tíos y hermanos lo rodeaban y embadurnaban de pies a cabeza con una sustancia transparente y aceitosa que olía de la forma más espantosa que uno se pudiera imaginar. El olor no era nada comparado con el pánico que Mimiku sentía dentro de su cuerpo. La mayoría de los hombres y mujeres de la tribu estaban de pie del otro lado de una barrera de fuego que se alzaba ante los niños.

Cada vez se hacía más evidente en qué consistía el ritual. Se asemejaba bastante con lo que había temido toda su vida, pero siempre había dejado un poco de lugar para la esperanza que ahora se desvanecía ante él como agua que se evapora. Su padre le dio una sonora palmada en las nalgas, antes de dedicarle una guiñada alegre e irse a unir con el resto de los adultos de la tribu. Si en algún momento en su mente había tenido dudas, ahora solo había certeza. Debía cruzar la línea de fuego que había ante él para convertirse por fin en un adulto y miembro digno de la tribu.

El aire se congeló por un instante, las llamas parecieron dejar de crepitar y el corazón de Mimiku se detuvo en su pecho. De repente empezó a escucharse un susurro suave, un conjunto de voces que recitaban un cántico antiguo como la tierra misma y que llamaba a los niños desde el otro lado de la hoguera. La melodía fue aumentando de potencia y el corazón de Mimiku volvió a latir con inquietud. Las voces cobraban cada vez más fuerza, llamando a los pequeños, invitándolos a cruzar el fuego.

El sonido que se había convertido casi en gritos muy graves parecía manar de las entrañas mismas del planeta, volviéndose carne, sangre, viento y finalmente, fuego. Era naturaleza y hombre en una comunión demoníaca y santa a la vez. Poseídos por el ritmo infernal, todos los niños atravesaron el fuego y Mimiku con ellos.

Contra todo pronóstico, las llamas no le quemaron la piel, ni chamuscaron el pelo negro y rizado de Mimiku. Cruzó el fuego convirtiéndose en un miembro honorable de su tribu sin sentir nada de dolor o sufrimiento. Había llegado a la adultez, lo que había deseado toda su vida y el momento de pasaje lo había hecho sentir indiferente. Su padre lo miró emocionado y le revolvió el pelo con cariño. Estaba feliz de haberse convertido en mayor, pero había algo que no dejaba de incomodarlo.

Mientras caminaba hacia la playa, para la segunda parte no oficial del ritual que consistía en librar a los nuevos adultos de aquel aceite apestoso Mimiku lo preguntó a su padre acerca de lo que tanto le incomodaba. Riendo, su padre le contestó que el ritual nunca se suponía que debía doler, que era solo una forma de saber si estaba preparado para enfrentar el miedo y el dolor de lo que vendría. Mimiku no tenía muy claro que suponía ser adulto, pero imaginó que no podía ser tan horrible como quemarse vivo. De todas formas no valía la pena pensar en eso, ahora era momento de chapotear en el agua, el tiempo ya se lo enseñaría.

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